María Jesús Montero es la prueba de que no todo es la guerra de Irán, o quitarse de encima la guerra de Irán, así aparatosa y repugnantemente, como moscas de camello. Sánchez se puede desperdigar o esconder, irse a los Goya con chistera, capote y bastón hierático, o al Mobile a dar discursos a los robots, indistinguibles de la militancia del PSOE. Pero María Jesús Montero, no. Albares puede limitarse a hablar ante el mundo su inglés de burrotaxi, entre la pobreza y la estafa, igual que nuestra diplomacia. Incluso Margarita Robles puede dárselas de que cierra Rota y Morón como la pensión o el estanco que regenta ella con autoridad calatrava de rebequita. Pero María Jesús Montero, no. Montero no se evade, no nos despista o atormenta (por una vez) con un idioma inventado de chirridos y pitidos, como de Fraggle Rock, ni presume de hacer geopolítica con una llave de portón antiguo (la entrada a la base de Rota, por si no lo sabían, lo que parece es la entrada a un blanqueado cortijo). Montero no ha perdido el norte y está a lo que está, en este caso al enchufe, a la colonización o a la invasión de las instituciones, que es más relevante para el sanchismo que invadir una península o un atolón.
María Jesús Montero, que sí que está en la realidad, no como Albares, no quiere salvar el planeta ni la legalidad internacional ni nuestra gloria (de más pena que gloria) de segundones o mindundis del mundo. Ella ahora solo quiere colocar a un alto cargo suyo, que importa más que colocar a otro sha de Persia. Su claro y cercano objetivo es un organismo que se supone que debería ser independiente, o así lo declara su altivo nombre: Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal. Y el consiguiente proyecto independiente de enchufe o colonización o invasión, en todo caso pacífica (el Gobierno invade muy pacíficamente, como con cesta de pícnic), tiene el nombre de Inés Olóndriz, su secretaria general de Financiación Autonómica y Local. A mí esto sí que me parece un movimiento táctico digno de war rooms y hasta de ballets de la marina. Está aquí el personal preocupándose de unas escalas planetarias o incluso divinas, con emperadores, clérigos, elefantes y dioses, como un tablero de ajedrez de jade en el que no pintamos nada salvo como mirones (somos mirones de guerras como esos señores que son mirones de obras o del tute), y Montero sólo quiere colocar un peón que ni conocíamos en una esquinita que tampoco conocíamos, pero le basta. Así se ganan las guerras, claro.
Inés Olóndriz tiene pinta de compañera de pupitre de Montero, una tradición que habíamos perdido porque ya no hay pupitres ni está Villalonga, el compañerísimo de pupitre de Aznar, al que el presidente colocó para dirigir la privatizada y aún como franquista o románica Telefónica (luego se arrepintió, eso es verdad). A mí esto, lo de colocar al amiguete o al subordinado por los organismos y los empresones estratégicos, me parece clasicismo y casi latín (el clientelismo de Roma, claro) y no lo inventó Montero, Chaves, Sánchez ni Aznar, sino Felipe González, inventor de casi todo aquí, para lo bueno y para lo malo. Decir que es una tradición viene a ser lo mismo que decir que nunca nadie ha querido evitarlo, cada partido asumía sus turnos y colocaba en las sillas de fraile del Estado a los suyos, al menos los que podía. Lo que distingue al sanchismo es la escala, la planificación, el descaro y sobre todo la obediencia. Hasta el compañero de pupitre se le rebotó a Aznar, cosa que ningún soldadito de Sánchez ha hecho todavía, ni siquiera viéndolo ahora como una momia desvendada.
Montero no ha perdido el norte y está a lo que está, en este caso al enchufe, a la colonización o a la invasión de las instituciones
Habría que decir que el sanchismo ha hecho lo que hicieron todos antes pero mejor, con más gente, más naturalidad, más autoridad, más sumisión, más fanatismo y sin duda más recursos: todo está dedicado a esta ocupación, a la de las instituciones, los organismos, las agencias, los medios, los coros de amas de casa y hasta de la propia Moncloa. Lo del fanatismo es admirable, porque de un señor con sombrero vaquero mal puesto, o sea Aznar, y una autoridad imaginada o fingida, como ese español de ratón chicano de Aznar, hemos pasado a un señor con turbante de ayatolá, o sea Sánchez, a quien nadie desobedece ni, menos, traiciona. La verdad es que cuando el PP critica estas cosas tampoco queda bien, que es como acusar al otro de hacer las trampas mejor que tú (El golpe). Igual que con el Poder Judicial, con los medios públicos, con las fuerzas del orden, con todo el Estado concebido como botín, que es eso lo que sucede, no se puede simplemente criticar para esperar el turno, cambiar las sillas, cambiar los sombreros y cambiar a los compañeros de pupitre con pinta de Chilindrina o de Jaimito viejos. Toda esa independencia mayúscula y alegórica, como un lema de ateneo, hay que legislarla y hay que asegurarla. El sanchismo ha sido posible porque ya estaban ahí las trampas, sólo que nadie había sido tan osado o canalla para usarlas todas y todo el tiempo.
Mientras Sánchez está entre el escapismo y la transfiguración, y hasta los ministros de salón o de mercería van como en portaviones real o moral; mientras aquí estamos con el globo terráqueo y el giroscopio, con la geopolítica, la ética, los intereses creados, las guerras a la carta o el despiste más o menos sofisticado (hacerse el faquir, hablar como una marioneta de guante, irse a los Goya con bengalas como contramedidas antimisiles y vestido de esmoquin como de buzo); mientras pasa todo esto, o no pasa nada en realidad, Montero está a lo que está. O sea, colocando soldados que ni conocíamos en sitios que tampoco conocíamos, que todavía quedan lugares por ocupar, que todavía hay Estado por invadir. Y María Jesús Montero sí que invade. Era ya como generala de la cosa desde que Chaves perfeccionaba el método de Felipe y antes de que Sánchez reventara la democracia yendo, encima, de Capitán Planeta.
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hace 1 mes
No sólo es un gran artículo -marca de la casa- sino que además dice verdades como puños.
Nos gobierna una mafia donde nadie se mueve y todos sus afines y serviles terminan colocados y bien retribuidos.
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