Yolanda Díaz a veces no se da cuenta de que sólo es una especie de centro de mesa, un frutero de naranjas o un cesto con violetas en las reuniones del Consejo de ministros, y se pone a quejarse de que no la escuchan, de que la ignoran, de que la dejan allí olvidada como una sombrillita de paseo o un cesto de la colada acaracolada de sus blusas. Tenía algo de novia plantada (ella siempre tiene algo de novia plantada, con cascada de encajes, pañuelos, alas y mohínes) explicando en la tele que sus compañeros de coalición le comunicaron la propuesta sobre vivienda, poco de izquierdas según ella, cinco minutos antes de hacerla pública, sin consideración o sin darse cuenta. Coincidían en los medios la vicepresidenta aromática, la ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez, que sigue haciendo siniestros todos sus ministerios como todas sus sonrisas, y la nueva portavoz Elma Saiz, un poco clonada de Rodríguez en el peinado y en la sonrisa siniestra, como cosida, y eso llevó a hablar de guerra de ministras en directo. Pero, la verdad, yo creo que no puede haber pelea cuando nos referimos a Yolanda Díaz, transparente, frágil y pasiva como una poncherita de cristal sobre el tapetillo de la mesa o la política.
No hace mucho que Yolanda Díaz, desde la contundencia de su tapetillo, exigió a Sánchez que cambiara el Gobierno “de arriba abajo” por los escándalos de corrupción (tampoco tenía mucho sentido eso de pedir cambios en el Gobierno y no en el búnker de la Moncloa, en Ferraz o en el papado sanchista en general, pero bueno). Por lo visto, “así no se podía seguir” ni “aguantar”, pero ella siguió y aguantó, con su inacabable cascada de novia viuda fluyendo dignidad, vergüenza, escándalo, piedad, determinación y muselina. Una vez que se ha aguantado a Salazar, a Ábalos, a Koldo, a Cerdán y a la fontanera con arpón, aguantar un pegote u otro en el problema de la vivienda tampoco va a traer la ruptura ni la venganza. La verdad es que Yolanda se ha ido ganando su esquinita de gasa y silencio, como la de un visillo o una telaraña, se ha ganado casi la incorporeidad, de manera que ni Sánchez ni los ministros socialistas se pelean con ella ni la contradicen, sino que simplemente la atraviesan, como se atraviesa la niebla.
No sólo es invisible para Sánchez, sino que pronto también será invisible para su izquierda
La coalición de gobierno ni es coalición ni es de gobierno, primero porque Sánchez ya no gobierna, sólo sobrevive, y segundo porque los de Yolanda sólo parecen figuritas pintadas, como egipcios ideológicos de perfil y con flauta, mientras el jefe hace simplemente lo que le da la gana. En una coalición incluso el socio minoritario entra en las discusiones, en las propuestas, en el escalafón y hasta en el respeto, pero Yolanda ya no le merece a Sánchez ningún respeto, y eso significa que ha perdido todo el poder, si alguna vez tuvo alguno. Antes, Yolanda era la musa que le permitía a Sánchez llamarse de izquierdas, pero Sánchez ya ha renunciado a toda ideología, sabe que sólo el poder crudo y brutal lo puede mantener. Así que Yolanda se ha quedado ahí entre la inutilidad y la alegoría, sin poder marcharse porque no tiene dónde ir y sin poder hacer nada porque no tiene influencia, sólo una trona o una porcelana en esa mesa del Consejo de Ministros que ya parece hecha como de madera de naufragio.
La vivienda es sólo otro problema del que Sánchez sólo se va a ocupar con pases mágicos, diferentes a los de Yolanda pero igual de mágicos (esas miles de viviendas y esos millones de euros suspendidos en el aire, con arboladura de grúa, que promete y vuelve a prometer; ese orfeón de ministros y carguetes mirando cómo se tira una fachada y cuelga una ducha en el vacío como un ahorcado real y simbólico a la vez...). La vivienda, el pegote de uno y el pegote de la otra sobre el problema de la vivienda, supone otro enfrentamiento que no es enfrentamiento sino una prueba de jerarquía. Yolanda sigue suspirando, desmayándose y supurando, yendo a los medios como al terapeuta o al tarotista, pero lo que le pasa a la vicepresidenta es que ya no puede venderse como la izquierda que obliga a Sánchez a ser izquierda en vez de ser sólo pirata (como Trump, porque Sánchez es lo más trumpista que tenemos aquí). Yolanda ya no puede obligar a nada, ya no puede exigir ni intimidar ni pelear, ya no puede hacer nada más que mirar con su ojo de cristal de cisne de cristal cómo el sanchismo resiste o se pudre mientras ella lo contempla todo desde la pecera, desde la prisión, desde la congelación, desde la catatonia de sí misma.
Yolanda Díaz a veces no se acuerda de que ya lo ha soportado todo, como esas cariátides con frisos o cestos en la cabeza, que ha unido su supervivencia a la de Sánchez y que ha disuelto su ideología y su moral en la falta de ideología y de moral de Sánchez. Está en el Consejo de ministros como una pastorcita de Lladró, como adorno o suvenir cursi, y a veces la confunden con un arpa esquinera y a veces la confunden con la nerviosa gata rubia que se eriza en los sillones, se enrosca en los zapatos o se enreda en las cortinas. Yo creo que a veces, incluso, la dejan olvidada allí y pasa la noche en esa sala como en un cementerio, compartiendo la presencia sin vida de los difuntos y las estatuas. No sólo es invisible para Sánchez, sino que pronto también será invisible para su izquierda. Claro que ella aún no se da cuenta, o eso finge cuando los ministros o los votantes le echan naranjas en la falda o ceniza en la mano, o le cuelgan un paraguas en la oreja.
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