Con la mano en el pecho, como un duelista de pega, como un muerto de salsa de tomate, como un apuñalado de don Mendo, salió Sánchez aquel día a decir que convocaba elecciones en conciencia, en memoria de los caídos (caídos por su culpa) y para frenar a los hijos de Trump y a la ultraderecha, que vuelven a venir en tanqueta con su peinado de tazón como un casco alemán. Sánchez, con la mano en el pecho de fantasma de caballero, hacía esa media reverencia de muerto o medio muerto porque también tiene inercia de muerto o medio muerto. Sánchez, con esa gran inercia de carruaje fúnebre, no puede cambiar fácilmente de discurso, porque todo el cortejo derraparía y él mismo se descubriría como impostor y como presidente fiambre. A muchos les ha sorprendido que, después del batacazo o estacazo, Sánchez se empecine en lo mismo que le ha llevado al batacazo o estacazo, pero yo creo que cualquier otra cosa hubiera sido aún más sospechosa y desconcertante. Es difícil, de todas formas, salir de ese cajón del que ya Sánchez saluda como Drácula incorporándose.

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