España

Devastación, pillaje y cenizas: el relato de un vecino de Pelayos de la Presa tras la embestida del fuego

El municipio madrileño trata de volver a la normalidad tras el infierno vivido en los últimos días

La destrucción e Pelayos de la Presa tras el paso del incendio
La destrucción e Pelayos de la Presa tras el paso del incendio | EFE/ Borja Sánchez-trillo

"Como en la película de Terminator cuando cae la bomba nuclear y arrasa todo, pues es lo mismo". Los vecinos de Pelayos de la Presa siguen procesando lo vivido durante los últimos días. El desastre comenzó la noche de un jueves que quedará grabado en la memoria de los habitantes del municipio madrileño. Las llamas del incendio que ha asolado durante días al suroeste de la Comunidad llegaron hasta el Pantano de San Juan.

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Se trata de una de las áreas de recreo más emblemáticas de Madrid, que fue pasto de las llamas en cuestión de horas. Desde la vecina Pelayos de la Presa se escuchaban las explosiones de los barcos amarrados en el pantano. "Eran como bombas", rememora para El Independiente Julián, nombre ficticio de un vecino de la zona.

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Las imágenes captadas días después han confirmado la magnitud de la tragedia en el, mostrando los barcos completamente calcinados. El fuego avanzó con una fuerza incontrolable, devorando el paisaje y amenazando directamente a las viviendas de las urbanizaciones colindantes.

En su caso, ha tenido suerte y las llamas no alcanzaron su casa. Pero otros de sus vecinos no han sido tan afortunados. Varias viviendas se han visto afectadas. Aun así, Julián no se muestra sorprendido ante lo sucedido. Cuando se trasladó a vivir a una zona de monte "sin ningún tipo de gestión real del terreno", era consciente de que una tragedia así podía desatarse en cualquier momento: "Si no hoy, mañana, y si no, el año que viene o el siguiente".

Algunos oportunistas intenta aprovechar la tragedia

Como tiende a ocurrir en este tipo de sucesos, el desastre saca lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. Mientras que varios cazadores de la zona ya se han organizado para llevar agua y alimentos a los animales afectados por el fuego, otras personas han decidido aprovechar las evacuaciones para robar en algunas de las casas que han quedado vacías.

"No se trata de saqueos generalizados, sino unos pocos oportunistas desalmados que se aprovechan de la desgracia de los demás", aclara Julián, que no quiere generar alarma ante este tipo de hechos. Aun así, subraya que es una situación "preocupante" que hay que intentar atajar.

Varios vecinos de la zona se han sumado durante los últimos días a los esfuerzos de las fuerzas de seguridad para atajar el pillaje. Algunas personas han organizado patrullas de vigilancia nocturna, que se han coordinado con las autoridades, que son las encargadas de responder ante estas situaciones.

El propio Julián detectó a un individuo sospechoso que estaba intentando acceder a uno de los chalets que habían quedado deshabitados. Aunque él y agentes de la Guardia Civil intentaron atraparle, logró escabullirse en la oscuridad. Pero más allá de este suceso, no se ha topado con ningún otro ladrón en la zona.

Recuperar una zona arrasada

Además de las labores de vigilancia nocturna, los vecinos de la zona tampoco descansan durante el día. Hay mucho trabajo por hacer. "Quedan meses y años hasta que eso vuelva a estar como estaba" y que no va a estar nunca como estaba", asegura Julián. El fuego ha arrasado 27.000 hectáreas en Madrid, el incendio vecino en Ávila más de 50.000, situándose ya como el peor de la historia de nuestro país. "La medida exacta de la magnitud del incendio es allá donde alcanzan tus recuerdos", lamenta.

"Es una catástrofe económica y medioambiental. Ya no existe nada. Es como una zona de guerra", enfatiza este vecino de Pelayos de la Presa. El impacto de este incendio en la economía de las poblaciones próximas al Pantano de San Juan puede ser devastador. Al tratarse de un gran área de baño muy próxima a la capital, la afluencia de visitantes en los meses de verano es masiva. Ahora, el fuego ha acabado con un número significativo de negocios.

A esto se suman los efectos en otras actividades propias del medio natural. Julián se dedica a la apicultura. Sus abejas se salvaron "de casualidad", porque el terreno donde tiene las colmenas sí estaba desbrozado. Para mantener con vida a las supervivientes en un monte sin flores ni recursos, debe suministrarles agua y un jarabe artificial a base de azúcar: "No puedo hacer más; no hay nada, no tienen donde comer ni beber".

Aun así, señala que su situación es menos complicada que la de otros ganaderos de la zona. "Las abejas, si están cerca del pueblo, podrán acercarse a alguna casa en la que haya sobrevivido alguna florecilla y, mal que bien, podrán ir tirando, pero no puedes meter a las vacas, cabras u ovejas dentro de los jardines".

Una aplicación coherente de la ley para frenar al fuego

Los incendios de los últimos días han vuelto a reavivar al debate sobre la Ley de Montes, que para sus detractores impide la conservación del campo. En el caso de Julián, él ve necesario que exista un control para garantizar la correcta explotación del entorno natural: "Claro que hay que proteger los montes". Sin embargo, cree que la normativa actual "perjudica más que ayuda".

Bajo su punto de vista la ley no está mal pensada, "sino mal aplicada". Él considera que la norma está diseñada desde la teoría sin perspectiva adaptativa sobre el terreno. En este sentido apunta a la excesiva burocracia que, según su entender, acompaña a cualquier tipo de acción básica de mantenimiento del monte: "Tienes que pedir permisos para absolutamente todo".

En este sentido, asegura que los pastores encuentran muchos problemas para que sus animales pasten por el monte. Cree que si se topasen con menos trabas burocráticas, estos rebaños podrían contribuir en la limpieza del campo, alimentándose de los forrajes y pastos que en verano se convierten en "gasolina" para el fuego. Una labor que sería vital para la prevención de los incendios, que no puede recaer exclusivamente sobre los vecinos de la zona.

Así, su receta es clara: combinar el conocimiento de los habitantes del medio rural, que se han encargado de preservarlo durante años, con el de los expertos medioambientales. "¿Cómo se solucionan los problemas? Pues hablando", sentencia.

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