Sánchez gobierna desde las entrevistas, como una folclórica, con mucha cretona de diván, abanico, caracolillos y vanagloria. A lo mejor por eso también le bailan las cifras igual que los ojitos de guijarro de Marujita Díaz: los 5.000 inmigrantes que se malcontaban hace poco, los 10.000 que ya prevé Sánchez (los prevé no como un presidente con un grave problema nacional, sino como si fuera un hostelero de Torremolinos), o los 15.000 o 20.000 que calcula Melchor León, el socialista irredento, desde allí mismo, no desde un sofá con mantón y loro. Pero la verdad es que las cifras no le importan a Sánchez, que las cambia o se las inventa, como cifras de público, de ventas, de toreros, de duros o de años de la folclórica. Se nota que no le importa nada, ni las cifras ni lo demás, porque Sánchez tiene la misma cara, el mismo argumento y el mismo estribillo con una cifra o con otra, con 5.000, con 20.000 o con 100.000. Igual que tiene, en realidad, el mismo argumento y el mismo estribillo con un escándalo o con otro. Yo creo que Sánchez se ha creído que tiene repertorio, pose y crédito eternos, no ya como una folclórica egipciaca sino como una alegoría con cornucopia.
Sánchez gobierna desde las entrevistas, o sea que no gobierna. Prefiere ir a los bardos y pintores de la corte, a que lo canten y pinten como a esa alegoría con cornucopia o a esa musa con flauta (las entrevistas le salen justo como si se las hubieran hecho a una musa lánguida, inmortal e insustancial). Sánchez prefiere las entrevistas con fondo de cortina gorda y fuste acanalado a ir a Ceuta, que es normal porque creo que allí terminarían derribando a la musa a pedradas, como a un pajarraco. Y prefiere la entrevista con nana de criadita con cofia a ir al despachito con teléfono rojo, ardiendo como un yunque, a ese búnker de la Moncloa que uno se imagina como un submarino, con humareda de mapas, planes, despliegues y periscopios, hasta que recuerda que allí sólo hay ministros sin funciones, estrategas de corbatas, inventores de palabras (como el personaje que hizo el mismo Cela en la película de La colmena), profesores de ligue y especialistas en música adolescente con el Spotify abierto igual que el maletín nuclear.
Los gobernantes, durante una crisis, no se van de gira por la televisión, no salen con Wyoming como si fuera Íñigo, a hacer la revolera de bata de cola y de pendiente cometario. Al menos, los gobernantes de verdad, que saben que eso no sólo no resuelve nada sino que te hace parecer un ególatra que ha perdido la razón y la perspectiva y se presenta ante una emergencia nacional como si fuera Norma Desmond, con turbante y boquilla de fumar larga y acharolada como un guante de Rita Hayworth. Lo que pasa, claro, es que Sánchez no pretende resolver nada, hace mucho que no intenta intervenir en la realidad sino sólo en su percepción. Anda todavía como si Ceuta no hubiera reventado toda la mitología publicitaria del relato, igual que la mitología santera de la folclórica. Anda como si siguiera creyendo que basta su presencia sobrehumana de Elvis de la política, diciendo cosas increíbles con voz irresistible, para que olvidemos lo que vemos, lo que escuchamos y lo que sabemos. Ni siendo uno de sus asesores de camisas balinesas, indie fondón o neologismos de detergente (les falta volver a inventar las megaperls), le hubiera aconsejado yo a Sánchez estas entrevistas que sólo dan titulares escandalosos y fotos obscenas, más todavía que sus vacaciones con gafas gordas de naviero y escote seco de rabadilla. Al menos, antes de que se arregle algo la cosa. Pero, como creo que ya he dicho, Sánchez ya no escucha a los asesores, sólo a las vocecillas de su cabeza, con fondo escalofriante de teremín o castañuelas.
Hay un momento en que ciertas entrevistas a cierta gente empiezan a resultar no ya contraproducentes o ridículas sino siniestras
Hay un momento en que ciertas entrevistas a cierta gente empiezan a resultar no ya contraproducentes o ridículas sino siniestras, como a la folclórica yacente que recuerda sus éxitos putrefactos de ruiseñor del tendedero o de jamona con peineta. Claro que la folclórica, como Sánchez, no se da cuenta de esto, y sigue yendo a por la gramola y a por la gasa. A Sánchez estas entrevistas no le sirven para nada, salvo para que que el brutal tortazo con la realidad le destroce o desenhebre la sonrisa como un collar de perlas, como esa tiara de pega que son los dientes para las folclóricas, incluso antes de la Pantoja. Un Sánchez que pide paciencia, cuya meta es “estabilizar” la situación allá por diciembre, cuya única preocupación parece ser tener preparados cada vez más camas y bocatas humanitarios, que define la actuación de Marruecos como “inteligente”, y que, a pesar de esto, cuando un ceutí le pregunta por qué está tan acojonado sale con los bulos y con Netflix, no sé qué puede ganar. Bueno, le sirve, eso sí, para que en Marruecos estén de nuevo muy contentos con él. “La voz de la razón en Madrid”, lo llamaba la prensa faldera de allí, que no hay otra, claro. Y la folclórica, ya ven, recibiendo el terroncito de azúcar de Marruecos, hablaba de trama de Netflix…
Sánchez gobierna y seduce desde las entrevistas como desde la bañera de espuma, que eso no es gobernar ni seducir pero ni el presidente que se cree Marilyn ni la folclórica que se cree la Carmen de España se dan cuenta. Deberíamos fijarnos en las cifras, las 10.000 plazas que Sánchez ha anunciado como si fueran plazas de El Pocero, los 20.000 inmigrantes que puede haber en realidad, la fecha de diciembre como la esperanza de la lotería, los 1.822 triajes a adultos y los 10 expedientes a menores, pero con sólo 307 expulsiones debidas a delitos, no a la ejecución de las devoluciones. Y 35 delitos sexuales, y agresiones multiplicadas por 14’6, y allanamientos multiplicados por 52’3, y 53% de caída del comercio, y 50’7% de la hostelería y restauración, y 90% de la demanda turística. Y lo demás, claro, que Marlaska diría que es “subjetivo” pero sólo es innegable. A pesar de todo eso, las cifras no importan, o no le importan a Sánchez, como la realidad en general. Cree que sus entrevistas con loro y mantón, y su repertorio con loro y mantón, aún se esperan, aún se compran, aún enamoran. Todavía pedirá cámaras y turbante cuando lo conduzcan los votantes, o los guardias, hacia el siempre decrépito crepúsculo de los dioses o de los horteras.
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