Jair Mesías Bolsonaro ha delegado en su hijo Flávio la misión de destronar a Lula da Silva. Condenado en 2025 a 27 años de cárcel por su intento de golpe de Estado fallido, el referente de la ultraderecha brasileña no puede competir. Pero su apellido estará en las papeletas. El senador Flávio Bolsonaro, de 45 años, abanderado del Partido Liberal, es quien busca concentrar todo el voto antipetista y anti Lula. El presidente de Brasil, Luis Inácio Lula da Silva, aspira a sus 80 años a su cuarto mandato no consecutivo. Lula también defiende un Brasil independiente de Trump, quien ha visto cómo en siete países de Latinoamérica han ganado sus apadrinados desde que volvió al poder en enero de 2025. "Brasil no cabe en el patio trasero de nadie", dijo Lula hace unos días en la ONU.
"Lo que está en juego no es la victoria de un hombre, sino de una idea: la democracia", dijo Lula el viernes en Río de Janeiro, en referencia al intento de golpe de Estado por Jair Bolsonaro. No aceptó su derrota en las urnas en octubre de 2022. En enero de 2023 emuló a Trump con un golpe fallido. La diferencia es que el brasileño sí fue condenado. Ahora su hijo ha prometido que le amnistiará si resulta elegido. Si los sondeos aciertan, Lula y Flávio Bolsonaro pasarán a segunda vuelta por una diferencia de apenas dos puntos. El 25 de octubre se celebrará el balotaje.
Más de 158 millones de brasileños están convocados a votar. No solo elegirán al presidente, también a los miembros del Congreso Nacional, a los gobernadores, y las asambleas legislativas de todas las unidades federativas. En la mayor democracia de América Latina la polarización es tan acusada que ningún tercer actor en las presidenciales tiene ninguna oportunidad. "Un tercio de la población apuesta por Lula, y otro tercio por Bolsonaro. Y el 40 % restante cambia de opinión cada día bajo la influencia de un vídeo que triunfa en TikTok o una foto en Instagram", explica Lincoln Macário Maia, investigador del Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca y periodista de la televisión pública brasileña.
El clan Bolsonaro contra Lula
En las últimas seis elecciones presidenciales, solo una vez, en 2018, ganó un candidato de la derecha: Jair Bolsonaro. Así se convirtió en un icono, una especie de mesías como su segundo nombre, para todos los que rechazan al Partido de los Trabajadores (PT), liderado por Lula. "El antipetismo es muy fuerte en la sociedad brasileña. Flavio Bolsonaro representa a los antipetistas. Los dos candidatos tienen partidarios, pero muchos de los que los votan lo hacen por su rechazo al rival", señala Eduardo Grin, investigador del Centro de Estudos de Administração Pública e Governo da Fundação Getulio Vargas (FGV).
Jair Mesías Bolsonaro cumple la condena en su domicilio de Brasilia, capital del país. Tiene prohibido ponerse en contacto con los votantes y utilizar las redes sociales. Pero ha involucrado en sus planes de venganza política a todo su clan familiar, no solo a Flávio, quien lucha por la Presidencia. Carlos aspira a lograr un escaño en el Senado; Jair Renan quiere convertirse en diputado. Eduardo lleva más de un año viviendo en Estados Unidos, donde trabaja para mantener el apoyo de Donald Trump.
"Lo que impulsa a los seguidores de Bolsonaro es, fundamentalmente, el odio hacia Lula. Este se debe, sobre todo, a dos cosas. En primer lugar, la convicción de que la cúpula del PT y el propio presidente son profundamente corruptos. En segundo lugar, la creencia de que quiere legalizar el aborto y conceder derechos a la comunidad LGBT. Da igual que sea o no cierto porque para ellos es así", añade Lincoln Macário Mai.
Las redes sociales marcan la campaña
Este analista subraya cómo los brasileños son los mayores seguidores de redes sociales del mundo, especialmente Instagram y TikTok. Cualquier bulo que circule por estas redes tiene más peso que cualquier dato macroeconómico. A veces perjudica a un candidato y otras al rival. El caso más singular en esta campaña ha sido el de la Virgen Aparecida, que se ha convertido en un icono al que se ha aferrado Lula tras divulgarse el bulo de que Flávio iba a cambiar su título de patrona de Brasil. La polarización también afecta a la fe. Los pentecostales, en ascenso en Brasil, son claramente bolsonaristas, mientras que los católicos apoyan a Lula.
Ni siquiera los brasileños han podido ver a los dos principales candidatos en un debate en televisión esta semana. A última hora, TV Globo tuvo que cancelarlo. Primero anunció Lula que no iba a participar. Consideraba que iba a convertirse en el objetivo de los ataques de todos los otros candidatos. Iba a celebrarse con un atril vacío pero intervino la justicia para prohibir esa opción, de modo que Flávio Bolsonaro también renunció a participar, así que cada uno dio una entrevista, y se suspendió el debate.
El peso de la corrupción
"La aprobación de Lula desde el comienzo de este mandato nunca fue superior al 50%. Empezó contestado y cierra con una tasa de aprobación en torno al 40%. Los números macro son buenos, sobre todo el paro ha disminuido, pero el día a días es duro. Y pesa mucho la corrupción. Los brasileños creen que todos están involucrados, pero la culpa es del gobierno. Es uno de los temas más relevantes después de salud, seguridad y economía", señala el investigador Eduardo Grin.
En la campaña electoral, se ha hablado mucho del escándalo del Banco Master, el mayor fraude financiero del país. Daniel Vorcaro, dueño del Banco Master, tenía relaciones a uno y otro lado del espectro político. Por un lado, Flávio Bolsonaro tuvo que reconocer que le había pedido un préstamo de unos diez millones de euros para financiar una película sobre su padre. Nada ilegal, pero al principio dijo no conocerle. A Lula le afecta el caso de forma indirecta: debido a la conexión entre el banquero y el magistrado Alexandre de Moraes, quien abanderó la condena a Jair Bolsonaro. Como Lula aplaudió la sentencia, la lectura fue que De Moraes estaba con Lula.
Dos modelos antagónicos
Para los votantes de Lula, son especialmente importantes los programas sociales que introdujo, encabezados por el Bolsa Família para las familias pobres. En la memoria del electorado de izquierdas quedan profundamente grabados los dos primeros mandatos del actual presidente (2003-2010), cuando logró sacar de la miseria a entre 30 y 40 millones de personas de una población de 220 millones. Fue un periodo de expansión económica, sobre todo gracias a los altos precios de la soja, que Brasil exportaba principalmente a China.
Ahora el país no dispone de los recursos necesarios para ayudar a los más desfavorecidos. A pesar de todo, hace dos años la ONU eliminó al país del llamado mapa del hambre: la lista de países en los que al menos el 2,5 % de la población padece hambre. A juicio de Grin, el problema es que "hay una percepción de desaliento, de falta de esperanza, miedo al futuro, y eso perjudica a Lula, quien lleva más de cuatro décadas en la política brasileña".
Flávio Bolsonaro no oculta que su modelo es Javier Milei, presidente de Argentina. Al igual que él, le gustaría recortar drásticamente el gasto público, incluido el social. Y más allá el modelo real es Donald Trump. El presidente de EEUU ha tratado de intervenir. Anunció aranceles del 25 % sobre las importaciones procedentes de Brasil el mismo día en que Jair Bolsonaro fue condenado. Y recibió en la Casa Blanca a Flávio Bolsonaro. A los brasileños la injerencia de EEUU no les hizo ninguna gracia y se manifestaron en las calles, por ello el tono de Trump ha sido más discreto que en otros países.
"Ya tuvimos la experiencia de lo que significa el gobierno de la extrema derecha radical. Lo que está en juego de esta disputa entre dos proyectos políticos tan antagónicos es el pacto social generado con la nueva constitución que resultó del retorno de la democracia. Fue muy generoso en la implantación del estado del bienestar. La naturaleza de este proyecto está muy contestada por la extrema derecha", afirma el investigador Eduardo Grin. "Tendremos cambios en programas importantes en salud, educación... Recordemos que en la pandemia Bolsonaro rechazó las vacunas, abandonó las políticas educativas de municipios, medio ambiente, pueblos originarios… Tendríamos una expansión de políticas similares a EEUU en un escenario muy complejo. Los cambios serían desastrosos para la democracia, para las políticas públicas, y para el federalismo. En la segunda experiencia en el poder ya llegan aprendidos. Como hemos visto en EEUU, desmantelan más rápidamente", concluye Grin, con pesimismo.
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