Hace diez años, en septiembre de 2016, Victoria Prego me entrevistó para el primer número de un periódico digital recién fundado. Llevaba siete años al frente de la Xunta de Galicia y faltaban apenas unos días para las elecciones. Victoria era la encarnación más nítida de lo que significó la Transición, el acta fundacional de la democracia española; y yo el político gallego que encaraba la recta final de la campaña electoral, la tercera desde que ganamos las primeras elecciones desde 2009.
Fue una entrevista inaugural que estuvo lejos, muy lejos, de ser una entrevista cómoda. Puede que por eso mismo mantenga fresco el recuerdo. Entendí rápidamente lo que ella entendía por periodismo y lo que junto a Casimiro García-Abadillo quería construir sobre los planos de El Independiente. Escribo estas líneas una década después, tras releer aquella entrevista de la ahora añorada Victoria, con un respeto redoblado y con una certeza añadida: el tiempo ha confirmado que aquel periódico hacía falta.
Porque si la política democrática exige rendir cuentas, el periodismo democrático exige pedirlas. Y ninguno de los dos funciona cuando una de las partes pretende ahorrarse la otra. Hablamos de un pacto tácito y esencial que lleva varios años quebrado por parte del Gobierno de la Nación. Son demasiados años acreditando que cuando el poder deja de aceptar las preguntas y empieza a desacreditar a quien las formula, no se deteriora únicamente su relación con los medios: se empobrece la democracia. Y esa tentación resulta todavía más peligrosa en un tiempo en el que la propia naturaleza de la información está cambiando a una velocidad desconocida.
El Independiente nació en plena transformación de los dos oficios, el político y el periodístico, en torno a los que gira el debate público. Una década después, apenas asentada aquella revolución digital que cambió la relación entre lectores y periodistas, la transformación se ha acelerado. Las redes han multiplicado las voces y también el ruido. Nunca hubo tanta información al alcance de tanta gente. Y nunca fue tan necesario distinguir un hecho de una consigna y una noticia contrastada de una mentira eficaz.
Por eso, lejos de lo que pudiera parecer, no es que el periodismo, como a menudo se lee o se escucha, haya perdido importancia. Creo que es justo al contrario. Cuanto más fácil resulta publicar, más necesario es comprobar. Y cuanto mayor es la saturación informativa, más valor tiene quien sabe separar el hecho de la apariencia. La credibilidad sólo se gana contrastando la realidad.
Uno de los grandes méritos de este periódico es haber construido una cabecera reconocible sin convertirla en una trinchera
Lo he dicho muchas veces: uno de los rasgos que más me preocupan del sanchismo ha sido la voluntad de dividir a los españoles y, con ellos, a quienes informan. Es por ello que el "muro" levantado por Sánchez ha sido esencialmente informativo. Es lo que explica que hayamos asistido a cómo noticias incómodas eran despachadas como "bulos", investigaciones exhaustivas reducidas a "fango" y medios enteros incluidos en una supuesta "fachosfera". El problema de ese método no es sólo su injusticia con quienes hacen su trabajo. Es que parte de una pretensión imposible: que la realidad deje de existir cuando se desacredita a quien la cuenta. Dicho de otra manera: cuando un gobernante sólo considera buen periodismo el que le da la razón, el problema no lo tiene el periodismo.
La realidad, por fortuna, tiene la mala costumbre de sobrevivir a la propaganda. Los periodistas que investigan y los jueces que instruyen han acabado poniendo encima de la mesa lo que el poder creía destinado a no conocerse nunca. Evidentemente, no era "fachosfera" sino la demostración de que, en una democracia como la española, el buen periodismo demostrando que la grandeza de una democracia vigorosa es la imposibilidad de imponer un relato único desde el poder.
En la próxima década habrá que distinguir el documento del montaje, el dato de su manipulación, la noticia de la campaña. La inteligencia artificial ha puesto al alcance de cualquiera la fabricación de una realidad entera –una voz, una cara, una cita–, de modo que el mayor valor de un periódico será poder decir que esto ocurrió y aquí están las pruebas.
Los gobiernos pasan, los partidos cambian, los dirigentes nos vamos; pero la hemeroteca se queda. Ése es uno de los grandes méritos del periódico que usted tiene delante, el de haber construido una cabecera reconocible sin convertirla en una trinchera, y haberlo hecho en un ecosistema mucho más difícil para la prensa de lo que a menudo se reconoce desde fuera.
Habrá noticias que ninguno de nosotros querrá leer y preguntas que ningún político querrá contestar. Ojalá El Independiente siga haciéndolas durante muchos años, y ojalá quien gobierne –también si soy yo– tenga siempre la decencia de contestarlas. Alguien tendrá que contar cómo se levantó el muro, quiénes lo sostuvieron y quiénes lo fueron agrietando contando la verdad, narrando la realidad y dejando memoria de los hechos. Lamentablemente, Victoria Prego, cronista de la Transición, periodista libre, mujer de criterio, no estará para contarlo. El Independiente, su querido El Independiente, sí.
Alberto Núñez Feijóo es presidente del Partido Popular
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