A Trump en Europa no se le tomaba muy en serio. Se le consideraba un fantoche adicto a las bravatas. Sus cambios de criterio en la aplicación de aranceles convenció a la mayoría de los líderes de la UE de que el presidente norteamericano era perro ladrador más que mordedor.

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La cosa comenzó a cambiar cuando exigió a los miembros de la OTAN elevar el gasto militar al 5% del PIB. Ahí le empezaron a ver las orejas al lobo. Hasta el remolón Pedro Sánchez aceptó subir el presupuesto español, al menos, hasta el 2%, lo que obligó a poner en marcha un plan con una inversión de 10.471 millones.

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Pero el golpe definitivo se produjo en la madrugada del 3 de enero cuando, en una operación relámpago, sus soldados de élite entraron en Venezuela y detuvieron a Nicolás Maduro. Entonces se dieron cuenta de que Trump iba en serio.

No habían pasado 48 horas del ataque a Venezuela cuando Trump reclamó la propiedad de Groenlandia -la mayor isla del planeta, situada en el Ártico, territorio autónomo dependiente de Dinamarca-. El presidente norteamericano no descartó una intervención militar si no se llegaba a un acuerdo de cesión o venta del territorio, alegando para ello razones de seguridad nacional.

No es ciencia ficción. Podría suceder. Recordaba el digital Político en su apertura del viernes que Europa ha empezado, por fin, a tomarse en serio una amenaza a la que hasta ahora no había dado credibilidad. Macron ha sido el líder europeo que ha ido más lejos en su rechazo al plan y ha acusado a Trump de "romper la legalidad internacional". La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha advertido al presidente norteamericano: "Si EEUU elige atacar militarmente Groenlandia, la OTAN se detiene".

Mientras que el embajador danés en Washington se reúne con congresistas norteamericanos para ganar su rechazo a una hipotética intervención militar en Groenlandia, los ministros de Defensa y Exteriores de la UE mantienen contactos discretos para ver qué se puede hacer.

En Groenlandia se podrían buscar diversas alternativas, entre las que estaría una mayor presencia de la OTAN o dar todas las facilidades operativas que solicite EEUU para su base militar en Pituffik.

Pero, si Trump decide mandar tropas a Groenlandia, Europa no tiene nada que hacer.

El mundo está cambiando rápidamente, y Europa debe decidir si jugará un papel autónomo o simplemente será un vasallo de EEUU

En sólo una semana hemos visto cómo la ONU perdía de facto su papel como garante de la legalidad internacional y estamos ante la posibilidad real de que la OTAN deje de ser el paraguas de defensa de los 32 países que componen la Alianza. Y todo ello ante la estupefacción y la inoperancia de Europa.

Ahora empezamos a ser conscientes de lo que significaban las dos ideas fuerza que le dieron la victoria a Trump: el American First y el Make America Great Again. Europa ha dejado de ser un aliado estratégico de Estados Unidos para convertirse en un territorio de disputa entre las grandes potencias. El 24 de febrero se cumplirá el cuarto aniversario del comienzo de la invasión de Ucrania por tropas rusas. La guerra está estancada, Zelenski necesita ayuda para resistir y Estados Unidos ha comenzado a retirar su apoyo. ¿Tiene capacidad Europa para aguantar un enfrentamiento directo con Rusia? ¿Son conscientes los europeos de que el rediseño del orden internacional obliga también a redefinir el papel de la UE o bien a resignarse a desaparecer como bloque?

Estos interrogantes no son planteamientos teóricos, sino una realidad a la que la UE tiene que enfrentarse en el corto plazo. Europa es una potencia económica de primer orden, con un potencial científico enorme, y, sobre todo, con unos valores que merece la pena preservar. Pero es un gigante con pies de barro.

La estructura de poder en Europa es excesivamente burocrática y está limitada porque los estados siguen manteniendo la soberanía para las decisiones más importantes. Mientras que Trump decide en unas horas una operación militar sin precedentes, en Europa mover un dedo cuesta meses, si no años. El diseño de la UE se hizo pensando en un mundo diferente, condicionado por la caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría.

Europa no valoró lo que significó la invasión de Crimea llevada a cabo por Rusia en 2014 vulnerando la legalidad y permitiendo que Putin violara la soberanía de Ucrania. La UE y Alemania en particular pensaban más en la compra de gas ruso barato y en el mantenimiento del estado de bienestar a toda costa.

Tampoco valoró en su justa medida las consecuencias de la victoria de Trump. No podemos sentirnos orgullosos de la visión de futuro de nuestros líderes, demasiado ocupados en asuntos domésticos como para elevar la vista un poco más allá de los próximos comicios nacionales.

Pero ahora ya no hay opción para la melancolía. Europa tiene que decidir cuál debe ser su papel en un contexto en el que EEUU y China compiten por el liderazgo mundial, con una Rusia que no quiere quedar relegada al papel de actor secundario y al frente de la cual hay un presidente que, como ha demostrado, no vacilará si tiene que recurrir al uso de la fuerza para recuperar su área de influencia en los antiguos estados satélite de la URSS.

Ucrania y Groenlandia son los dos primeros test para comprobar hasta qué punto Europa es capaz de jugar un papel autónomo y marcar su propia hoja de ruta.

Si no lo hace, quedará supeditada a la preponderancia de Estados Unidos. Hay algunos líderes políticos -incluso algún presidente como Viktor Orbán- a los que no les importaría aceptar ese vasallaje. Pero es demasiado lo que está en juego como para no plantearnos esas preguntas y exigir a nuestros dirigentes que respondan.

Con rotundidad y sencillez, Emma Tucker, directora de The Wall Street Journal, recordó, en el acto de entrega del premio a la mejor labor informativa del diario El Mundo, que la labor de los periodistas es "informar a la gente".

En una situación como la que estamos viviendo, la labor del periodista se convierte en esencial. No por una cuestión de vanidad, sino por la responsabilidad que implica nuestra profesión: informar.

Pero, además de informar y de denunciar la corrupción en la vida pública -como es el caso de España-, los medios también tenemos el deber de abordar el debate sobre las cuestiones de fondo que van a condicionar nuestro futuro. Con rigor y sin prejuicios, esas son las prioridades de El Independiente.