CHUPAR COPA DEL MUNDO. Somos campeones del mundo. O sea todos, o casi todos. El vecino con el tambor, la novia con la lágrima naranja (el patriotismo se deslíe enseguida), el tertuliano con su matraca, los partidos con su ideología, el Gobierno con sus vidrieras y la oposición con sus aspiraciones. Todos han chupado esa copa de gloria y limón de unos niños (les han robado el caramelo del verano o de la vida a unos niños), todos han chupado la luz y la fiesta por esas ciudades que han volcado los cielos y las fuentes igual que cubatas, todos han chupado plano, un poco como Trump, con las estrellas acervezadas en el pecho y en los ojos. Un gol de 47 millones de personas, decía el propio Ferran Torres, que rezaba por el gol como otros rezan por el cupón o por el examen. Ese gol de 47 millones suena a peseta de Lola Flores y es, efectivamente, puramente folclórico.

Juan Carlos Rivero, de la vieja escuela de TVE, soso, tópico y epíteto, lo mismo te metía promos de telefilmes en la narración que te iluminaba con eso de que “cuando nos unimos en la diferencia somos imparables”. Pero sólo nos unimos en el fútbol, así que de poco sirve. En Al rojo vivo, Gabriel Sanz, con emoción cabal (él siempre es cabal y comedido incluso en la emoción), también nos decía que esta selección “desmiente la falsa polarización” porque “todo el mundo se une en torno a una idea”. Pero, de nuevo, la idea no pasa del fútbol y de la peña. Ni dura más que la rúa. En realidad, el fútbol no desmiente ni afirma nada. Que el fútbol nos haga fantasear con una España no polarizada es como si el fútbol nos hiciera fantasear con una España atlética. Ya ven que, mientras la selección “desmentía” la polarización, en el País Vasco los aberchándales atacaban a los chavalines con bandera de España y boicoteaban los pantallones al aire libre en un día de cristales rotos y reconciliación imposible.
“Ayer ganó una España diversa”, afirmaba en Todo es mentira la diputada de Sumar Tesh Sidi. La selección plural, multiétnica, plurinacional, “la España” que dice Manu Sánchez para no confundir a la selección con el país y luego confundir, efectivamente, el país con la selección: la del marroquí (¿dice lo mismo Manu que Rajoy?) que se la pasa al vasco para que remate no sé si el Curro de la Expo o Rigoberta Bandini con la simbólica y revolucionaria teta. Sarah Santaolalla, que me he dado cuenta de que es como una argentina del sanchismo, hasta con playera reventona, decía que los jugadores españoles no querían mirar a Trump por ser “un violador y un pederasta”. Tampoco miraron mucho a Pedro Sánchez en esa pérgola de merendola en la Moncloa, que a ver si nuestros justicieros del balón también querían hacer justicia por la fontanera o por la amnistía. Nada de esto es así, aunque es profundamente humano, como las fantasías, como la proyección y como la mentira.
El fútbol sólo es fútbol. 26 jóvenes talentosos, privilegiados, millonarios, más Luis de la Fuente, un monje culturista, un sabio tranquilo y paternal, un Chanquete zen, no son la representación, la definición, la condensación, la conjunción ni la repartición del país. Estaría mejor ser como ellos que como solemos salir en el telediario, pero no es así. Son sólo ellos, han ganado ellos, con su músculo, su corazón, su cabeza, su sistema, sus valores, y han ganado al fútbol, no una guerra nacional, cultural, política, estética ni ética. Lo demás es rapiña política o sentimental, aunque efectiva. El fútbol sólo es fútbol hasta que la gente cree que es otra cosa, miren a los pobres argentinos. Los símbolos son importantes, inspiran, sugieren, nos apelan, nos interrogan, pero no significan, ni mucho menos son cosas. De todas formas, no durarán mucho ni el ejemplo, ni el simbolismo, ni la paz ni la gloria. Tanto chupar todos de lo mismo, es lo que tiene.

CON JOYAS Y A LO LOCO. Zapatero quizá tenía que aparecer, simplemente aparecer, para que no creyéramos que se había fugado con sus cofres y sus armiños, vestido de contrabajista rubia, como en Con faldas y a lo loco (con joyas y a lo loco, mejor). Una entrevista no parece una buena decisión de comunicación ni de defensa, menos si sigues sin poder explicar nada. Pero diría que él no pensaba tanto en los tribunales como en seguir convenciendo a esa parroquia que aún cree que es algo así como el santón que tiene en el cajón oros simbólicos de la democracia igual que el cura tiene oros toledanos de Dios. Quizá esa parroquia es la única que lo puede defender de los tribunales. El silencio era incluso peor que salir para no explicar nada otra vez, en fin. El silencio es sospechoso, aparecer es al menos “dar la cara”, como ha dicho ya el PSOE. Y así, dando la cara o sólo pena, apareció Zapatero por Mañaneros 360 como un monje limosnero, cuyo objetivo no es la limosna en sí sino la propia menesterosidad. Javier Ruiz, compañero de cenas íntimas, le hablaba como al abuelo en Nochebuena y casi le ponía el babero.

Zapatero quizá tenía que aparecer, simplemente aparecer, para que no creyéramos que se había fugado con sus cofres y sus armiños
Sí, fue un error. Antes, por lo menos, las joyas podían ser un misterio así como de Orient Express. Ahora, unas joyas “sin afán” parecen cachondeo de butronero o de Makinavaja, en plan “fue sin mala intensión, señó agente”. Las joyas de Zapatero eran joyas “sin afán, uso ni destino”, nos dijo él. No sin valor, eso sí, pero seguramente las cosas no tienen afán ni delito ni valor si uno no las está usando, que uno se puede dejar aparcados unas joyas, un alijo y hasta un tanque sin que eso tenga que significar nada. Las joyas sin afán, uso ni destino no parecía que estuvieran en una caja fuerte sino en el cajón de los botones y los cables, que siempre hay en todas las casas un cajón con botones y cables. Sí, fue un error, porque alguien que dice cosas como “estoy convencido de mi inocencia”, “tengo la convicción absoluta de mi inocencia”, no parece el inocente, que hubiera dicho simplemente que es inocente. No, sólo parece el abogado sudoroso del acusado, o su amante corista con diez vueltas de perlas, o su madre con sombrerito raro con pájaro, como un reloj de cuco en la cabeza.
Sí, fue un error, porque Zapatero puede negar haber hablado con la Sepi o con el Gobierno sobre el rescate de Plus Ultra, pero no puede negar haber cobrado por el rescate de Plus Ultra. Fue un error porque si no desmientes a tu hombre de paja, que te está desmontando el chiringuito, y no lo haces porque no quieres comentar las estrategias de defensa de otros, es que no tienes nada para desmentirlo, ni siquiera ganas. Fue un error porque no pudo defender sus diamantes ni a sus hijas más que con esos otros diamantes apagados y esas otras niñas temblonas que hay en sus ojos. Y remitiéndose al juez, que ya le pidió explicaciones y sólo obtuvo, como su parroquia ahora, dilaciones, silencio y lagrimeo. La sensación es que era lo único que podía hacer, aparecer para que no creamos que ya había huido a la muralla china, como en una viñeta de Ibáñez. Pero es que lo único que puede hacer tampoco le sirve de nada. Ni a él ni a su parroquia, que ya está buscando otro cura u otra religión.
MORANT, MONSTRUO SANCHISTA. A Diana Morant le ha pasado algo últimamente. Le han dado un bebedizo por el sotanillo de la Moncloa, la ha mordido un vampiro en una tertulia de Cintora (Como Cintora parece el Epi de Epi y Blas, será ese vampiro de los números de Barrio Sésamo), o la ha mordido el propio Sánchez con sus colmillos de plástico, que ya son como cánulas en su cara de plástico, mera bolsa de plasma. El caso es que Diana Morant se ha convertido de repente, con la luna de los lobos, con la sangre de alguna alimaña, con alguna posesión tertulianesca, en una especie de monstruo sanchista. Más feroz que José María Garrido, más agresiva que Óscar Puente, más entregada que Félix Bolaños, es como la Hulka del sanchismo. Y eso que va a ser otra sacrificada de Sánchez por las provincias, en este caso Valencia.

Ahora, Morant ha comparado al PP con los gobiernos de Hitler, que ya sería la cosa espeluznante para que en el programa de Javier Ruiz envolvieran el momento con luz y susto de cripta, de niña grimosa de The Ring o de Carrie con filtro azul. Para Hitler, para su comodín acharolado, hay incluso una falacia específica, el argumentum ad Hitlerum. La Ley de Godwin, además, nos dice que esa falacia es el límite al que tiende la degeneración de cualquier discusión que se alarga. En el caso de Morant, la falacia y la degeneración son algo así como el punto de partida. Sí, algo le pasa. Quizá no quiere sacrificarse en Valencia, quizá quiere un puesto más en plan Yolanda Díaz, quizá quiere salvarse siendo la sanchista más sangrienta. O quizá, igual que Zapatero no tiene nada más que pena y aplazamientos, el sanchismo ya no tiene nada más que zombis y monstruos.
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