Opinión

EL GOLPE

Esta gente no puede gobernar

El presidente de ERC, Gabriel Rufian, interviene durante una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados, este miércoles
El presidente de ERC, Gabriel Rufian, interviene durante una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados, este miércoles | Europa Press/ Eduardo Parra

Rufián contaba con los dedos, como un niño del informe PISA, y no le salían las cuentas de niño ni de vieja, o sea no le salían las cuentas de Sánchez, esas cuentas para seguir gobernando en su búnker con piscina y globo terráqueo, como Lex Luthor. A quienes sí les salen las cuentas y las encuestas es a “esta gente”, decía Rufián, o sea a PP y Vox, y los señalaba con el dedo de contar palotes de niño o huevos de vieja. “¿Son ustedes conscientes de lo que es capaz de hacer esta gente con 210 diputados aquí?”. Rufián parecía repentinamente apabullado por la simpleza de la aritmética parlamentaria, la misma que le dio a él poder sobre Sánchez y a Sánchez poder sobre (casi) todo lo demás, de la política de alcoba a las cloacas institucionales. Pero no se trata de la aritmética, y a Rufián eso se le notó en la manera en la que acentuó muy explosiva y fricativamente, con verdadera repulsión física, lo de “esta gente”. No se trata de la aritmética, sino del sujeto de esa aritmética: esta gente. Esta gente que, enumeraba Rufián, puede cargarse el sistema de pensiones, el de prestaciones, el de educación, el sanitario y hasta la “representación política de Cataluña, Euskadi y Galicia”. “Esta gente” que, por supuesto, no constituye “una propuesta de alternancia”, recuerden.

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Había comenzado Rufián preguntando a Sánchez cómo pretendía seguir gobernando “en el 27 y más allá”, pero terminaba contestándose él mismo: sin duda, lo hará usando sus mismas enumeraciones y exclusiones siniestras. Rufián pedía cuentas a Sánchez igual que a un mancebo de su tienda, no ha dejado de hacerlo desde que llegó con su saco de trastos y su peinado discotequero (es el único tan discotequero como Sánchez), lo que ocurre es que ahora esas cuentas no van sobre regalías o privilegios sino sobre la propia supervivencia. Rufián está frustrado porque resulta que, extrañamente, la izquierda ha fracasado y Sánchez aún más, sumándole corrupción a la incompetencia (también autoritarismo, pero eso a Rufián no le importa mientras esté de su lado). Así que el indepe de Jaén se ha quedado él solo sujetando la bola de discoteca, la fantasía discotequera entera, toda su vida de sábado noche, la de esa izquierda de ligar pobres como guiris atontadas, mientras la derecha no deja de crecer, Sumar ya no existe salvo como un té de muñecas y Sánchez parece un rastafari de la Mareta y de la Moncloa, con la chancla, el radiocasé y su propia nube de grifa. En realidad ya es demasiado tarde para todo, salvo para la alerta antifascista, que no tiene época ni edad ni pudor.

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Rufián no le hacía una pregunta a Sánchez, le daba la única respuesta: “esta gente” no puede gobernar. Las cuentas no salen, los números no cuadran, los dedos de Rufián parecían enganchársele en los anillos o tamborilear en la barra, el fin de Sánchez y de su sistema hecho de mil tribus, ineptos y mangantes parecía aún más inevitable expuesto por su mantenedor o su acreedor, Rufián, y precisamente por eso él no renunciaba a reactivar el apocalipsis facha. Yolanda, tan líricamente muerta y flotante, tan alegóricamente eterna y desdichada, como Ofelia, diría que habla de la ultraderecha ya de otro modo, como una profetisa putrefacta, con desesperación e inexorabilidad, como se habla del destino de uno mismo cuando se ha visto en el fuego o las estrellas. Vienen los que pretenden cazar personas, los pirómanos del odio, viene el Armagedón germanoide. Sí, todo puede ser un desastre ahora, pero peor sería un gobierno de prusianos con pica en el casco y de nazis con golondrino y cabeza de huevo, prendiendo fuego a los parlamentos, a las librerías, a la historia y a la verdad (aún más que la izquierda, me refiero). Quizá el PP está lejos de ser nazi, pero como Feijóo está un poco alelado, y aún anda buscando su política en el costurero, igual que sus gafas, seguro que, sin darse cuenta, termina desfilando junto a Ayuso y con una tea (desfilando con tea aún más que los indepes, me refiero).

Las cuentas no salen, pero el relato no es aritmética sino poesía, y en eso anda ahora la izquierda. Siempre ha sido pura poesía

Rufián sacaba la aritmética, irremediable, para poder librarse de ella, para invitar a Sánchez a librarse de ella. La razón aritmética, esos 210 diputados que él contaba como si contara batallones o tanquetas, cede no ya ante la razón democrática o ideológica (Vox no es más ultra que Junts, y además aún no ha pretendido saltarse leyes), ni ante la razón moral (tampoco Vox es más siniestro ni antidemocrático que Sortu, ni más ario y curil que el PNV), sino que cede ante la pura razón de supervivencia. Rufián y los suyos tuvieron una oportunidad pero Sánchez los engañó o la historia los dejó, otra vez, a la puerta de los cielos y del hospicio. La ultraderecha, o más bien la alianza desconfiada y desdeñosa entre los conservadores o liberales y los nuevos populismos nacionalistas a su derecha, es la reacción pendular después de sufrir una izquierda boba y aciaga. Pero no estamos en los años 30, aunque a Sánchez le gustaría. El futuro de la ultraderecha no es un Reich en Toledo, ni en Berlín, sino escoger entre el camino de la moderación (Meloni) o desaparecer cumpliendo el ciclo de los populismos, o sea cuando se vea que sólo eran agitación, propaganda, folclore y cristazo, y que no sirven para gobernar (le está pasando a Trump). Es más, si la democracia sobrevivió a Pablo Iglesias, y sobrevive al sanchismo y a los indepes, sobrevivirá a Abascal, que a su lado es un chiquillo con pelusilla facial que aún juega a Roberto Alcázar y Pedrín.

No salen las cuentas, pero el relato no es aritmética sino poesía, y en eso anda ahora la izquierda, que, la verdad, siempre ha sido pura poesía, con guitarra y sin guitarra, con gobierno y sin gobierno, con pobre y hasta sin pobre. Señalar el peligro de la ultraderecha es la única solución que no requiere un gobierno mejor ni más decente, que no requiere quitar a un ministro campanillero, terminar con un presidente funesto ni mover un azucarado dogma (la izquierda es como una secta milenarista, que cuando fracasa en sus gobiernos y vaticinios no sólo no decae la fe sino que se acrecienta: ha sido otra prueba de Dios o ha sido otra trampa del Diablo). La verdad es que hay que plantearse cuán infame ha sido este gobierno de todas las izquierdas o izquierdosidades posibles, de todos los progresos o progresías posibles, para que el españolito les tema más a ellos que a estas profecías de la ultraderecha y la ultratumba. Las cuentas no salen, así que ese ábaco de dedos y ese señalamiento con las cejas de Rufián son más bien una invitación a que Sánchez renuncie a la aritmética, que los aniquila, o a la democracia, que también, y piense en otra cosa. Y Sánchez es capaz de pensar, todavía, en muchas cosas para que “esta gente” no pueda gobernar.

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