Opinión

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Que arda todo

Que arda todo
Varias personas trabajan en las labores de extinción del incendio forestal en La Adrada, Ávila | Europa Press

Parece que España sólo arde en el telediario, lejana y fríamente, como si fuera un volcán antillano. Después de un rato de ver llamas atigradas y hombres atigrados, yo creo que el españolito se vuelve hacia la paella que le han sacado, también volcánica a su manera, también con su cosa de atolón antillano, y sigue con la vida, que sabe un poco a arena, un poco a quemado y un poco a limón. Otra vez nos ha pillado el fin del mundo en vacaciones, y ya son muchas veces. Quiero decir que nos vamos acostumbrando, igual que a la mala política, a que se acabe el mundo un par de veces al año, y ya nos conformamos con que no nos salpique demasiado, como el perrete o el niño en la playa, los dos hermanados en el caos, en la inconsciencia o incluso en la maldad, como nuestros políticos. Ya sólo pedimos que no nos toque a nosotros, que mientras que no arda la ciudad de Madrid, como una gran pinacoteca, o no arda la playa, como en un conjuro también antillano, lo demás tampoco parece demasiado grave. Se queman algo así como grandes jardines sin uso, pueblos que ya estaban secos de vida, piedras a las que les da igual arder, animales que ya parecían hechos de pasto y fuego… Además, seguro que muchos se lo merecen, por votar mal o por ser rancios como el requesón rancio. Algunos políticos no sólo nos están contagiando su desentendimiento sino su crueldad.

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Entre los incendios y el verano (el verano del veraneante) no hay una hermandad diabólica, como entre el perro y el niño en la playa, sino al contrario, hay toda la distancia del mundo. No hay nada más lejano, incluso a la misma temperatura, que el incendio y el veraneo. El incendio es la realidad imposible de posponer y el veraneo es la realidad conscientemente pospuesta, incluso negada. Por eso los políticos parecen un poco siempre veraneantes de lo suyo. Yo creo que ha sido la política, o la mala política, para no meterlos a todos en el mismo saco de leña, la que nos ha acostumbrado a esa distancia mental y emocional con la realidad, y sobre todo con la realidad del otro. La España rural, vaciada, arrasada, un poco aborigen, antillana o incluso fueguina (de la misma Tierra de Fuego), parece lejana o ignorada en la ciudad, o en la playa, o en el otro color ideológico, porque nos han dicho que sólo lo nuestro importa y que además todo lo del enemigo es quemable, bíblicamente quemable. Más todavía una Sodoma de pastores negacionistas en el campo o una Gomorra de cervezas cayetanas por Madrid. El “disfruten lo votado” es otra versión de aquella “moral de linchamiento” que decía Bertrand Russell que era la de los fanáticos religiosos. Sí, Óscar Puente lo que parece es un cura blanquecino, blandengue y cruel, de los de potro, hoguera y postre.

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Los incendios parecen lejanos como el otro, no el de Lacan sino el otro político, el otro de la polarización, que es la inversión moral del bien y por tanto más parecido al pecador que al rival ideológico. Y los pecadores deben arder para purificarse y deben sufrir para redimirse, ya saben. Los ángeles flamígeros, el infierno con calderos, las Babilonias carbonizadas, los herejes como candelabros del Demonio, los santos llagados, la propia Divinidad ardiente y quemante como arbusto o como Espíritu Santo, todo eso viene de lo mismo. Esto es así incluso en las religiones supuestamente de amor, imaginen en los sistemas políticos del odio. Es un odio, además, que ni siquiera es un odio moral, o sea ese odio al mal que se refleja en el odio al malvado, sino un odio tribal, capaz de hacer santos a tus malvados y de pedir la hoguera para el justo que se encuentra en el lado equivocado de la ciudad de Dios o de la historia (“matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos”, es una frase que se le atribuye a Arnaldo Almarico durante un asedio al comienzo de la cruzada albigense contra los cátaros). Sí, que ardan todos, o que arda todo.

Que arda todo, el monte y el Estado, mientras no arda nuestra oficina o nuestro chiringuito

Parece que España arde sólo en la televisión, y muy lejanamente, como un cafetal de telenovela. Casi miramos ya a los incendios como a un eclipse, con sus chinescas sombras negras o naranjas, a medio camino entre la ciencia y los dioses, entre la imperturbabilidad del universo y la inevitabilidad de sus leyes. Después de ver las llamas como auroras boreales, el españolito se vuelve hacia el mar, que ya es como un guiso de carne, y hacia el cielo limpísimo, que parece la bombonera de cristal del mundo. Nos ha pillado otra vez el apocalipsis en vacaciones y lo que pasa es que ya estamos acostumbrados a los apocalipsis, nos han ido acostumbrando a los apocalipsis como a la desidia, a la mentira, a la insensibilidad y al odio. Parecen lejanos los incendios, un poco canadienses incluso si uno se abstrae y piensa sólo en su ola de calor particular, la del chiringuito caliente, la del gazpacho caliente, la de la barriga caliente, la del culo caliente. Pero los incendios están aquí.

No está tan lejos el incendio, y no porque en Madrid, en la capital usualmente aburbujada y magnificada, hemos visto el cielo pesado y hemos olido a quemado como si hubieran prendido los faldones de sus salones de trono y de sus meninas amesacamilladas. No está tan lejos el incendio, aunque en la playa, con los pies metidos en la arena mojada, como una sandía, y el sol como otra sartén colgada, uno pretenda negar el tiempo / clima y el tiempo / tiempo, un poco igual que hace la política. El incendio, o sea la realidad, siempre nos alcanza, aunque llevemos todo un verano o toda una vida negándola, con el relato o con la cañita. A todos nos va a alcanzar el cambio climático, y ni Sánchez ni Ayuso pueden hacer nada contra eso. A Sánchez, por su parte, lo va a alcanzar, sin más, la verdad. De todas formas, algunos pensarán que tampoco es tan grave la cosa, o incluso que puede ser buena. Que arda todo, el monte y el Estado, mientras no arda nuestra oficina o nuestro chiringuito. Que arda todo mientras no arda, santa o paganamente, como una ermita o un cabaret, la Moncloa. 

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