Los periódicos ya no son de papel (un periódico de papel parece ya una tablilla sumeria), ni de mantelería, que cuando se desplegaban en el velador o en el vagón litera lo tapaban todo como una funda de arpa. Los periódicos ya no son de leña ni de mármol, no manchan de carbón las noticias ni las mantequilleras, y hasta han dejado de servir de abrigos a los pobres y de lápidas a los muertos (esas esquelas casi caligráficas de antes, como decorados del Un, dos, tres antiguo, les ponían a muchos la única heráldica de su vida). El papel es ahora como un cromo de coleccionista, como un fetiche de seda, como un traje de novia, porque los periódicos ya son todo de luz, se piensan teniendo en cuenta que son luz y que tienen que correr como la luz. Este periódico siempre fue así, nació así, prendiendo una chispa más que moviendo molinos, óxido, cadenas y portones, que antes los periódicos parecían castillos con mazmorra. Pero eso da igual, porque el periodismo sigue siendo lo mismo, aunque pueda parecer que no. Los periódicos son ahora todo de luz pero siguen teniendo que explicar el mundo con prisa, que eso es el periodismo (si se hiciera con tiempo sería otra cosa, historiografía, filosofía o, en algún caso, hasta novela). Se haga sobre papiro o con fotones, la vocación de explicar el mundo es lo que importa. Y por eso yo creo que este periódico lo hubiera hecho igual con sabanón que en Internet.
El Independiente cumple 10 años, que es poco y mucho tiempo a la vez. Quizá es poco para hacer arqueología y romanticismo de la cabecera, ese viejo vicio de la profesión en el que a lo mejor caigo. Y quizá es mucho, o al menos suficiente, porque por España ha pasado desde el fin del bipartidismo al fin de la misma verdad, y hemos tenido años de un solo tema (el bicho) y de varios apocalipsis sucesivos, con lo que uno cree que esta redacción ya puede aguantar cualquier cosa, incluida esa IA que redacta con prosa de farmacéutico o marino mercante. El Independiente es un nativo digital, algo que parece que nos coloca como con cerbatana en Internet o con patucos en la profesión. Pero lo digital no es una categoría periodística, aunque muchos digan ahora “los digitales” como si ellos funcionaran a vapor y con clepsidras. Tampoco lo digital es una edad periodística, porque la edad de un periódico no es tanto la edad de la cabecera como la experiencia de sus profesionales. No hubo una Victoria Prego analógica y otra digital, sino la misma Victoria Prego de siempre, hasta que se nos fue, dejando encendidas, eso sí, todas las luces de su periódico de luz.
Hay que intentar explicar el mundo, ahí está la clave, y el periodismo que no intenta explicar las cosas, sino justificarlas u ocultarlas, no es periodismo
El Independiente es un periódico joven, que no ha conocido el embalsamamiento del papel, el contar tipos y páginas como el que cuenta celemines, ni ha conocido el teletipo ni el tabaco en las redacciones (con ellos, los viejos periodistas parecían San Pedro). O El Independiente es un periódico de siempre, que simplemente va montado en Internet igual que todos, incluso esos otros periódicos que aún conservan una puerta de mármol, como si fueran un ateneo o una cripta familiar. En la alta redacción de San Bernardo, donde me entrevistó Casimiro García-Abadillo como en una torre con órgano, o en las dos de Martínez Campos (el periódico sólo se movió un piso hacia arriba, como si todos hubiéramos ascendido en la jerarquía de Downton Abbey), no se hace periodismo digital ni a vela, sólo se hace periodismo, o al menos se intenta. Lo digital nos ha liberado de contar como si hiciéramos punto, de que las erratas o los errores se fosilicen en lava y de que el periódico se quede viejo y seco a mediodía, como un churro. A cambio, ha traído la competencia universal y, con ella, el declive de la influencia de los periodistas y del negocio de la información. La cosa no es que ya no haya pistolas en las redacciones, ni máquinas de escribir negras, altas y ruidosas como diligencias, sino que hay que pelear para que nos lean y aun así diría uno que ya apenas nos leen.
El periodismo siempre fue lo mismo, con sábana o con betunero, con papel o con Instagram. Lo era cuando lo hacían poetas, diletantes o canallas con mejor o peor ojo y mejor o peor prosa, y lo es cuando lo hacen titulados con mil másteres y competencias, que así se llama ahora a lo que sabes hacer. El periodismo es explicar el mundo con prisa, que hay que hacerlo aunque parezca imposible (cada edición de un periódico parece imposible, milagrosa, casi antinatural, y por eso el periodista al final del día se siente como una vaca que ha parido un caballo). Hay que intentar explicar el mundo, ahí está la clave, y el periodismo que no intenta explicar las cosas, sino justificarlas u ocultarlas, no es periodismo. No hay que tener la razón en todo, ni hay que escribir sólo prospectos, ni hay que renunciar a las opiniones ni a la ideología, ni hay que ser el portavoz de la Verdad, así con mayúscula y voluta. Simplemente, hay que intentar explicar el mundo sin faltar a la verdad, con honradez intelectual y sin servilismo. Eso es lo que dicen hacer todos los periodistas, claro, aunque es fácil descubrir al esbirro, como al sectario. Y el buen lector lo sabe.
En 10 años hemos visto caer a Rajoy, a Rivera, a Iglesias y a Casado, ascender a Sánchez desde el social-liberalismo hasta el sultanato iliberal y decadente y escapar varias veces a Puigdemont. Nos hemos visto morirnos del susto o morirnos sin más, nos hemos visto perdidos y salvados, o perdidos sin más. 10 años después, volvemos a estar al final de casi todo o al principio de casi todo, puede ser el adiós de Sánchez o de la democracia, podemos salir vacunados de los populismos y de los cesarismos o podemos sucumbir a ellos. Esperemos que, pase lo que pase, alguien pueda contarlo, que El Independiente pueda contarlo. La tragedia del periodismo es que, siendo más necesario que nunca, nunca fue tan frágil. Cada vez es más difícil vivir de los lectores sin, al menos, torear un poco al poder. Muchos incluso prefieren someterse a él, y esto el poder lo sabe y lo utiliza. Por si acaso, tengan en cuenta siempre que no se trata tanto de la objetividad sino de la pluralidad (el ciudadano tiene derecho a conocer diferentes puntos de vista), no se trata de lo partidista sino de lo público, no se trata de lo ideológico sino de lo democrático, y no se trata de elegir entre la rigurosidad y la libertad porque tienen que darse ambas o ahí ya la cosa falla. Quizá eso sea la independencia, que no es equidistancia ni es tibieza. El Independiente quiso ser eso mismo desde el principio, en su nombre está su vocación. Hubiera hecho lo mismo con sabanón y quinqué y lo hará con el siguiente fin del mundo y el siguiente presidente soso o zumbón.
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