Opinión

EL GOLPE

Puigdemont y Sánchez: volver a empezar

Puigdemont y Sánchez: volver a empezar
Carles Puigdemont en una imagen de archivo | Europa Press

Puigdemont, como un solterón de gran hotel, yo creo que ya sólo practicaba “un dandismo antiguo, entre el espejo y el teléfono” (Umbral), que era lo que le había quedado después de ser, o querer ser, rey republicano, revolucionario cagón o viudo oficial de la patria, como esas viudas de los toreros o de los estancos. La legislatura ha sido de Puigdemont, con el PSOE mirando para Waterloo como para Cuenca y Sánchez mandándole jamones a través de Santos Cerdán, que siempre fue como un mayorista de jamones incluso antes de las chistorras. Puigdemont inauguró la legislatura, o la patrocinó, y ahora la cierra con su lazo negro de viuda, con su bastonazo de infante exiliado y con su dignidad, nunca recompuesta del todo, de cagón que regresa. Yo creo que en realidad él había renunciado a su republiqueta, como al amor, y ya sólo quería estar en Waterloo hablando por el teléfono rococó y mirándose en los espejos antiguos con batín y de medio perfil, como un clavicordio muy decorado. Allí, todo maquillado igual que un tísico coqueto; allí, disfrutando de ese estatus que sólo otorga la grandeza que nunca llegó, era más rey que volviendo a donde no puede ser rey. Yo creo que a Puigdemont le ha terminado fastidiando su propia amnistía, que es como el empeño de Sánchez por que siga siendo activista indepe en vez de jubilado de casino.

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La amnistía por fin le ha llegado a Puigdemont cuando ya se había acostumbrado a la gloria de su soledad, al trono de su tristeza, a la mitología de su herencia (parecía la viuda de Wagner más que del independentismo). Yo creo que Puigdemont estaba en Waterloo como Sánchez en La Mareta, y siempre fastidia estar así y que te devuelvan de repente a la realidad. Los dos con su escritorio o tocadorcito románticos, con su bañera napoleónica o su isla napoleónica, practicaban la política como contemplación y silencio. Sí, es cierto que Puigdemont, en Waterloo, le pedía de vez en cuando cosas absurdas a Sánchez, a vuelta de correo o a vuelta del jamón de Santos Cerdán. Pero yo creo que Puigdemont sólo quería que lo dejaran en paz en su pequeño reino como de farero o relojero, lo que pasa es que no había locura que no le concediera Sánchez, así que él tenía que seguir haciendo de indepe para, en realidad, poder seguir haciendo de jubilado. Ahora ya no va a poder.

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Diría que a Puigdemont le ha terminado fastidiando su propia amnistía, y a Sánchez también. Sí, porque este Puigdemont que vuelve como de su entierro, con la chistera de estreno, nos recuerda lo que era Sánchez antes de dedicarse a rescatar de los árboles a ancianitas que parecen doña Fina (La que se avecina) y a perroflautas que parecen electroduendes llevados por la riada. Puigdemont es mucho más Sánchez que Maricarmen o todas las que hay ahora sustituyendo a Maricarmen. Puigdemont es la viva prueba del Sánchez que no tiene ideología ni memoria ni escrúpulos, que puede comprar la presidencia y malvender el Estado hasta no tener ya nada más que ofrecer (lo único que le queda es lo verdaderamente imposible, que aun así Puigdemont seguía pidiendo por si lo dejaba en paz, ya digo). Puigdemont en Waterloo era el dandi del independentismo, con distancia de máscara y bastón. Podía reinar lejanamente en los corazones sin tener que atenderlos demasiado, podía deleitarse en la melancolía pura de la patria lejana, perdida, añorada, robada, y, sobre todo, podía ser indepe como de fin de semana.  Pero volver a Cataluña significa tener que hacer de indepe todo el tiempo. En Cataluña, la misma melancolía, compartida o disputada por muchos, se convierte en histeria. La amnistía de Sánchez le ha robado la paz a Puigdemont y yo creo que por eso se ha vengado en su comparecencia.

Puigdemont volvió a desmontar el argumentario sanchista sobre la necesidad de la amnistía: la amnistía no es el fin sino más bien un volver a empezar

En su breve intervención, Puigdemont no parecía feliz sino fastidiado, no parecía rescatado sino expulsado. Su venganza de jubilado importunado, su venganza contra Sánchez, ha consistido, primero, en recordarnos que nuestro presidente le ha copiado todas las ideas de cuando era indepe en activo, o sea antes de ser gran duque de sus espejos. Sí, la conspiración facha, la represión de unos poderes públicos que sirven a esta conspiración, las órdenes que Aznar ha dado moviendo el bigote que ya no tiene, la justicia interfiriendo, el lawfare sistemático y sistémico, todo eso ha ido pasando por su discurso como con reojos. Puigdemont usa las mismas referencias y la misma iconografía que Sánchez, o Sánchez las de Puigdemont, o sea las de un antisistema o las de un totalitario. Además, Puigdemont volvió a desmontar el argumentario sanchista sobre la necesidad de la amnistía: la amnistía no es el fin sino más bien un volver a empezar, no ha traído la normalización ni la concordia ni la reconciliación sino la vigencia y la preponderancia del conflicto, y ellos siguen pidiendo lo de siempre, o sea autodeterminación, republiqueta, mitología y funcionarios con hachones, y no van a renunciar a ello.

Puede que Puigdemont ya no crea en nada de esto, pero ahora que ya no puede ser rey de su torreón tiene que volver a ser el revolucionario de las plazoletas, y con más rabia todavía, esa rabia de los destronados o degradados. O claro que lo sigue creyendo, por supuesto, porque todo esto es una fábula mía que pretendía mostrar que Puigdemont sólo es Puigdemont porque Sánchez se lo ha permitido, que hasta el más furibundo indepe, y hasta sus más locas ideas de sedición o destrucción del Estado, son sólo una sombra y una consecuencia de nuestro presidente. Puigdemont volverá, aunque no nos ha dicho cuándo. Quizá en el fondo él también sabe que volver significa quedarse sin nada, no poder ser más ese señor que enviudó sin casarse, de puro misterio y silencio, y que vivía en una suite a medida de su soledad, con teléfono y espejo mirándose infinitamente. No poder ser más ese dandi del independentismo, en un Palace de bohemia o de Bohemia, y tener que volver a ser otro particular, otro colérico en esta Cataluña que sigue en los tiempos de la cólera como del cólera. En realidad Puigdemont regresará y será el de siempre porque, gracias a Sánchez, nada ha cambiado ni se ha aprendido. Nada, salvo que se puede malvender el Estado y degradar toda la democracia y todavía querer volver a empezar.

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