Cuando se habla de compañerismo, generalmente se alude a la relación entre personas que comparten una misma actividad (trabajo, estudios, profesión, afición), espacio o incluso vivencias o eventos destacados; significando con ello la existencia de un nexo para alcanzar un fin común, o un sentido de pertenencia a un grupo o lugar.

PUBLICIDAD

Lo que no es usual –y sumamente extraño– es ver que el fracaso y el fariseísmo (en un raro paralelismo o parodia de lo que se acaba de decir) también pueden llegar a forjar un vínculo de unión y afinidad, que se concreta en un núcleo perverso tan compacto como maligno, que se retroalimenta de su propio fracaso y perversidad.

PUBLICIDAD

Ambos presidentes, que “compensan” su incompetencia política y su carencia de virtud con un ansia desmedida de poder; después de ser espiados por Mohamed VI

Es el caso de Pedro Sánchez, Emmanuel Macron y el rey de Marruecos. Una versión cutre del trío de las Azores. Ambos presidentes, que “compensan” su incompetencia política y su carencia de virtud con un ansia desmedida de poder; después de ser espiados por Mohamed VI a través del malware Pegasus, se han unido a él en una especie de simbiosis singular (perfecta en apariencia y dudosa de puertas adentro) cual dos anémonas de mar adheridas a un cangrejo ermitaño.Las “dos anémonas” –felonas y venenosas– inmovilizadas por el fracaso y el descrédito; han confiado su suerte al “cangrejo ermitaño”– exhausto y enfermo– para que les abra paso en el azaroso mar de la geopolítica. Él, que, a su vez, arrastra su propio fracaso en su intento de conquistar el Sahara, espera de ellas que se afanen en desplegar sus tentáculos y esparzan la mayor cantidad de veneno posible para intoxicar y confundir a la opinión pública en lo referente al Sahara.

El “cangrejo ermitaño” es consciente de que estos dos invertebrados gelatinosos que, por no tener nada, no tienen ni cerebro, muy poco podrán hacer en una contienda que ni él ni su padre –apoyados por grandes potencias– han podido ganar. Así mismo, las “anémonas” saben que un crustáceo viejo y decrépito, agazapado en un caparazón resquebrajado que se cae a pedazos (como evidencian las recientes revueltas juveniles que incendiaron todo el reino) no las llevará a ninguna parte. Aun así, tanto Mohamed VI (con su malogrado intento de subyugar a los saharauis); como Sánchez y Macron (con la aplicación de políticas nefastas y pronunciamientos controvertidos e ilegales, que menoscaban el Estado de derecho); después de colocar a sus respectivos países al borde del abismo y quedarse sin opciones, han visto en esta alianza de perdedores la única vía para emprender juntos la huida hacia delante. 

Mohamed VI

A diferencia de sus compañeros de “simbiosis”, para los que el poder es algo parecido al elixir de la vida; Mohamed VI nunca quiso ser rey. Tenía claro lo quería y de no ser por el Majzen (círculo oligárquico que, de facto, regenta Marruecos) por nada del mundo hubiera cambiado su gratificante estilo de vida (una fiesta eterna en la que las noches parisinas y bruselenses se alternan con días ociosos en parajes paradisiacos, yates y coches de lujo).

Casi “a punta de pistola” –en 1999– se vio obligado a suceder a su padre. A cambio, el Majzen le prometió que su única función –meramente reliquial– consistirá en mostrarse en público como el monarca supremo  que –teóricamente– rige los designios de Marruecos (dando continuidad a la dinastía alauí) y, paralelamente, seguir viviendo en su burbuja personal de holganza y diversión, sin alterar ni un ápice, su rutina de excesos, ostentación y derroche.

Y así fue. Pero los problemas se iban acumulando y las crisis –de todo tipo– siempre relacionadas (directa o indirectamente) con el Sahara se cronificaban y se agravaban año tras año. El Majzen, a pesar de su siniestra tenacidad, estaba desbordado. Ha agotado todos los recursos y argumentos habidos y por haber. Pese a ello, el “nudo gordiano” del Sahara se ha tornado irresoluble. Es preciso “colarse” –cuanto antes– en una de las fiestas de su majestad para ponerle al corriente de la situación.

Mohamed VI, desentendido de los engorrosos asuntos de palacio y acostumbrado a la omnipresencia virtual, recibe,  molesto (por tener que ocuparse de algo ajeno a su ambiente onírico) al emisario del Majzen en una breve audiencia. Sin andarse con rodeos y maldiciendo –en silencio– a su padre por haberse encaprichado de este trozo de desierto indomable, le espeta que lo único que les queda es aferrarse al ardid de la “autonomía”. Es un clavo ardiendo que, además de no conducir a nada y traducirse en un reconocimiento explícito de la ocupación por la fuerza de un Territorio No Autónomo (TNA); denota la derrota absoluta.  A eso hay que sumarle que es un acto ilegal y nulo de pleno derecho, al lesionar el derecho inalienable del pueblo saharaui a la libre determinación. Mohamed VI (sin ser una persona, para nada, dada a la cavilación) sabe que esto es así. No hace falta ser un genio para percatarse de que esta ocurrencia (“autonomía”) es una farsa procaz que se desmonta por sí sola.

Precisamente por eso, el monarca alauí cuenta con dos “expertos en la materia”: Sánchez y Macron. Ya se encargaran ellos de devanarse los sesos para darle forma a este sainete, de tal manera que tenga encaje en sus banales discursos vacíos encaminados a manipular y confundir a la opinión pública. Saben que, al obrar así, incurren en falso testimonio, pero eso no les preocupa. Están seguros de que, en el nebuloso mundo de propaganda en el que se mueven, su falaz y capcioso proceder pasará desapercibido para muchos.

Sánchez y Macron pertenecen a una nueva raza de políticos que, además de carecer de escrúpulos y de hacer del  narcisismo dogma y del fariseísmo vocación, ha normalizado la incoherencia. Para ellos, el fin justifica los medios (no importa que estos rayen en lo ilícito). ¿Y cuál es ese anhelado fin que anteponen, incluso, a su propia dignidad? Alimentar su ego y perpetuarse en el poder.

Pedro Sánchez

Sánchez, que recaló “de carambola” en la Moncloa en 2018 después de ganar una moción de censura contra Mariano Rajoy; logró ser investido presidente del Gobierno en enero 2020 gracias al apoyo de Podemos. Basó su programa electoral en un solo punto, que resultó ser infalible: La extrema derecha es “el Coco” que viene para acabar con el estado de bienestar y desatar su furia contra todos nosotros. Con este simple argumento consiguió añadir a sus 120 escaños los 47 (de Podemos, PNV, Más País, Coalición Canaria, Compromís, BNG y Teruel Existe) que le faltaban para sumar los 167 de la mayoría simple (de 350 con 165 en contra y 18 abstenciones) que se requerían para ser elegido. Cabe señalar que Junts (con 8 escaños) votó en contra y ERC (con 13) se abstuvo. En aquel entonces, Sánchez se oponía a los indultos políticos, y la amnistía –en esa época– no estaba en la mente de nadie.

Con el tiempo, los españoles sabrían que “el Coco” con el que tanto los amedrentaba Sánchez, no era otro sino él mismo, disfrazado de Caperucita Roja.

Sánchez está más exultante que nunca. Se ha hecho con las riendas del Estado y ya no se imagina la vida fuera de la Moncloa. Pero en el palacio presidencial no todo es color de rosa. En su segundo verano como presidente, Sánchez afronta su primer gran desafío. Una prueba –de la que no saldrá indemne– que marcará su trayectoria política y supondrá un punto de inflexión en la política exterior española: Marruecos ha allanado la frontera de Ceuta y Melilla, permitiendo que más de 9000 de sus súbditos arriben (la mayoría a nado) a las ciudades españolas. Por si esto fuera poco, simultáneamente, hackea el teléfono móvil del presidente (sustrayendo de él, primeramente, 2,6 Gigas de información, y posteriormente, 130 Megas). Los terminales de varios de sus ministros corren la misma suerte.

La afrenta marroquí no termina aquí. Simulando ser él el agraviado, Mohamed VI llama a consultas a su embajadora en España (Karima Benyaich) que abandona Madrid airada y profiriendo amenazas (“Hay actos que tienen consecuencias”).

Un mes antes, había llegado a España el dirigente saharaui Brahim Gali (gravemente enfermo de covid). Mohamed VI, dando por hecho que la España de Sánchez es un virreinato de Marruecos, sin potestad ni soberanía para acoger en su propio suelo a nadie (aunque fuera por razones humanitarias y aunque fuera español) sin su plácet expreso; improvisó  –a la carrera– una “mini Marcha Negra”, similar (en el modus operandi) a la que su padre utilizó para invadir el Sahara en 1975.

En vez de recoger el guante y responder al envite como lo haría cualquier Gobierno mínimamente creíble, Sánchez, sumiso, le ofreció al monarca majzení (apenas 2 meses después de la transgresión a la frontera) una significativa ofrenda de paz: La cabeza de la titular de Exteriores (Arancha González Laya).

En medio de la vorágine de acontecimientos desencadenada por la crisis fronteriza, Sánchez, no desatiende el frente interno; y, viendo que la mayoría simple con la que trepó a la Moncloa no le dejaba mucho margen de maniobra, decide (tres semanas antes de la destitución de la ministra) cortejar a ERC y a Junts indultando a los nueve líderes independentistas (en prisión desde el otoño de 2017 por desobediencia y sedición); en contra de lo que había afirmado en la precampaña y campaña de los comicios generales de 2019.

A pesar de la nula reacción de Sánchez a la agresión marroquí y a pesar de la “digna ofrenda” que  le sucedió, el “perdón real” no llegaría hasta el 18 de marzo de 2022. Ese día, Mohamed VI hace pública una nota, atribuida a Sánchez, en la que este se alineaba con Marruecos en su ocupación ilegal del Sahara. Este posicionamiento (personal) promarroquí del presidente, anunciado desde Rabat y no desde la Moncloa; modificaba radicalmente la postura tradicional de neutralidad relativa que los distintos gobiernos –independientemente de su color– habían mantenido a lo largo de los 47 años precedentes en la cuestión del Sahara. Al mismo tiempo, excluía a España como actor necesario que pudiera contribuir para traer la paz  a la región del Magreb; dada su responsabilidad ineludible como potencia administradora que sigue siendo del Sahara (TNA y otrora provincia española 53); y dinamitaba las relaciones con Argelia (socio energético clave para España durante décadas).

A partir de este momento, la política exterior española (y en parte la doméstica) queda prácticamente intervenida. Cualquier decisión, enfoque, disposición o declaración relacionada con el asunto del Sahara, antes de adoptarse, deberá ser avalada por el régimen alauí, salvaguardando sus intereses por encima de los de España. Y Sánchez se instala en una saharafobia extrema, llevando su particular guerra contra los saharauis a aquellos foros (Parlamento Europeo, Internacional Socialista…) donde antes, si no los defendía, al menos se abstenía de atacarlos.

El 28 de mayo de 2023 tienen lugar las elecciones municipales y autonómicas. El PP cosecha una victoria aplastante (tanto en municipios como en comunidades) y el PSOE se desploma estrepitosamente. En vista de la severa derrota, Sánchez cambia de estrategia y anuncia –al día siguiente– las elecciones generales; que se celebran el 23 de julio. El PP, con 137 escaños, es el partido ganador. Ha sumado 48 escaños a los 89 conseguidos en 2019, pero está lejos de rozar la  mayoría absoluta (176) que se requiere para gobernar en solitario.

El PSOE obtuvo 121 escaños, uno más que en 2019; y Vox, de los 52 escaños logrados en 2019, se queda en 33. Ha perdido 19 en el camino. Los partidos empiezan a hacer cuentas. Queda patente que el bloque de la derecha, en el mejor de los casos, podría llegar a aglutinar 172 escaños. Justo el número que conseguiría Sánchez con el apoyo de partidos minoritarios. Y aquí está la disyuntiva inevitable: Para ser investido es condición sine qua non contar con los siete votos de los diputados de Junts. Carles Puigdemont, sabiendo que sin sus siete “llaves” nadie podrá traspasar el umbral de la Moncloa, lo juega todo a una carta y lanza un órdago: Sin amnistía (para los condenados en el procés) y referéndum para Cataluña, no habrá investidura.
Siendo este el panorama, lo más sensato y racional es pensar –y asumir– que el país está abocado a una repetición electoral.

A Sánchez no se le escapa que, tanto Puigdemont como Mohamed VI, han conseguido con él (y aspiran conseguir) lo que nunca han logrado (ni lograrán) con ningún otro Gobierno español

Sin embargo, Sánchez, que hasta ese momento escenificaba su rechazo rotundo a la amnistía –y la consideraba inconstitucional– ha cambiado (¡menuda novedad!) de postura. La adicción al poder y, probablemente, su voluntad de seguir siendo útil al Majzen; han podido más que él. Claudica ante Puigdemot y compra la Presidencia del Gobierno, pagando por los siete votos de Junts lo que le pide la formación catalana. Puigdemont está más que satisfecho por la transacción. Ha adquirido toda una ley de amnistía por el pírrico precio de siete escaños de los 350 que componen la Cámara Baja.

Si, desde el año pasado, el Departamento que dirige Albares está tutelado por el Majzen; a partir de ahora la política doméstica lo estará por Puigdemont.
Sánchez, que en siete años solo ha logrado la aprobación de tres presupuestos, es el Judas español que ha batido el récord de debilidad parlamentaria; y hoy está asediado por la corrupción que afecta a altos cargos del PSOE (que responden personalmente ante él). A esto hay que sumarle una ristra de escándalos (que atentan contra la dignidad de la mujer) que han brotado en cascada y que involucran a cuadros y dirigentes (de primera fila) de un partido –socialista– que enarbola la bandera del feminismo. Aun así, el presidente no se plantea un adelanto electoral, aunque con él nunca se sabe, su obsesión por el poder es proporcional a sus cambios de opinión. Por otro lado, a Sánchez no se le escapa que, tanto Puigdemont como Mohamed VI, han conseguido con él (y aspiran conseguir) lo que nunca han logrado (ni lograrán) con ningún otro Gobierno español; con lo cual, el primero (a pesar de las crisis recurrentes que suele teatralizar) no lo dejará caer; y para el segundo (al que Sánchez rinde pleitesía desde 2022) nada ha cambiado, y en la recta final de la legislatura, seguramente, sus reclamos se multiplicarán. 

Emmanuel Macron

Por su parte, Emmanuel Macron, fundador del movimiento ¡En Marcha!, una formación similar en su orientación (“centrista”) y en su personalismo (sus iniciales son las de Macron) al Ciudadanos de Albert Rivera; llega al Elíseo en 2017, ilusionando a los franceses con promesas de renovación y aires de cambio.
Al año y medio de su elección, el entusiasmo que suscitó al principio mutó en una profunda decepción. Su deplorable gestión y las fallidas políticas sociales que trataba de imponer, provocaron (en octubre de 2018) una ola de protestas que se propagó como la pólvora por todo el país, enfrentando a las fuerzas del orden con el llamado “movimiento de los chalecos amarillos”, que se tradujo en una espiral de violencia que mantuvo en vilo a Francia durante meses.

En julio de 2021, medios internacionales (The Guardian y Le Monde entre otros) revelan que el número de teléfono de Macron, el de su primer ministro, y los números de los terminales de 14 de sus 20 ministros;  figuran (desde 2019) en una lista de objetivos potenciales para el espionaje con el software Pegasus (propiedad de la empresa israelí NSO Group). Los rastros de la intrusión (al igual que en el caso de Sánchez) apuntan a Marruecos, cliente destacado de la firma israelí; conllevando a una tensión y enfriamiento de las (normalmente fluidas) relaciones Paris-Rabat.
 Las crisis se suceden una detrás de otra, y Francia recibe el 2024 inmersa en una nueva crisis, esta vez en el sector agrario. Cientos de tractores colapsan los accesos a Paris y, otra vez, Macron se ve obligado a movilizar 15000 policías para tratar de evitar o aliviar el asedio a la capital.

En el plano exterior la situación es aún más penosa y preocupante: El sentimiento antigalo en África va en aumento y Francia es desalojada de los países del Sahel (Mali [2022], Burkina Faso [2023], Níger [2023], Chad [2024] y Senegal [2025]) en medio de insultos y quemas de su insignia nacional; y, prácticamente, hoy por hoy, Macron es considerado persona non grata en la mayoría –por no decir en todas– las antiguas colonias francesas de África; que, ahora, reciben encantadas, la mano que les tiende Moscú y Pekín.

Para más inri –y esto es lo que realmente atormenta a Macron– en las elecciones al Parlamento Europeo (del 8 y 9 de junio de 2024) su partido sufre una severa derrota y es ampliamente superado por la ultraderecha (Agrupación Nacional); lo cual le obliga a adelantar las elecciones legislativas, que se celebran en dos vueltas (el 30 de junio y el 7 de julio) y, una vez más, su anhelo de remontar devino en un naufragio total. Se vio impelido a aliarse con la coalición de izquierda (Nuevo Frente Popular) ganadora  de la segunda vuelta; para evitar que la formación de la ultraderechista Le Pen se hiciera con la victoria.

El 30 de julio (tres semanas después del descalabro electoral), Macron envía una misiva a Mohamed VI, en la que hace expreso el apoyo tácito –militar, económico y diplomático– que desde hace décadas viene prestando a la dictadura alauí en su ocupación ilegal del Sahara Occidental. Tomó esta decisión, en parte, para desviar la atención de la convulsión política que sacudía su gobierno; y, en parte, para cerrar la crisis franco-marroquí (abierta desde 2021), dejando entrever a Mohamed VI  que “lo de Pegasus” (¡qué remedio!) ya está olvidado. Estaba haciendo exactamente lo mismo que hizo Sánchez (en la primavera de 2022) cuando –rendido– vio en la apelación a la “gracia real” la única salida al conflicto fronterizo hispano-marroquí de 2021.

Pero ni su apoyo a la ocupación del Sahara, ni sus elogios al monarca majzení, consuelan a Macron. Sabe que, al tratar de contrarrestar la victoria de la ultraderecha en los comicios al Parlamento Europeo; el remedio ha sido peor que la enfermedad. Al convocar las elecciones legislativas, Macron, escribió su propio epitafio. La Asamblea Nacional resultante está tan fragmentada (extrema derecha, izquierda y extrema izquierda, macronistas), que todos los intentos de nombrar un primer ministro capaz de generar acuerdos, han terminado en fracaso. Sébastien Lecornu es su cuarto primer ministro en menos de un año. Lo único que ha conseguido  –hasta hoy– con sus 131 diputados (de los 577 que componen la Asamblea Nacional) es sumir al país en una parálisis constante que lastra la economía, y presagia el final inminente del macronismo; además de reflejar el declive e inestabilidad de –la que todos consideraban– una de las principales potencias europeas.

Pero donde realmente se retratan Sánchez y Macron, y se hace ostensible su doble moral y su carencia absoluta de valores, es en su defensa a ultranza de la causa palestina. Durante los dos años que duró el asedio y el bombardeo diario de Gaza, se han erigido en los máximos paladines –a nivel europeo– del pueblo palestino. Condenan con vehemencia el genocidio y aparentan conmoción, al ver las terribles imágenes de niños y mujeres que agonizan en hospitales semiderruidos. Se escandalizan y expresan su repulsa ante los niños que mueren de inanición en los brazos de sus madres. A Sánchez y Macron solo les faltó encadenarse a los tanques israelíes para detener la masacre.

Y resulta que todo esto, por increíble que parezca, es puro teatro. No creen en nada de lo que predican y proclaman a los cuatro vientos. En su insana fijación por la notoriedad, lo único que les motiva es aparecer en primer plano en las cadenas de televisión y copar los titulares de los diarios, aunque sea a costa de algo tan atroz como es el exterminio de un pueblo. Pero lo más infame y lo que más envilece a Sánchez y a Macron, es que los mismos crímenes y barbarie que condenan y repudian en Palestina; los alientan y encubren en el Sahara Occidental.

Mohamed VI y Netanyahu son dos caras de la misma moneda. Dos genocidas sanguinarios que se han aliado para hacer causa común contra el pueblo saharaui y el palestino

Mohamed VI y Netanyahu son dos caras de la misma moneda. Dos genocidas sanguinarios que se han aliado para hacer causa común contra el pueblo saharaui y el palestino. El apoyo logístico de Mohamed VI al ejército hebreo fue decisivo para que la matanza en Gaza no se ralentice; y Netanyahu se encarga de que el ejército marroquí esté bien surtido de drones israelíes para asesinar a los beduinos del Sahara. Pues bien, Sánchez y Macron defienden con ímpetu al primero y condenan con fervor al segundo.

¿Qué diferencia hay entre los bombardeos de Gaza que se ven en televisión, y los bombardeos con napalm y fósforo blanco (por ejemplo) de Um Dreiga? Ninguna. Ambos hechos, atendiendo a la definición de genocidio (intento deliberado de destruir total o parcialmente a un grupo protegido por su nacionalidad, etnia, raza o religión) son equivalentes.

El ejército marroquí (asistido por militares israelíes) ha cercado el Sahara ocupado con un muro minado y alambrado de 2720 Km de longitud, considerado actualmente el mayor campo minado del mundo. ¿En qué se distingue esta colosal prisión a cielo abierto (en la que se persigue, se reprime, se tortura y se asesina a civiles indefensos con total impunidad); del asedio y apartheid que sufren los palestinos en Gaza y Cisjordania? En nada. Son réplicas exactas de métodos crueles y sofisticados que han hallado en la limpieza étnica sistemática, la mejor arma para imponer y perpetuar la ocupación.

Esta postura dual de Sánchez y Macron (encarnándose en el Dr. Jekill si avistan la bandera palestina; y, en Mr. Hyde si atisban la saharaui; a pesar de que ambas insignias son casi idénticas) no se limita solo a la propaganda:

1.‒ A base de maquinaciones e intrigas (involucrando y manipulando a su conveniencia a la Comisión Europea) han logrado que la UE reactive un acuerdo anulado, quebrantando una sentencia firme de su propio Tribunal de Justicia. Se trata de la sentencia del 4 de octubre de 2024 que declara nulos los acuerdos comerciales en materia de pesca y productos agrícolas de la UE- Marruecos, por incluir el Sahara Occidental en su ámbito de aplicación.
El nuevo acuerdo agrícola que contraviene el fallo del TJUE, sutilmente maquillado, se negoció entre bastidores (cual trato de estraperlo) a toda prisa –en 5 días– a finales de septiembre; y se apresuraron a rubricarlo (el 3 de octubre) sin pasar por la Eurocámara, un día antes de expirar la moratoria –de un año– que el TJUE había concedido para evitar que el pacto anulado quedara en el limbo.
Una vez firmado el acuerdo y asegurada su entrada –provisional e inmediata– en vigor, Sánchez y Macron –insolentes– lo anunciaron; complacidos de haber sorteado el dictamen del TJUE, con la misma facilidad con la que los ladrones  del Louvre esquivaron la seguridad del museo –en pleno día–  y se llevaron joyas de un valor incalculable.

El fraudulento acuerdo agrícola (promovido por Sánchez y Macron) y firmado por la Comisión Europea y Marruecos, fue sometido a votación el 26 de noviembre en sesión plenaria del Parlamento Europeo. Salió adelante por un solo voto. De la mayoría de 360 votos que se requerían para su impugnación, se obtuvieron 359. El etiquetado de las frutas y hortalizas saharauis que inundarán los supermercados europeos, se ha diseñado a conveniencia de Marruecos.

En la moderna Unión Europea, modelo de democracia y prosperidad; se quebranta, delante de todos, una sentencia europea firme y se encubre la ocupación ilegal del territorio saharaui

En vez de indicar Sahara Occidental como lugar de origen, indicará los nombres de las dos regiones que Marruecos le ha asignado a los territorios ocupados. Un acuerdo que no tenía que haber sido admitido a trámite por carecer del consentimiento del sujeto de derecho (pueblo saharaui) es aprobado ¡por un solo voto! y, encima, legitima un etiquetado con procedencia falsa.

En la moderna Unión Europea, modelo de democracia y prosperidad; se quebranta, delante de todos, una sentencia europea firme y se encubre la ocupación ilegal del territorio saharaui.

Al igual que los cacos del Louvre, Sánchez y Macron se han salido con la suya. El expolio de los recursos naturales del Sahara (a pesar de la sentencia del TJUE) no tendrá freno; y el campo del sudeste español (y de otras partes de Europa) seguirá sufriendo las consecuencias de una competencia desleal desbocada (favorecida por exoneraciones fiscales, ausencia de controles de calidad y mano de obra barata).

2.‒En la misma línea, una semana después de la firma del acuerdo amañado, el Gobierno de Macron premia a Mohamed VI con 100 millones de euros, destinados –según el presidente galo– a sufragar los gastos de la construcción de un puerto en la ciudad ocupada de Dajla (antigua Villa Cisneros). No nos sorprende. Macron, tras fracasar como mandatario, está probando fortuna a ver si le va mejor (al margen de la ley) como infractor, financiando la ocupación ilegal de un territorio pendiente de descolonización. Si alguien es aliado y amigo íntimo de un criminal, y además financia sus proyectos delictivos; por muy monarca que sea su amigo y por muy presidente que sea él, tiene bien merecido que se le considere y se le trate como un vulgar delincuente. El Sr. Macron –si aún está a tiempo– debe tomar buena nota de cómo acabó el expresidente Nicolas Sarkozy.

3.–Mientras Sánchez y Macron, eufóricos, se afanaban en ultimar los detalles del acuerdo agrícola UE-Rabat, para asegurar que los productos sustraídos de los territorios ocupados del Sahara Occidental sigan llegando con fluidez a Europa; el canal 24horas (de TVE) iniciaba el informativo de la mañana con el siguiente titular en pantalla:

ÚLTIMA HORA Investigación de Consumo. Consumo investiga a empresas que ofrecen servicios en territorios palestinos ocupados

En la misma semana, TVE, en el programa Aquí la Tierra, dirigido y presentado por el geógrafo y climatólogo Jacob Petrus; se exhibe la ciudad ocupada de Dajla como el paraíso del Kitesur, resaltando en todo momento (también por escrito) que es una ciudad marroquí. El Sr Petrus que, recordemos, es geógrafo, ha aplicado en su programa el clásico formato de propaganda marroquí proocupación de forma tan óptima, que se diría que estamos ante una interferencia súbita del canal Al Aoula de la televisión pública marroquí. Pero no, no es una interferencia. Es algo mucho más serio y extremadamente nocivo. Es la intervención del Estado español (mencionada arriba) que ya no se limita a lo institucional; sino que se extiende también a lo social, invadiendo directamente los hogares de los españoles. Un magacine con vocación didáctica e instructiva, orientado a tratar el ecosistema y el clima en un ambiente distendido; se convierte en un instrumento político al servicio de Marruecos; tendente a manipular la audiencia, difundiendo mensajes falsos y mostrando a los televidentes, como paraíso, lo que en realidad es un territorio ocupado militarmente donde la represión y la tortura están a la orden del día.

Sánchez y Macron no saben cuánto tiempo les queda en la Moncloa y el Elíseo respectivamente. Lo que sí saben es que están en tiempo de descuento, por lo cual, con tal de servir a Mohamed VI, si tienen que arrasar con lo –poco– que queda, no dudarán en hacerlo porque se deben más a su hermano de “simbiosis” que a España y a Francia.


Abderrahman Buhaia es intérprete y educador saharaui