Desde Melilla, un terrizo coronel de la Legión ha dicho que están listos para actuar en cuanto reciban la orden. La orden, claro, no la van a recibir, así que el coronel puede esperar bajo sus pendones de escobero y sus cornetas de postillón, como vienen haciendo desde hace mucho, hasta que toque el próximo desfile con novia o con cristo. Las Fuerzas Armadas tienen encomendada, entre otras misiones, la defensa de nuestra integridad territorial, pero algunos creen que sólo son bandas de música, o nuestro ballet de cosacos (también algunos creen que son como templarios, más guardianes de esencias sagradas que del orden constitucional). Sánchez apenas manda a Ceuta a unos cuantos policías con porra de goma y cestita de pícnic para el inmigrante, va a mandar a la Legión al galope de 160 pasos por minuto (es un ritmo más punk que marcial o folclórico). A los militares de Ceuta los apedrean como si fueran municipalillos de parquímetro, salen con un arma por patrulla con miedo a los tirachinas y al aguarrás, y dos ya han tenido que ser ingresados en el hospital Gómez Ulla, como si vinieran de Dunkerque. En el caótico traslado al nuevo campamentillo del puerto, los regulares apostados sobre el malecón parecían sólo joteros. No es que Sánchez no quiera militares, que también, es que no quiere soluciones, sólo que nos acostumbremos.
El coronel de la Legión, enardecido de mitología, aniversarios (106 años cumplen) y quizá aburrimiento (creo que ellos mismos se sienten decorativos, como muñecas legionarias de mueble bar), ha declarado su “disponibilidad para actuar de forma resolutiva y con inmediatez”. Pero Sánchez no sabe qué hacer, o no quiere hacer nada, con los militares, a los que tiene paseando por las calles como floristas. No sabe qué hacer, o no quiere hacer nada, en realidad, con todos los demás recursos y funcionarios que está usando en Ceuta o están por ser usados en Ceuta. Quiero decir que los militares no parecen entrar dentro de las soluciones administrativas, diplomáticas, humanitarias o puramente musicales del sanchismo, pero tampoco parece que entren siquiera esos diplomáticos, esos administrativos y esos policías con porra o tamponcillo que siguen faltando para la seguridad, las afiliaciones y las devoluciones. Los militares están en Ceuta llevando el fusil como una lanza de romano de belén o de teatro (no sé si todavía se sigue diciendo en el teatro eso de “llevar una lanza” para un papel de figurante), pero los demás funcionarios, desde los escribientes a los sanitarios, parecen tan desbordados y abandonados como la misma población.
Sánchez no sabe qué hacer, o no quiere hacer nada, con los militares, a los que tiene paseando por las calles como floristas
Que venga la Legión toda empalomada, o que venga toda nuestra marina de musical con botón de ancla, no cambiaría nada. Con Sánchez, la situación en Ceuta no va hacia la solución del problema sino hacia su “normalización”. O sea, esa salida tan cómoda que suele usar el sanchismo y que consiste en no resolver nada sino en convencernos de que sólo nos queda acostumbrarnos y, si acaso, quejarnos de los ultras, que añaden odio a lo simplemente inevitable. Ya dijo Sánchez en sus entrevistas como de princesito de Mónaco que la cosa era “estructural”, que seguirá pasando mientras haya “desigualdades”, y que el objetivo es continuar habilitando plazas, levantando campamentillos y repartiendo sopa de monja. Como no hay verdadera política exterior ni interior, ni voluntad de defender la fronteras ni a los ciudadanos, ni ganas de nada salvo de continuar en la eterna gondolita presidencial veraniega, aunque implique estar a las órdenes de Mohamed VI, uno asume que esto irá así: Marruecos no colaborará o lo hará lenta e ineficazmente, Sánchez irá desplazando el conflicto a la necesidad de trasladar a los inmigrantes a la Península, señalará el odio ultra y los “palos en la rueda” de la derecha que lo impide, y volverá a convertir su ineptitud y su traición en virtud y bondad.
Los militares que están en Ceuta apenas como sombras chinescas contra los torreones no van a hacer mucho más (no pueden). Los legionarios que están en Melilla viendo pelar las barbas de sus compañeros como cactus no van a recibir una orden de movilización que no han recibido siquiera los administrativos ni los policías con porra o membrete (se diría que se mueve más policía y caballería cuando Sánchez va a hacer buceo vacacional o conga partidista que en Ceuta). Es de lógica que entre la guerra total, con corneta, metralleta y hasta camello, y la indefensión total, que es lo que parece la cosa ahora, debe de haber un camino ajustado a derecho, y diría que los militares tendrían que estar en ese camino. No entrando con buldóceres y lanzallamas en el Trampolín, pero sí blindando la frontera y proporcionando seguridad efectiva y disuasoria. Sería una contradicción que el propio derecho nos impidiera defendernos de un ataque contra nuestra integridad territorial, un ataque reconocido incluso por el presidente DJ, y ya también por la Unión Europea, que habla de guerra híbrida. Sería absurdo que el Estado entero pudiera colapsar por una cola de peticionarios de asilo o de bocadillos de atún que, mientras, levantan machetes en la noche y poblados sin ley. Pero es que estamos justo en ese absurdo.
Nuestros militares se aburren o se alienan pasando retreta entre cornetazos agónicos y partidas de cartas, repartiendo chocolate en las guerras ajenas, teniendo que salir con cristos carboneros y vírgenes marineras en vez de hacer el trabajo que les encomienda la Constitución, o llegando al final a nuestras verdaderas guerras para tener que ponerse a posar junto a una palmera al ocaso, como haciendo yoga. Es un debate jurídico interesante y necesario plantearse hasta qué punto la seguridad nacional está por encima de nuestra vocación de monjitas de sopa o de políticos de fotocol, algo que ya está haciendo Bruselas pero no se contempla en la Moncloa, donde sólo se preocupan por las entrevistas y las playlists hechas en chanclas. Que nuestros militares no puedan hacer nada más no es tan hiriente y absurdo como que no lo pueda hacer ni el personal de las fotocopias. Pero lo más hiriente y absurdo es que no lo quiera hacer nuestro Gobierno. Y, ante esto, ni la Legión nos puede salvar.
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