Vox quiere tener algo así como su fiesta del PCE, esa tradición de salir una vez al año a cambiar o a conquistar el mundo con el salchichón y la charanga, en descampados iluminados por la Verdad y un hermoso sol de tortilla y soledad. En aquellos escenarios, con algo de estrado y de tómbola, activistas con el puñito agarrotado en piña piñonera, cantautores con flecos y quena, diputados con bigote proletario o sindicalistas con pañuelo eterno, como una viuda del trabajar, le gritaban al mundo, que no se enteraba mucho nunca, claro. Pero ellos se iban de allí con una sensación de revolución y largo día de playa, satisfechos y con el calcetín lleno de arena como un botín robado al capitalismo. Los cuatro de siempre, como feriantes de la revolución, eran el pueblo, la esperanza, la lucha y la victoria, allí con sus patatas fritas y su chapita. Vox, que es como el gemelo especular de esta gente, también es así, folk, fiambrero y subversivo de domingo de zoo. Gritan al mundo pero el mundo sólo les responde con un viento que les trae viejas glorias y les vuela la tapa de arriba del bocata.

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