Opinión

Albares en la nada con Milei

Fotografía cedida por la Presidencia de Argentina que muestra a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso posando junto al mandatario Javier Milei.
Fotografía cedida por la Presidencia de Argentina que muestra a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso posando junto al mandatario Javier Milei. | Efe

Albares recibía a Milei en la Cumbre Iberoamericana, a la entrada despejada, ventosa, casi marítima del Palacio Real, y durante unos segundos parecieron dos peones encarados y encajonados en el tablero de ajedrez (el Palacio Real convierte en ajedrez a los transeúntes, los caballos y los edificios cercanos, que hasta la Almudena parece el timorato enroque de Dios). A mí me ha parecido muy gráfico porque nuestra política internacional viene a ser algo así, Albares en mitad de la nada dando la mano, de vez en cuando, como un sereno, o esperando dársela a alguien, entre nieblas de soledad, sirenas de barco y frío de centinela, bajo una arquitectura ajena, prestada, incongruente, desmesurada, como si un gorrioncillo cuidara una gran fortaleza. La verdad es que nuestra política exterior no existe, sólo existe Albares como saliendo a comprarle tabaco geopolítico a Sánchez, en el peor día, a la peor hora. Sánchez a veces necesita un fetiche o una excusa para lo suyo aquí, que es lo único que le importa, y ahí sale Albares a por ello, con el gabán hasta el sombrero, cruzando la plaza con eco y luces congelados, mirando por los soportales, esquivando cocheros y borrachos (cuando sale Albares, las calles o el mundo parecen un Londres del Destripador, que en ese desamparo me imagino al ministro). Cuando Albares por fin encuentra lo que necesita Sánchez, el fetiche o la pipa, no se le nota ni satisfacción, que sólo hay en él tiritera e insignificancia, como con Milei.

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La verdad es que nuestra política exterior no existe, sólo existe Albares como saliendo a comprarle tabaco geopolítico a Sánchez, en el peor día, a la peor hora.

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No tenemos política exterior, sólo antojos de Sánchez, que está como preñado de poder ahí en su palacio lleno de bolas de discoteca como Versalles está lleno de espejos. Preñado de poder o al menos de ambición, porque en realidad Sánchez no puede hacer nada, ni gobernar el país ni arreglar las goteras ni salvarnos de los trenes que nos matan no en el siglo XIX sino casi en la prehistoria (volver a tener miedo ahora de los trenes es como volver a tener miedo de los mamuts). No tenemos política exterior, aunque también es cierto que ahora la política exterior le sirve de poco a Sánchez, así que Albares está un poco ahí más de paragüero que de mayordomo, más de ficus que de mandadero. Con Milei, a Albares lo vimos más triste, gélido y silábico que de costumbre, no ya como el mayordomo harto de traer la pipa y colgar abrigos sino como el mayordomo que se da cuenta de que no puede contentar a Sánchez, de que ni el té, ni el tabaco, ni la bata, ni el whisky de ámbar o ferroníquel que saca de una bola del mundo, ni la chimenea que arde majestuosamente como toda una herencia, nada de eso sirve ni consuela ya a Sánchez. Ni siquiera Milei, que por eso Albares lo recibía como si recibiera, qué se yo, a Illa.

Algo pasa, sí, porque Albares ya no parece que ha invadido la ONU como si Godzilla atacara Nueva York. Ni siquiera parece que sea suyo ese Madrid de escollera que se queda a veces ante el Campo del Moro, cuando el Palacio Real parece un portaviones y no tanto un Versalles con más vecinas y más soperas con cocido (es más grande que Versalles precisamente por acoger a vecinos con sus ollas y coladas históricas y pictóricas). Era Milei, nada menos que Milei, que es ese regalo de la motosierra como el regalo de unos palos de golf, que es ese lujo de la ultraderecha desmelenada, desmadejada, desinhibida, que va a soltar seguro barbaridades tranquilizadoras e insultos gratificantes, que va a provocar ristras de titulares y horas de jingles de tertuliano en la prensa del Movimiento y en las ya varias Telepedros. Pero no, Albares parecía que saludaba al cartero o al lechero en esas mañanas de cartero o de lechero que había antes, plateadas y tintineantes (los carteros y los lecheros de antes iban como con espuelas). Diría que ni la diplomacia ni el desplante ni la vida tienen sentido ya para Albares, y a lo mejor esta es la prueba definitiva de que se han rendido.

Albares sale sin ganas a por el tabaco o el fetiche de Sánchez, sale a un Madrid lúgubremente londinense, sale a la inocente turbidez de cocido de rancho del Palacio Real, confundida con la turbidez maligna de Whitechapel, y se queda ahí con la mirada rota, la esperanza perdida y la mano fría del cochero, mientras vienen hacia él grandes derechones o sólo faroleros, indistinguibles, en realidad, porque ya nada tiene demasiada importancia. La tristeza y la derrota de Albares no es suya sino de Sánchez, que ya no se siente con fuerzas para la campaña, que tienen que venir a hacérsela los ultras americanos, o incluso muertos de Federico Trillo, como muertos cervantinos, o el propio Óscar Puente, que hay que estar muy seco de todo para que tu héroe, tu modelo y tu salvador sea, a estas alturas, Óscar Puente. Pero si Albares ya sale sin ganas a por el tabaco o el fetiche es porque a Sánchez ya no le satisface ni el tabaco ni el fetiche, porque ya no le salva ni el tabaco ni el fetiche.

Sánchez ya no baila, ya no besa y diría que ya no come, aunque Albares fuera capaz verdaderamente de traerle a Milei como algo que trae el gato, en ofrenda tierna y salvaje, con las plumas palpitando todavía en la boca. Algo pasa, porque Milei, fiera de la ultraderecha, león de Ayuso como de la Cibeles, hace poco hubiera sido lo mejor de la jornada, lo que salvara el día, y ahora sólo parece que Sánchez se ha encontrado con Page y que Albares esperaba un bautizo en la Almudena como un tren en Charing Cross. Nuestra política exterior nunca existió, sólo era Albares buscando tabaco para Sánchez como señoritas para el Destripador. Esta tristeza y esta desgana, definitivas, apabullantes, derrotadas, como una tristeza y una desgana del Destripador, nos dicen que seguramente todo se ha acabado. Claro que a Albares se le nota más, como el que recibe triste y sin ganas en la puerta o en la nada.

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