Los señores del petróleo reunidos con Trump en Washington, adulando al nuevo dueño de los pozos en Venezuela, al mismo tiempo que cientos de familiares de presos políticos acudían a las puertas del Helicoide, verdadero monumento de la represión y la tortura en América Latina, a esperar, a suplicar su liberación.

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Esa es la foto, el espectáculo macabro que nos ha dejado la semana en la que la EEUU capturó a Maduro en su palacio presidencial en Caracas. 

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Lamentablemente estamos ya acostumbrados a ver la política internacional como un tablero de ajedrez donde la ética es la primera pieza en ser sacrificada. Sin embargo, lo que estamos presenciando en torno a la crisis venezolana ha superado el umbral del cinismo para entrar de lleno en el terreno de lo repugnante.

La alegría y la esperanza de ver caer una dictadura se diluyeron como un azucarillo en las primeras horas de la detención de Maduro. El debate abierto sobre el conflicto abierto por la operación militar de EEUU entre el principio de no intervención y la protección de la democracia acabó abruptamente y con un jarro de agua fría. No había tal.

Ni cayó una dictadura ni había la menor intención de restaurar la democracia en Venezuela. Las declaraciones de Trump y Marco Rubio no dejaban lugar a dudas. La administración de Donald Trump hablo únicamente y sin pudor de los intereses de Estados Unidos, ignorando deliberadamente las aspiraciones democráticas de millones de ciudadanos y relegando los derechos de los venezolanos a una nota a pie de página.

Para la Casa Blanca, la ecuación era tan simple como cruel: si las empresas estadounidenses tienen el control absoluto sobre el petróleo, el régimen chavista puede seguir aplicando su maquinaria represiva con total impunidad.

En este contexto la figura de Delcy Rodríguez emerge, no como una figura clave para una transición, sino como la sustitución de un dictador por otro. El mensaje enviado desde Washington es claro: Delcy debe obedecer en el negocio del crudo; todo lo demás —la tortura, la censura, la represión — es "cosa de ellos". Es el reconocimiento de un protectorado extractivista donde la soberanía reside en el pozo petrolero y no en el voto popular.

Lo que estamos presenciando en torno a la crisis venezolana ha superado el umbral del cinismo para entrar de lleno en el terreno de lo repugnante

Lo más doloroso, sin embargo, no es lo que estamos escuchando en las extravagantes ruedas de prensa del presidente Trump, sino la gimnasia mental de quienes, en nombre de la libertad, justifican y defienden que, aunque Trump y los suyos no hablen de democracia, tienen un plan oculto para conseguirla.

Es asombroso observar cómo los mismos sectores que ayer aclamaban a María Corina Machado, verdadero artífice de la victoria electoral de la oposición y  relegada y menospreciada por Trump, se dedican, ahora, a elaborar torcidas teorías transición al largo plazo, defendiendo que Corina no es la líder adecuada para este momento.

En estos días hemos escuchado solemnes estupideces como que la transición que Marco Rubio está diseñando para Venezuela es el mismo modelo que el de la transición española. O que dejar el poder en manos de personajes como los hermanos Rodríguez, ( Delcy y Sergio) o Diosdado Cabello es "lo mejor para no desestabilizar el país".

Justificar que la permanencia de delincuentes en el poder como un "mal necesario" para una supuesta transición a largo plazo no es pragmatismo; es complicidad y relega a la justicia a un lujo prescindible frente a la seguridad.

Por ello ante tanta ignominia, ante tanto extravío, es una obligación ser honestos y no contribuir de ninguna manera a este despropósito.

Sorprende cómo algunos gobiernos, entre ellos el nuestro, se presta a saludar y agradecer la liberación de un número limitado de presos políticos en vez de exigir de manera inmediata la excarcelación de todos ellos.

Es preciso denunciar que los mismos actores que ordenaron las detenciones arbitrarias, las torturas, las desapariciones denunciadas investigadas por la Tribunal Penal Internacional, pretendan ahora utilizar a los prisioneros políticos como fichas de canje para intentar blanquear la imagen de un régimen totalitario que sólo ha cambiado a un dictador bajo la tutela de China y Rusia por una dictadora bajo tutela de EEUU.

Es el momento de recordar que en Venezuela ya hubo elecciones presidenciales que, aun en un contexto muy complicado, tuvieron un resultado claro y contundente, el triunfo de la oposición; que hay un presidente electo en el exilio y una líder social que ha encarnado la resistencia al régimen de la que no se puede prescindir en cualquier proceso de democratización de Venezuela.

Reclamemos la vuelta inmediata de Edmundo González y María Corina Machado como interlocutores claves de la transición democrática.

Exijamos la liberación inmediata de todos los presos políticos y el cierre definitivo del Helicoide y evitemos al menos que el sufrimiento de cientos de familias venezolanas sea utilizado para normalizar una continuidad autoritaria del chavismo ante los ojos del mundo.

Hoy más que nunca es imperativo levantar la voz y llamar a las cosas por su nombre. El escenario que se dibuja en Venezuela no es una transición hacia la libertad, sino un negocio transaccional de la peor calaña.

Trump actúa como un botarate geopolítico, al declarar que no está sometido por el derecho internacional y que su "propia moralidad" es el único límite de su poder. 

El mundo no puede permitirse la amnesia selectiva ni ignorar el carácter ignorante y autoritario de quienes gobiernan EEUU y pretende gobernar el mundo. 

Callar hoy es contribuir al festín de los tiranos.