Estaba Sánchez intentando apartar el foco (de Marruecos, de Ceuta, de Los Rochos, de todo) cuando casi tenemos una alerta por ataque químico en el Congreso. No le estaba saliendo mal la cosa a Sánchez, pero al PP le sale incluso mejor, con eso de llevarse al Hemiciclo cachivaches de ACME. Sánchez se había ido a la ONU, que es como el velódromo sin fin de la diplomacia o sus paripés (menudo esprint el de Delcy), y a pasear por Central Park, como si fuera Meg Ryan. Lo internacional es su escape, su descanso, su fantasía, su película de sueño americano o de almas gemelas con un solo paraguas (al paseo con Andy Burnham le faltaron el paraguas, el violinista con mitones y el orgasmo en el café). Sabe que Nueva York nos fascina, nos vuelve a todos catetos, como a Albares, y que, haga lo que haga allí, vamos a estar hablando de eso. Sánchez se iba a Nueva York como una folclórica, en fin, y además ya estaba dada la orden de que el odio, activo y aglutinante, fuera sustituyendo en Ceuta a la incompetencia y la desidia, muy pasivas y disolventes. Por si faltaba algo, de repente todos éramos Maricarmen, o al menos una Maricarmen, que habrá muchas en España con desahucios o injusticias, como tantos otros. No le hubiera hecho falta nada de esto a Sánchez, que el PP con un solo espray de pimienta es capaz de hacer que olvidemos la geopolítica, los musicales, el Trampolín y a nuestra propia abuela.
No me gustan los políticos con atrezo, con cachivache, que parecen vendedores de la feria, esos chinos tristísimos, inmunes a la alegría y a la luz de lo que venden, que nos quitan las ganas de comprar, las ganas de feria y hasta las ganas de vivir (me he acordado del triste vendedor de barbas postizas de la película La verbena de la Paloma, que al decir “la monda” enseñando la barba sólo aumentaba su desconsuelo y la ridiculez y el fracaso de su propuesta). Nadie con cachivache se lo cree del todo, sean barbas postizas, narices con gafas, antenas luminosas, yoyós supersónicos, flores no ya mustias sino desenterradas, o la famosa impresora de Rufián, que es el que empezó todo esto creyendo que llevar un cacharro al escaño era como llevar una calavera de Hamlet o una antorcha de alegoría. Ana Vázquez, intensita o sólo ansiosa, como corresponde a una meritoria de la política, le pone más entusiasmo que Rufián, que saque lo que saque sólo parece que se saca un moco, y sacó su espray de pimienta como si fuera una pequeña y terrible pistola de nácar. Pero no importan los aspavientos, nadie que tenga que ponerle lucecitas u orejitas a la alegría o a su tristeza, o barbas a su propia barba, o sangre o dientes postizos al propio horror, toma en serio lo que vende ni a quien se lo vende.
No me gustan los políticos con cachivache, que van como con organillo, hula hoop o sable de tragasables a hacer el numerito musical o visual porque no se fían de la palabra, de que ellos la sepan articular o de que los demás la sepan entender. Bastante tenemos con el presidente y los ministros tiktokeros para que la oposición convierta los debates en coreografías llenas de cadenazos y latigazos con efectos especiales, como Bruce Lee o Michael Jackson. Claro que a Rufián no le estalló la impresora, ni a Abascal se le despeñó el adoquín por las bancadas, asustando o aplastando, como a porteadores de Tarzán, a algún yolandista flaco o a algún ujier enturbantado. Pero el espray de pimienta, que también los carga el Diablo aunque sean homologados, legales y hasta femeninos como la pistolita de nácar, sí terminó esparcido, siquiera por el edificio anexo. Alguien debió de pensar que lo único más efectista que Ana Vázquez exhibiendo el espray de pimienta desde su escaño, no como una señora con miedo sino como una señorita de El Corte Inglés, era el espray de pimienta usado, sentido, llorado, vomitado, con salas sulfurosas, precintadas y evacuadas. O es que en el PP no pueden ponerse de acuerdo para hacer un numerito ni una propuesta sin que alguien, sobre todo ellos mismos, salgan escaldados.
En el PP debe de mandar un mal estratega o un muy buen humorista. O un españolísimo gafe, que también puede ser
Ana Vázquez no creo que consiguiera que fuéramos más conscientes de lo que pasa en Ceuta al sacar el espray, sólo parecía que estaba vendiéndonos algo entre Avon y Chuck Norris en medio de una crisis nacional que no necesita más apoyo visual ni más explicación que ella misma (eso es lo que le preocupa a Sánchez, que no puede ofrecer una explicación alternativa, sólo evitar el tema o taparlo con una película suya o una película de otros). Ana Vázquez quería tumbar a Marlaska con el espray simbólico, como si el ministro no estuviera ya acabado, pero el espray simbólico era real y en el PP se diría que no saben distinguir todavía lo uno de lo otro. El espray simbólico era real y el espray vacío no estaba tan vacío, pero al menos aún no estaba en el aire. Lo único que no se podía hacer, lo único peor que todo lo que había pasado, que la exhibición morbosa, el desmayo simbólico, la expulsión bullanguera y el olvido de la realidad de Ceuta por alardes teatrales, fue lo que se hizo: vaciar el espray. Sí, el espray no en los titulares sino en las narices y en los ojos. No entiende uno todavía por qué, quizá porque ya había dicho Vázquez que estaba vacío y en realidad no lo estaba, porque temían que les confiscaran el botecito y les descubrieran la mentirijilla absurda. El caso es que nadie en el PP, en la jerarquía que tienen para el discurso o para el numerito, o para las consecuencias del discurso o el numerito, cayó en que el espray de pimienta seguía siendo espray de pimienta. Sí, no sólo Sánchez tiene un problema con la realidad.
Estaba todo planeado, la cumbre de la ONU como un musical acuático, el discurso del odio que había convencido a los ceutíes mucho más que lo que ellos mismos están viviendo, y hasta Maricarmen, desahuciada con los gatos, que no sé si tenía gatos pero se los ponemos igual, por razones dramáticas y por ayudar a la causa (Maricarmen, por cierto, igual que Ceuta, es la prueba de que algo falla catastróficamente en este sistema pero, de nuevo, el Gobierno no tiene ni culpa ni soluciones). Todo esto era un buen plan, aunque no comparable a hacer que te estalle en las narices un espray de pimienta o una bomba del Coyote, dejándote cara de tonto enhollinado y desnarizado. En el PP debe de mandar un mal estratega o un muy buen humorista. O un españolísimo gafe, que también puede ser.
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