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Amor, ciencia y champán: la intrahistoria de amor tras el Nobel de medicina de Karl Deisseroth

Karl Deisseroth, galardonado con el Premio Nobel de Medicina de 2026.
Karl Deisseroth, galardonado con el Premio Nobel de Medicina de 2026. | EFE

La noticia del Nobel de Medicina 2026 ha puesto en el foco no solo un avance científico mayúsculo, sino también una historia de amor poco convencional; la de Karl Deisseroth y Michelle Monje-Deisseroth, pareja desde hace casi dos décadas y hoy ambos referentes en neurociencia en Stanford.

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Una pareja de neurocientíficos en Stanford

Karl Deisseroth, de 54 años, es profesor de bioingeniería y de psiquiatría y ciencias del comportamiento en la Universidad de Stanford. Michelle Monje-Deisseroth, su esposa, es médico-neurooncóloga pediátrica, profesora en la Facultad de Medicina de Stanford e investigadora del Instituto Médico Howard Hughes (HHMI). Juntos forman una de las parejas científicas más visibles del campus. Comparten edificio, disciplina de base y, desde 2007, vida familiar con cinco hijos.

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La relación nació en el entorno clínico y académico de la universidad. Ella era estudiante de Medicina haciendo una rotación en neurología; él, residente de psiquiatría pasando por neurología. Trabajaron codo con codo en el mismo servicio y, más tarde, coincidieron en el mismo edificio durante sus respectivos doctorados y posdoctorados, entre microscopios confocales y "el brillo romántico de los láseres", como han bromeado en entrevistas.

El Nobel que lo ha cambiado todo (sin cambiar del todo la rutina)

El lunes 5 de octubre de 2026, la Asamblea Nobel del Instituto Karolinska anunció que el Premio Nobel de Fisiología o Medicina recaía en Karl Deisseroth y en los alemanes Peter Hegemann y Georg Nagel "por sus descubrimientos sobre los canales iónicos activados por la luz y la optogenética". El galardón reconoce una tecnología que permite activar o inhibir neuronas concretas en cerebros vivos mediante pulsos de luz, abriendo una nueva era en neurociencia.

La llamada del comité llegó después de la medianoche en California. Según han relatado medios y la propia universidad, Michelle fue quien recibió la primera comunicación: "¿Podemos hablar con Karl?". Ella, que ha utilizado la optogenética en su propio laboratorio para demostrar que algunos cánceres cerebrales dependen de la actividad neuronal para crecer, celebró el premio con una mezcla de orgullo profesional y cercanía personal: "Sé que soy parcial, pero realmente ha transformado el campo de la neurociencia (y en realidad varios campos más)", declaró.

Lejos de los clichés de gala inmediata, la mañana del 6 de octubre amaneció en Stanford con Deisseroth atendiendo llamadas de felicitación y, al mismo tiempo, preparando el desayuno y los almuerzos escolares de sus hijos, tal como han recogido crónicas internacionales. Michelle, por su parte, aparecía a su lado mientras también se ocupaba de detalles logísticos, como servir café al equipo de comunicación de la universidad que se había sumado a la celebración improvisada en casa.

Optogenética, la herramienta que une sus trayectorias

La optogenética nació de la combinación de genética y óptica. Hegemann y Nagel identificaron y caracterizaron proteínas microbianas sensibles a la luz (opsinas) que funcionan como interruptores iónicos; Deisseroth convirtió ese mecanismo en una herramienta usable en neuronas de mamíferos y, después, en cerebros de ratones vivos. Desde entonces, la técnica ha permitido cartografiar circuitos neuronales relacionados con la memoria, las emociones y conductas relevantes para trastornos neurológicos y psiquiátricos.

En el laboratorio de Monje-Deisseroth, esa misma tecnología ha servido para explorar la relación entre nervios y tumores cerebrales. Este campo emergente es conocido como neuro-oncología del desarrollo. Así, el Nobel de Karl no es un logro aislado en la pareja, sino un hito que atraviesa ambas líneas de investigación, entender cómo funciona el cerebro sano y cómo se desregula en enfermedades como el cáncer pediátrico.

"El amor significa compartir el champán"

La frase que da título a esta pieza proviene de un reportaje de Stanford de 2022 titulado "Love means sharing the champagne". En él, la pareja explicaba cómo gestionan carrera y familia. Entonces, en el lapso de solo tres días, ambos habían recibido reconocimientos de primer nivel, incluido el prestigioso Premio Lasker para Karl, y reflexionaban sobre la necesidad de celebrar juntos los éxitos del otro.

Cuatro años después, con el Nobel sobre la mesa, esa idea resuena con más fuerza. El champán (metafórico o real) se comparte porque los logros científicos, en su caso, son también fruto de un proyecto vital común. En imágenes difundidas por la universidad y agencias, se les ve conversando en casa, entre felicitaciones y la rutina familiar, lejos del estereotipo del genio aislado.

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