España | Opinión

Propaganda en llamas

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto al presidente de la Junta de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto al presidente de la Junta de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco | EFE/Raúl Sanchidrián

Nuestros políticos sólo se ponen el mono para la propaganda, para fumigarnos con propaganda, con raticida de gabinetillo, mientras arden provincias enteras, como telares que arden, y arden también los servicios públicos, como palacios abandonados. Todos los veranos pasa lo mismo, que se incendia España por un pico, como un mapa de pirata, y salen los bomberos como aviadores, y los aviadores como bomberos, y los paisanos huyendo como cervatillos, y los políticos con rayas reflectantes y bombilla en la cabeza, como locomotoras de la burocracia chocando con otras. Cada verano pasa lo mismo porque se hace lo mismo y lo que se hace no funciona. No funcionan los planes de prevención, ni la legislación, ni el papeleo, ni la departamentalización, ni la financiación, ni ese concepto de mundo rural como si fuera un acuario de colores, un reloj de cuco, un frasco con guijarros, una quesera de montañas, un minigolf de burócratas. El cambio climático lo empeora todo, pero no sé si más que esos políticos de tela vaquera y moqueta de césped que ven una vaca ardiendo como una jirafa de Dalí, o un granjero en el infierno como un papa de Bacon, y sólo se les ocurre decir mucho “emergencia climática”, como si tocaran una campanita en su comedor. Pretenden que les traigan la solución al cambio climático como un huevo pasado por agua.

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Los grandes incendios son ya como nuestro gótico de la destrucción, tomando las provincias y las ermitas con su corte goda y de pedernal. Aun así, siempre nos pillan desprevenidos. Es como si no nos termináramos de creer que el monte sin desbrozar y el entorno rural sin cuidar ardan (aún nos fascina, como a hombres primitivos, que ardan las cosas y que arda el aire). Cada año tenemos grandes incendios, y tenemos al pastor o lugareño que nos explica que el monte arde porque está abandonado, porque aquello no puede funcionar como suvenir ni como jardincillo zen ni como parque temático, sino sólo como cosa viva y vivible; y tenemos al político que llora ceniza cuando debería haber invertido más en prevención, y tenemos al presidente Sánchez que aterriza en helicóptero, como un ángel con cantimplora, y en la segunda frase ya ha soltado lo de la emergencia climática. Evidentemente, como el cambio climático no depende de lo que acuerde el personal de Fresnedilla ni de la Puerta del Sol, ni siquiera del sotanillo de la Moncloa, Sánchez se vuelve a subir a su helicóptero de plumas y hasta el año que viene.

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Los montes, por lo visto, arden por el cambio climático y arden por Ayuso, o sea por una razón planetaria y otra razón casi municipal, cosa que a uno le parece un zoom vertiginoso en la escala de las responsabilidades (por cierto, sería curioso determinar si es más culpable el cambio climático o Ayuso, o qué capacidad tiene Ayuso contra el cambio climático, o qué poder tiene el cambio climático contra Ayuso, que debe de ser como una bruja con vientos y dragones a su servicio). La verdad es que nadie escapa a la responsabilidad, porque las competencias son autonómicas pero el marco regulador general, que está claro que no funciona, es estatal y europeo. Y dado que los incendios catastróficos afectan a comunidades fachosféricas y progresistas, con absoluto desprecio a la mayoría social y al lado correcto de la historia, no parece que la ideología sea lo más determinante aquí, ni siquiera poniendo a más bomberos y menos toreros, o a más bomberos toreros, que sería la solución salomónica o aristotélica. En cuanto al cambio climático, es algo que excede los poderes de nuestros todopoderosos barones y hasta de nuestro cínico presidente.

Sería curioso determinar si es más culpable el cambio climático o Ayuso, o qué capacidad tiene Ayuso contra el cambio climático, o qué poder tiene el cambio climático contra Ayuso"

Como en casi todo lo importante, las soluciones no son fáciles (eso, si acaso hay solución, que uno está por decir que no la hay, salvo emigrar en una nave en forma de molinillo, entre polvo y pavesas, en plan Interstellar). Sí, todo es complicado, o imposible, salvo la propaganda, que no necesita más que otro culpable, otra excusa u otro estribillo. Eso sí, seguramente la solución, excusa o estribillo más inútil sea ese pacto por la emergencia climática que siempre pide Sánchez, nada más bajar del helicóptero como un ángel de Tulipán. Sí, porque no es algo que pida Sánchez en la ONU, ante Trump y Jinping, ante la India y Rusia, ante las armas y los petrodólares. Ni siquiera lo pide ante un comité que estudie la evacuación del planeta en la nave molinillo. No, sólo se trata de que nuestros barones autonómicos se reúnan con en él en un monasterio, y le monten el besapiés al ángel de helicóptero, y se hagan con él la foto de orfeón o la foto ursulina o la foto de Tulipán, como la Selección, y firmen con él un documento retórico y gregoriano que evidentemente no va a cambiar nada en los montes, en el mundo ni en el destino.

La verdad es que tampoco nos hacen falta aquí grandes desastres planetarios para explicar nuestras catástrofes, que normalmente bastan unos cuantos corruptos o incompetentes. Sí, a ver si es el cambio climático lo que detiene nuestros trenes por los sembrados y los derrumba por las estaciones. Todos los veranos pasa lo mismo, España arde como un toro embolado, pero si es por el cambio climático no podemos hacer mucho. Podrían convertirse nuestros negacionistas, podrían convencerse nuestros terraplanistas, podrían besar la capa de Sánchez los barones del PP, y firmar todos contra la emergencia climática, y por los autos a pedales, y por la paz en el mundo como hace Sánchez cuando se pone tiara de miss o de Zapatero, y nada se conmovería en el planeta, ni siquiera en Cercedilla. Sin duda, sería más útil hacerles caso a los pastores que a Sánchez. Pero nadie hace zafarrancho por el fuego, sólo por la propaganda, esa propaganda en llamas. Y todos tienen culpa, también el ángel paracaidista y mirón, aunque algunos la manejan con más cinismo y más provecho. Parece que resulta sencillo y rentable tener a media España ardiendo, o a toda entera, para culpar a la otra media.

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