Pedro Sánchez, con traje clarito y fondo de azules piscineros, parecía que estaba en el trampolín de una boda con piscina en vez de haciendo su balance del curso. La verdad es que él siempre ha sido como un veraneante, un convidado o una ninfa de piscina, así que yo creo que le pegaba ese fondo de cielo falso, de agua falsa, de fiesta falsa o de hazaña falsa, que casi parecía un croma para una película con piscina, explosión y joyones (ese Zapatero de guante blanco). Su balance fue una película, por cierto, que hasta nos colocó en un “círculo virtuoso” de la economía, como un loop de Tom Cruise / Maverick, sin fijarse mucho en la vivienda, la inflación, el paro juvenil, la precariedad laboral, la productividad, la deuda y el déficit públicos, ni, claro, en la cara de espanto y hartura del españolito. Y sin fijarse nada, desde aquellos cielos suyos de cometa, de castillo hinchable o de píxeles muertos, en cómo arde España física, política, institucional y judicialmente. Parece que se lleva eso de ponerle a tu curso político un fondo azulejado de azules, con grecas de luz, arabescos acuáticos y grifitos abiertos, que no sé si es para que a los periodistas les entren ganas de hacer pis y no pregunten mucho. Ya conté aquí que Feijóo también se puso fondo azul y se le veía muy fresquíbiris, pero de nuestro presidente quizá habría que decir, simplemente, que estaba tan fresco.
Sánchez se diría que quiere apagar España con agua embotellada, o con champán o champín de piscina, o con caldo de gambas, que eso viene a ser esta macroeconomía fiestera o consoladora suya, un refresco, cóctel o aperitivo de colchoneta. O quiere apagarse él mismo, a base de manguerazo febril, granizada infantil o tinto chiringuitero; apagarse él, su familia y su partido, más quemados aún que nuestro bendito y maldito monte de meigas, silbos, vacas y rebecos. La fiesta apocalíptica en realidad es lo suyo, y Sánchez a punto del piscinazo veraniego y del bronceado casi radiactivo le recuerda uno a la portada de aquel disco de Supertramp, Crisis? What crisis? Con el bicho y con el fuego, con las elecciones y las encuestas, con la ocupación, subasta y saqueo del Estado, con el Congreso como un anfiteatro comido por el musgo y la corrupción como todo el sanchismo comido por la hiedra; con todo eso y lo que le queda, Sánchez ha sobrevivido por el sencillísimo método de ponerse un cubata y gafas de espejo y adorarse el ombligo igual que un buda español, ese español en verano, tranquilo, eterno y tibetano como el butanero.
A Sánchez no le preocupan la emergencia del planeta ni la de nuestros montes, que ya tiene él su propia emergencia y es a la escala más pequeña posible, la puramente personal
Sánchez sólo tiene la macroeconomía, que es como griego antiguo para el españolito de bocata, oliva y piso compartido, y aun así tiene que escogerla bien para que le quede bonita. Quiero decir que los salarios estancados, el déficit comercial o las carencias estructurales de nuestro tejido productivo también son macroeconomía aunque no le queden bien a él en la foto piscinera. Menos mal que ha venido a ayudarle lo del negacionismo climático, que es buen tema para una conversación de piscina. En realidad Sánchez ya sabemos que no es de soluciones, que son una cosa antisocialista y hasta antiespañola, casi germanoide, sino que es más de estribillo, y éste es otro estribillo. Ha insistido mucho Sánchez en el pacto contra la emergencia climática y ha dicho eso de que “el negacionismo es el peor de los combustibles”, como si ardieran el monte o el mundo por culpa de Miguel Bosé, o más bien como si bastara con convencer a Miguel Bosé para que dejaran de arder el bosque y el mundo.
Sánchez, igual que hace postureo con la macroeconomía, con la política exterior, con un escenario de piscina y hasta con un escenario de guerra, también hace postureo con el cambio climático. El cambio climático es un problema global, de escala planetaria y secular, y nada hay que puedan hacer ni dejar de hacer al respecto, en su escala espacial y temporal, Sánchez, nuestros barones, nuestros partidos ni los negacionistas con gorra MAGA o de la Caja Rural. Lo que sí hay son unas consecuencias inmediatas y locales que hay que abordar urgentemente, y eso es lo que debería estar haciendo Sánchez. No pueden estar en el mismo papel, en la misma urgencia ni en la misma frase las necesidades de España ya mismo y el futuro del mundo entero. De hecho, hacer eso significa confundirnos y hasta perder el tiempo en la carrera por ambos objetivos, que son concurrentes pero no idénticos y no requieren ni las mismas medidas ni los mismos actores. Pero a Sánchez, claro, no le preocupan la emergencia del planeta ni la de nuestros montes, que ya tiene él su propia emergencia y es a la escala más pequeña posible, la puramente personal.
Con la macroeconomía, que es como la cocina molecular para el español de fuagrás, y los negacionistas del cambio climático como los pirómanos de España y del mundo, con su mechero de yesca de legionario, ya habría terminado Sánchez. No le parecía a él algo de consideración, ni algo que pegara en su día de piscina, eso de la corrupción de su familia, de su Gobierno y de su partido. Se lo tuvieron que preguntar los periodistas, distraídos o ya apurados entre tanto chorrito verdadero o figurado. Sánchez siguió defendiendo a Zapatero, que ya hemos dicho que es normal porque significa defenderse él mismo; y a su hermano, por lo visto condenado por los delitos de “profesionalidad” e “integridad”, y a su mujer, una mártir de LinkedIn (todos en LinkedIn parecen más mártires que profesionales). Llegó a asegurar que Begoña había sacrificado parte de su carrera por ser su mujer, cuando más bien se diría que su carrera despegó por ser su mujer, que con ese inglés y ese currículum no hubiera llegado ni al cortinglés de la señora de Santos Cerdán. Justo por eso está ella esperando juicio en vez de estar revoloteando en la piscina tocada de azures y burbujas de la Moncloa, donde sigue Sánchez de veraneante, de convidado o de ninfa, tan fresco.
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