Sus semanarios TelQuel y Nishan eran los de mayor tirada en Marruecos. Ahora, los dirigen otras personas, que no tuvieron nada que ver con su fundación. Ahmed Benchemsi ha pagado un precio muy alto por ejercer su derecho a la libertad de expresión. Quien fue una de las plumas más afiladas al otro lado del Estrecho reside ahora fuera del país y centra sus esfuerzos en denunciar el deterioro de los derechos humanos en Marruecos.

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Benchemsi fundó TelQuel en octubre de 2001. Su carácter liberal e independiente hizo que se convirtiese en la revista más vendida en Marruecos. Comprometido con la información veraz, el periodista no dudó en adoptar una postura crítica con las autoridades alauís, lo que le valió muchos enemigos entre el Majzén –el círculo íntimo de Mohamed VI que gobierna el país en la sombra–. Aun así, a los pocos años abrió Nishan, la versión en árabe.

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Durante esos años, tanto Benchemsi como los periodistas que firmaban en sus cabeceras recibieron presiones gubernamentales. En agosto de 2007, fue detenido e imputado por un delito de "faltar al respeto debido al rey". Benchemsi había firmado un editorial crítico con el discurso de Mohamed VI sobre las elecciones legislativas de aquel año.

Casi dos décadas después, observa con atención los inminentes comicios que van a celebrarse la próxima semana. Como director de comunicaciones para Oriente Medio y el Norte de África de la organización Human Rights Watch, se abstiene de comentar sobre el proceso electoral. Desde hace años, su foco son los derechos humanos.

Sus días de periodista en Marruecos se acabaron hace tiempo. En 2010, quedó sentenciado por publicar una encuesta en Nishan sobre los diez años de Mohamed VI al frente de la corona marroquí. La información no gustó entre las altas esferas de Palacio, que orquestaron un boicot publicitario contra la revista, que acabó quebrando. A los pocos meses, Benchemsi vendió TelQuel y abandonó su país.

Desde el exterior, analiza todo cuanto ocurre en Marruecos, donde ve un clima asfixiante en cuanto al ejercicio de la libertad de expresión. Una situación que se traduce en un profundo descontento, especialmente entre la juventud. "No me sorprendió ver a miles de jóvenes marroquíes nadar hacia Ceuta en cuanto oyeron que España, y por extensión la UE, podía dejarlos pasar", confiesa en una entrevista a El Independiente.

Pregunta.- ¿Cuál es la situación actual de la libertad de expresión en Marruecos?

Respuesta.- Nefasta. Hoy en día en Marruecos puedes acabar entre rejas por una publicación en redes sociales, una canción, un dibujo o casi cualquier forma de expresión pública que cruce las líneas rojas de las autoridades. Solo hay que mirar a casos recientes. El grafitero Yasser Mounbir está en prisión por publicar una caricatura del rey Mohamed VI en Instagram. La activista Ibtissam Lachgar cumple una condena de 30 meses por llevar una camiseta con el lema "Allah es lesbiana". El rapero L7assal ocho meses por criticar la normalización de las relaciones de Marruecos con Israel, mientras que el rapero T-Flow cumple diez meses por criticar al primer ministro en una canción.

Y luego están Nasser Zefzafi y los demás líderes del movimiento Hirak del Rif, que cumplen impactantes condenas de veinte años de prisión, a pesar de que su único "delito" fue exigir de forma pacífica mejores infraestructuras, servicios públicos y oportunidades económicas para su región.

P.- Usted mismo fue víctima de la represión de la libertad de expresión en su país; ¿cree que la situación ha empeorado desde que se fue de Marruecos?

R.- Sin duda alguna. La libertad de prensa ya tenía sus desafíos en la década del 2000, pero echando la vista atrás, parece una época dorada perdida. En TelQuel, revista que fundé y dirigí, y en otros medios de comunicación destacados, publicábamos historias de portada y artículos de opinión que hoy serían impensables. Criticábamos abiertamente las políticas y los intereses empresariales del rey y, aunque a menudo eso tenía un coste, el espacio para el debate aún existía.

El mensaje está bastante claro: adhiérete a la línea oficial y mantente alejado de los temas que las autoridades consideran prohibidos

Ese espacio ha desaparecido casi por completo. Los pocos periodistas independientes que se negaron a pasar por el aro han sido acosados, empujados al exilio o enviados a prisión mediante juicios diseñados no solo para silenciarlos, sino también para destruir su reputación personal. Hoy, el panorama mediático marroquí es una sombra de lo que fue. Si eres periodista o un medio de comunicación y quieres sobrevivir, el mensaje está bastante claro: adhiérete a la línea oficial y mantente alejado de los temas que las autoridades consideran prohibidos.

P.- Este verano, la detención del periodista crítico Ali Lmrabet fue noticia. ¿Por qué cree que Lmrabet fue liberado solo unos días después de su arresto?

Creo que la razón principal de su liberación fue que su caso atrajo rápidamente la atención en el extranjero. Incluso mientras estaba detenido, Ali, que es un veterano y reconocido periodista independiente, estaba recibiendo una cobertura significativa en los medios occidentales y sumando un fuerte apoyo internacional. El hecho de que se echasen atrás y lo liberaran tan rápido sugiere que al régimen todavía le importa, al menos hasta cierto punto, su imagen en el exterior.

Algo similar ocurrió con los periodistas Omar Radi, Soulaiman Raissouni y Taoufik Bouachrine. A los tres se les impusieron largas condenas de prisión tras juicios muy injustos, y aun así fueron indultados antes de cumplir la totalidad de sus penas. En sus casos, la cobertura sostenida de los medios internacionales y las organizaciones de derechos humanos también ayudó a mantener la presión sobre las autoridades.

Pero la cosa es muy diferente cuando no eres conocido internacionalmente. Si eres un usuario cualquiera de redes sociales, un activista local o un rapero con poca visibilidad global, mantenerte tras las rejas tiene un coste reputacional mucho menor para las autoridades.

P.- Alrededor de estas mismas fechas el año pasado, la juventud marroquí salió a las calles durante las protestas de la Generación Z. ¿Cómo han respondido las autoridades a las protestas de los jóvenes marroquíes?

R.- Tres hombres, Abdessamade Oubalat, Mohamed Rahali y Abdelhakim Derfidi, murieron en circunstancias profundamente inquietantes que nunca han sido investigadas por los tribunales marroquíes, a pesar de los reiterados llamamientos de grupos de derechos humanos dentro y fuera de Marruecos. Más allá de esos tres, miles de personas fueron arrestadas durante las protestas y cientos recibieron condenas de prisión. Según la Asociación Marroquí de Derechos Humanos, alrededor de 600 permanecen hoy tras las rejas.

Estamos hablando de gente joven que, en su abrumadora mayoría, se manifestaba pacíficamente por el nefasto estado de la sanidad y la educación públicas. Las protestas se desencadenaron tras la muerte de ocho mujeres después de someterse a cesáreas en un hospital público de Agadir. Es uno de los procedimientos quirúrgicos más rutinarios de la medicina moderna, pero las condiciones en ese hospital eran tan deficientes que terminaron en tragedia. Al mismo tiempo, se están inaugurando por todo el país estadios de fútbol de última generación con costes multimillonarios para el Mundial de 2030, que Marruecos coorganizará con España y Portugal. Y no es solo el fútbol.

Rabat cuenta ahora con un pabellón de hockey sobre hielo ultramoderno y completamente nuevo, el más grande de África. ¿Quién narices juega al hockey sobre hielo en Marruecos? Está claro que el Gobierno tiene un problema con sus prioridades.

Pero si llevas esa frustración a las calles, te arriesgas a acabar en la cárcel. Por eso no me sorprendió ver a miles de jóvenes marroquíes nadar hacia Ceuta en cuanto oyeron que España, y por extensión la UE, podría dejarlos pasar. Muchos estaban tan desesperados por un futuro en otro lugar que estuvieron dispuestos a arriesgar sus vidas basándose en poco más que un rumor. Cuando la juventud de un país pierde la esperanza a ese nivel, se trata de un fallo profundo de la política pública.

P.- Durante los primeros años del reinado del rey Mohamed VI hubo una aparente mejora en el derecho a la libertad de expresión, ¿cree que existía una voluntad real de cambio?

Los primeros años del reinado de Mohamed VI estuvieron lejos de ser perfectos, pero estaban llenos de esperanza. Tras 38 años de abierta dictadura bajo el mandato de Hassan II, existía el sentimiento generalizado de que las cosas solo podían mejorar. Y durante un tiempo, así fue. Hubo verdaderas señales de apertura y muchos marroquíes creyeron que el país avanzaba en una nueva dirección. Yo fui uno de esos primeros entusiastas.

Hoy en día en Marruecos puedes acabar entre rejas por una publicación en redes sociales, una canción, un dibujo o casi cualquier forma de expresión pública que cruce las líneas rojas de las autoridades

Al nuevo rey le tomó unos diez años consolidar su poder con firmeza, así como el aparato de seguridad y otros pilares del régimen. Después, la luna de miel se terminó. ¿Existía un deseo genuino de cambio al principio? Sí, creo que sí. Creo que Mohamed VI originalmente tenía buenas intenciones. Pero ni siquiera un monarca absoluto gobierna solo.

El Majzén, el Estado profundo de Marruecos, es un sistema complejo de clientelismo que agrupa intereses poderosos, élites consolidadas y lobbies contrapuestos. La buena voluntad que pudiera haber existido en esos primeros años no resistió esa presión por mucho tiempo.

Eso no significa que no haya ocurrido nada bueno en los últimos 26 años, ni mucho menos. Marruecos ha logrado progresos notables en muchas áreas, desde las infraestructuras y el desarrollo urbano hasta la diplomacia y el posicionamiento internacional, especialmente en África. Pero en lo relativo a las libertades, está claro que han pasado a un segundo plano. Hoy, nadie en la élite gobernante las considera una prioridad.

P.- ¿Cree que hay esperanzas de que la situación de los derechos humanos en Marruecos mejore en un futuro próximo?

R.- Mientras la situación política permanezca igual, no veo razones objetivas para la esperanza. Pero la historia suele dar giros inesperados. Yo sigo siendo un optimista de corazón.