Opinión

Misa del papa y aquelarre de Sánchez

Misa del papa y aquelarre de Sánchez
El papa León XIV durante la procesión del Corpus Christi tras la misa oficiada este domingo en la Plaza de Cibeles de Madrid. | EFE/ Chema Moya

El papa León XIV ha estado por Madrid retándose con la Cibeles en sus carros mitológicos, retándose con Bad Bunny en las multitudes postradas, retándose con el propio Dios o con los propios dioses en atención, poder, honores, neoclasicismo y ejércitos. A mí me parece mucho más religioso creer en el papa, en un hombre con poderes o al menos cierta luminiscencia, que creer en el eterno y desasosegante silencio del cielo, al que no sabemos qué decirle y del que no sabemos qué esperar. Los dioses que caminaban por los jardines y los campos de batalla, con la misma pisada de alfombra, ésos son los únicos en los que aún podemos creer. Diría que ni los más creyentes tienen suficiente con un dios postrado en el cielo, en su larga siesta teológica. Necesitamos alguien que camine entre nosotros, con palio o borriquillo, con llagas o botafumeiros, y que nos diga con palabras divinas no lo que quieren los dioses, que ni ellos se ponen de acuerdo, sino lo que queremos nosotros. Los dioses eran tribales cuando éramos tribu, eran guerreros cuando éramos guerreros, eran imperiales cuando éramos o nos creíamos imperio, y ahora son morales cuando somos o nos gusta considerarnos morales. Lo que hace la religión es usar el lenguaje de la magia para justificar cada época. León XIV es tan humano y tan de hoy como Bad Bunny o incluso Pedro Sánchez

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Por todo Madrid como un palacio o un cielo descandados, el papa era otro rey, era otro hombre, era otro dios. León XIV aún me parece tan vulnerable como cuando salió el primer día al balcón de la plaza de San Pedro, que era sólo como su ropa tendida, su túnica volada entre aquellos vapores todavía calientes, como de lavandería, del Espíritu Santo. Lo he visto ante los reyes tocándose mucho la muceta, como si sólo fuera un monaguillo, y lo he visto ante la gente incómodo de expectación, como si fuera una novia tímida. Los papas, antes, iban con armadura, o con el equivalente teológico del contrachapado (incluso Ratzinger era todavía como un blindado escolástico, impenetrable y seguramente inhumano). Ahora, los papas van con el pudor de sus propios lujos celestiales y ceremoniales y con una doctrina que, en realidad, es tan simple y poco barroca que parece budismo o estoicismo (como al principio, claro). Dios va cambiando de siglo en siglo y hasta de papa en papa, porque lo verdaderamente relevante en la religión es lo humano (Jesús es el mejor ejemplo). Es decir, lo terrenal, sea moral o sea político. Si algo tienen en común un papa conservador y un papa liberal es que ninguno se preocupa por la vida de las almas, que ya no son ningún objetivo, que ya no son clientela. Incluso los que más miran al cielo prefieren ocuparse de lo que pasa abajo.

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El papa León XIV es el único dios que vamos a ver por aquí, andando y hablando con su paso de terciopelo, y yo creo que Madrid ha aprovechado eso. Madrid ha sacado a su papa como a su torero pálido y gótico, como a su rey pálido y gótico, como a su poeta pálido y gótico, como a su revolucionario pálido y gótico, que para todo eso ha dado el Madrid de la fe, de los motines y de los manteamientos. La religión, como la política, siempre es humana, y la teología se diluye en los magisterios o iconografías personales igual que la ideología. Es imposible que el Dios de Abraham, el de Jesús, el de Torquemada, el de Abascal y el de Prevost sean el mismo. Es tan evidente como que no son el mismo PSOE el de Pablo Iglesias, el de Felipe González, el de Sánchez y el de Madina. La continuidad a través de lo heterogéneo, incluso de lo contradictorio, o aún más, de lo inmoral, eso debe de ser la fe o eso debe de ser la militancia. En el PSOE, ahora mismo, es como si estuvieran pasando un papado de los Borgia. Sánchez es una especie de antipapa socialista, con el brazo secular de Leire Díez y su misa negra en el Primavera Sound, donde ha querido exorcizar el Juicio Final que se le acerca, o conjurar, entre su curia y sus cruzados, otro intento de milagro o de venganza.

Es imposible que el Dios de Abraham, el de Jesús, el de Torquemada, el de Abascal y el de Prevost sean el mismo"

El último que vio a Dios barbado y flamígero creo que fue Elías, y desde entonces hemos necesitado profetas, mesías, gurús, predicadores con convulsiones, santos de estampita y papas de papamóvil al que le acercan bebés para que los roce con la mano de madera y el manto folclórico, como si fuera la Virgen del Rocío (la magia de contacto es aún más antigua que los dioses). Es así, tiene que ser así, porque me parece que ni el más creyente termina de creerse a un Dios totalmente ausente, indistinguible del azar y del silencio. La religión es la justificación mágica de cada época, la legitimación sobrenatural de cada época, sea una época de crueldad o de compasión. O sea, es un poco como la política, que cada vez se parece más a la fe o al fanatismo. Vamos cambiando de Dios casi tanto como de presidente del Gobierno, o al menos los que sigan creyendo en los dioses o en la política. 

León XIV ha estado por Madrid, ha paseado él a Dios como una florista pasea los nardos, por la calle de Alcalá, o Dios lo ha paseado a él como al león mitológico o heráldico que ahora lo representa, lo encarna o lo vigila. A mí me sigue pareciendo que tiene mucha más fuerza la confianza en lo que pueda hacer un hombre, en lo que pueda inspirar un hombre, que la confianza en el rezo, en la tradición o en el milagro de agua bendita. No seguimos a los dioses, a sus mandamientos ni a sus teologías, que enseguida pueden cambiarse en concilios o en matanzas, como si fueran comités federales del PSOE. Todo es muy humano, seguimos sólo a personas con razones, carisma, poder, magia o luminiscencia. Seguimos incluso a falsos profetas, que parece mentira porque ya sabemos perfectamente cómo son, salvo, se diría, en el reguetón y en el PSOE. El caso es que los dioses ya no hacen ni significan nada por sí solos y la política teológica tampoco. Lo único que nos queda detrás de la magia, de la fe o de la política es la moral. Como Sánchez y sus acólitos desconocen el concepto, sólo confían en la pura magia de sangre. Hasta el inofensivo Primavera Sound parecía, con él, las negras fogatas y telas de un aquelarre. 

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