Desde hace dos semanas, Irán se ha convertido en el escenario de una verdadera revuelta social. Un estallido en el que convergen la desafección política, la falta de recursos de los servicios públicos, los problemas económicos y el descontento general. Este escenario se ha dado en varias ocasiones a lo largo de la historia de la república islámica, pero esta vez va más allá por la magnitud de la protesta. En algunos lugares del país, funcionarios de la policía y del Estado han participado en las manifestaciones, algo que no había sucedido desde la fundación del régimen en 1979. Esta vez parece que la gente no va a conformarse con una reforma más o con otra promesa política por parte de las mismas autoridades que buscan aplacar a toda costa a los manifestantes.
Pero a diferencia de otros Estados, donde un cambio político puede significar un cambio de color del partido gobernante, o incluso una reforma constitucional –como en el caso de Chile–, la estructura política de Irán hace imposible una enmienda parcial. La estructura del Gobierno de los custodios, el Velayat-e-Faqih, creada por el ayatolá Jomeini, tiene como punto de partida la figura del líder supremo, y todo parte de él, pues es el demiurgo del sistema político. En su persona está concentrado el poder militar, el poder eclesiástico, el poder ejecutivo y el poder legislativo, que no puede legislar al margen del pensamiento de la revolución islámica, que el propio líder custodia.
Durante años, Moscú ha declarado que Rusia era un aliado incondicional del régimen, pero parece que, una vez más, a la hora de la verdad, Putin se desentiende de la situación
Esto provoca que, aunque caiga el Gobierno, todo siga igual. La idiosincrasia de la república islámica hace que el líder supremo se convierta en el nudo gordiano de toda continuidad. Y hace que sea muy complejo que triunfe cualquier estallido social contra las instituciones. El ayatolá Jamenei siempre tiene el comodín de fuerzas militares como los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria o la milicia, el Basij, que dependen directamente de él, sin supervisión ministerial. Pero ahora parece que los iraníes no se sienten amedrentados por su despliegue; al contrario, incita a más gente a protestar.
En las protestas cabe destacar el papel de las mujeres, que acuden a las manifestaciones sin velo que les cubra el cabello, e incluso se graban en videos fumando o bailando en público en medio de las protestas. Unos comportamientos que durante décadas han sido castigados con una fuerte represión, física y penal, por ir en contra de los valores de la revolución islámica. Este hecho es importante, porque demuestra hasta qué punto estos supuestos valores revolucionarios han quedado obsoletos o tienen escaso seguimiento entre la ciudadanía, a menos que haya presente una autoridad que exija que se acaten.
Frente a esta compleja situación, el Gobierno iraní se ha lavado las manos a través de las declaraciones del presidente Pezeshkian, que ha pedido a las fuerzas del orden que no vayan contra los manifestantes pacíficos. De esta manera, se sitúa al margen del ayatolá Jamenei, que ha ordenado expresamente la represión de las protestas sin diferenciar las violentas de las pacíficas.
La falta de apoyo del Gobierno al líder supremo es una dificultad añadida a la situación en la que se encuentra Irán. El líder supremo puede destituir al presidente de la república islámica, pero el cese de Pezeshkian seguramente agravaría el estallido social. Así que, o se va a una represión exagerada, o el líder supremo deberá abandonar para que cambie todo; estas son las dos vías que existen encima de la mesa.
En redes sociales, algunos aseguran que ciertos ministros ya han abandonado el país o que piensan hacerlo con sus familias hasta que la situación se calme. Otros dicen que incluso el líder supremo se plantea irse a Moscú si las cosas se ponen más feas. Pero lo cierto es que los manifestantes van contra la estructura y la idea misma de la república islámica. Incluso en los últimos tiempos ha ganado cierto protagonismo el hijo del último Sha de Persia, Mohammed Reza Pahlavi, aunque a nivel doméstico no se considera un actor relevante. En este punto conviene aclarar que no todos los manifestantes que portan banderas con el león, símbolo de la dinastía persa, son todos simpatizantes de la monarquía; se trata de un símbolo que representa tres siglos de la historia del país, desde que la dinastía Zand lo convirtió en enseña moderna hasta el triunfo de la revolución islámica en 1979.
Los posibles escenarios son diametralmente opuestos: o bien hay una gran represión por parte de la Guardia Revolucionaria y el Basij, o bien el sistema político entero se derrumba. En todo lo que está sucediendo hay un gran ausente. Durante años, Moscú ha declarado que Rusia era un aliado incondicional del régimen, pero parece que, una vez más, a la hora de la verdad, Putin se desentiende de la situación.
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