Opinión

EL GOLPE

Indultos de verano

Indultos de verano
Foto de archivo de Laura Borràs (c) | Europa Press

El indulto de verano quizá es una cosa que se espera (o no se espera) como el amor de verano, súbito, voraz, siempre un poco indiscriminado y criminal (parecía que uno se iba a la playa de noche, más que a rosquear, a enterrar un alijo o un cadáver). Aquí estábamos ya cerrando el curso, que Sánchez se nos había vestido incluso de señor de casino mercantil en verano, algo entre señor en monociclo y horchatero antiguo, algo entre gigoló de Capri y Gustav von Aschenbach. Se cerraba el curso, decía, y el Congreso como si fuera Fonseca (triste y lloroso lleva el Congreso mucho tiempo), y el sotanillo de la Moncloa como la churrería que es, pero estaba por venir lo mejor, el romance, el flechazo, el indulto de verano. Había pasado el último Consejo de ministros, con aire de claustro escolar que termina en sobremesa, y nadie había mencionado nada. Había pasado, ya digo, el propio Pedro Sánchez, pedaleando hacia las vacaciones como un heladero con pajarita, después de su balance anual y playero, y tampoco había mencionado nada. Y, de repente, como en la estación, como en la estafeta, como bajo la sombrilla, nos encontramos con los indultos a Laura Borràs y a ese exalcalde socialista con pinta de cacique con mal café, los dos condenados por corrupción. Una torpeza, porque el verano, más que diluir las cosas, las fija, como una primitiva heliografía sentimental.

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No sé yo sin los indultos son para el verano, porque seguramente van a ser enseguida serpiente de verano, acontecimiento de verano, columna de verano llena de conchas, estrellas y burbujas, igual que un acuario (aquí estoy yo, con el acuario). O sea que los indultos van a ser aún más noticia y más escándalo cuando parece que no pasa nada salvo el sol como una asfaltadora por el cielo y la carne como una siembra por la arena. Claro que esta vez sí pasan más cosas que el propio verano, porque sigue ardiendo España como una barquita pobre, abandonada y seca. Sánchez nos ha querido colar dos indultos grotescos y obscenos aprovechando, grotesca y obscenamente, no ya el olvido o la pereza del verano sino la ceniza de España y de la política. Laura Borràs, que troceó contratos para dárselos a un amiguete, y  el exalcalde Juan Fernández, con pinta de ferrallista con chanchullo municipal, que cobró más de 125.000 euros en sobresueldos ilegales, han sido indultados con “agosticidad”, que ha dicho Page, y justo mientras España está siendo también infernalmente agostada. Pero quizá no son un ejemplo de indulto vergonzante sino, al contrario, de amor orgulloso y exhibicionista, como si Sánchez y los suyos nos enseñaran sus amorosos culos en las dunas.

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Sánchez nos ha querido colar dos indultos grotescos y obscenos aprovechando, grotesca y obscenamente, no ya el olvido o la pereza del verano sino la ceniza de España y de la política

El verano no es el olvido, en realidad hace moldes para la memoria como para los castillitos de arena y los culos de arena. A lo mejor Sánchez lo que quiere es que vayamos asumiendo que él va a indultar a quien le dé la gana, sin pudor y sin límites, a sus corruptos y a sus esbirros, a sus bobos y a sus torpes, a sus socios y a sus arrimados, contra la decencia y contra su propia memoria (él no tiene ninguno de esos dos defectos). Sánchez nos anuncia, como con cometas y avionetas en una orilla que ya no es de cometas ni de avionetas; Sánchez nos anuncia, como el señor del bombón helado del que iba vestido él en su balance, que va a hacer, la verdad, lo que le dé la gana, en todo lo que pueda y le dejen, y cada vez será más osado y menos sorprendente. Sánchez seguramente ha abierto en verano otra ventana de Overton, como una ventana de Sorolla o una ventana de nuestra vecina, la más deseable, simplemente, de pura inminencia. 

Todos nos estábamos despidiendo ya de los colegas, de los camareros y hasta de las tertulias cuando nos hemos encontrado con los indultos de Laura Borràs y de ese exalcalde socialista, que parecen los dos personajes de balneario de verano, de amor otoñal de verano, con melancolía y soledad de Fellini. Laura Borràs como una pintora grandona de Holanda o Escandinavia, ese alcalde socialista como un huraño al que nunca han besado de verdad, y los dos con la última oportunidad para el baile y para el amor, quizá indistinguible de la última oportunidad para el vicio o para la estafa. Será verdad que el indulto de verano se espera, o mejor dicho no se espera, como un amor de verano, ese amor con el que nos topábamos en la toalla de playa, o en la bicicleta salvaje, cuando las bicicletas eran salvajes, o en el cine de verano, esos cines con la película en el cielo pero nuestros ojos en una nuca más grecorromana que los grecorromanos de la película. Algo que, de repente, pasa sin más, con el BOE caprichoso igual que el roce con un lazo o con una mirada. Hasta uno se pone melancólico con estos indultos que parecen encontrados en la última fiesta o en el último tren del verano. 

Se supone que no pasa nada en verano y resulta que, a poco que uno lo piensa, parece que toda la vida pasó en verano, que todo lo del verano se ha hecho mitología y eternidad ahí dentro del ámbar de la arena o del cuarzo de la luna. Y eso que casi todo es inesperado. Nadie se espera a la chica tierna o fiera, aborigen o forastera, que aparece como pescada junto con perlas o Perseidas, y que acaba en tu vida. Y nadie se esperaba que Sánchez indultara justo ahora y con esa alegría, esa frescura, esa pasión aventurera y ese descaro de ladrón de corazones y de hamacas. Yo creo que Sánchez no quiere esconder estos indultos ni estos amores (ni esconderse él) en hoteles, empalizadas, cenizas o dunas, como un escorpión o un tatuaje de escorpión. Sánchez quiere que su voluntad inquebrantable de hacer lo que le plazca se nos quede grabada para siempre, igual que ese beso o esa espuma de la vida que probamos por primera vez en la playa, en un día tomado por nómadas o en una noche hecha toda de cocacola. Sánchez incluso nos puede vender todo esto como telefilm, como poema y hasta como democracia.

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