María Corina llegó a Washington con tres cartas claras sobre la mesa: su visión sobre la reconstrucción democrática de Venezuela; su compromiso con la libertad integral —que va mucho más allá de cambios superficiales—; y el reconocimiento de que, para lograrlo, es necesaria una interlocución directa con quienes, hoy por hoy, configuran las decisiones geopolíticas más influyentes para su país.

Su encuentro privado con Donald Trump en la Casa Blanca, que duró más de dos horas sin presencia de prensa y fue seguido de reuniones con senadores y congresistas estadounidenses, no fue una un ejercicio simbólico.

María Corina ha conseguido algo que pocos líderes políticos han logrado hasta ahora: estar en la habitación donde se toman decisiones, hablar directamente con el presidente de Estados Unidos —con todos sus matices— y sus bastiones decisores, y colocar la agenda venezolana como un tema central de la política exterior norteamericana. Esta presencia es una conquista estratégica, no un trofeo de vanidad.

¿Por qué importa esto? Porque desde 1999 el régimen chavista ha monopolizado el relato internacional sobre Venezuela y ha desplazado a la oposición democrática a márgenes irrelevantes. Tras la captura del expresidente Nicolás Maduro en una operación que ha cambiado el equilibrio de fuerzas en Venezuela, el país está, por fin, en el centro del tablero global. En ese contexto, la carta diplomática no se juega con eslóganes ni con quejas, sino con interlocución directa, propuestas de futuro y alianzas reales.

Machado lo ha hecho, lo hace (y lo seguirá haciendo) de manera sistemática y coherente.

Sorprendentemente, hay toda una línea editorial volcada en la cuestión del Nobel de la Paz, con condescendientes aspavientos de vergüenza ajena para con alguien que, más allá de la retórica fácil, está desarrollando una estrategia sofisticada. Haber ofrecido simbólicamente su medalla a Trump habría sido un error, una humillación que debilita su posición. Pero esa lectura ignora el elemento clave. Machado no fue a compartir su premio para comprar favores personales, sino para subrayar un principio mayor: que la búsqueda de la libertad y la justicia tiene aliados cuando se articula desde la dignidad y la claridad de propósito.

Porque nadie conoce a Trump como María Corina. Precisamente por eso, ella lo trata como se debe tratar a alguien de su perfil: sin complejos, con firmeza, con símbolos que lo interpelan y lo obligan a retratarse. Le dice a la cara quién es el presidente electo de Venezuela y reclama hacer público su apoyo expreso. Y lo hace en persona.

Mientras tanto, el régimen es el que está doblegado. Maduro está fuera. Los presos empiezan a salir. El chavismo obedece dócilmente cada instrucción que llega desde Washington, para eso está. A Delcy Rodríguez la toleran como lo que es: una dictadora interina encargada del trabajo sucio, interna y externamente, mientras liquida cuentas pendientes —empezando por Diosdado Cabello—. No la reciben en la Casa Blanca, por mucho que lo intente. Porque es prescindible. Temporal. Una empleada más. Y porque Estados Unidos tiene todo el expediente, el suyo y el de su hermano, cantado por el Pollo Carvajal.

Reducir la ecuación venezolana a una falsa dicotomía María Corina Machado-Delcy Rodríguez, como si ambas ocuparan un mismo plano político, moral o histórico, es una trampa"

Uno a uno, todos los pasos se están cumpliendo. Lo que parecía inamovible se mueve. Lo que se decía imposible ocurre. Después de 26 años de régimen chavista, Venezuela está en el centro del mundo. No es serio torcer el gesto porque no suceda de un día para otro. Las transiciones reales no funcionan así. Exigen resistencia, estrategia y nervios de acero. La fortaleza del junco no hace ruido, pero no se quiebra.

Pero hay algo más, que a mi modo de ver es esencial. Reducir la ecuación venezolana a una falsa dicotomía María Corina Machado - Delcy Rodríguez, como si ambas ocuparan un mismo plano político, moral o histórico, es una trampa. No es solo un error de enfoque: es la adopción acrítica del marco machista y condescendiente del propio Trump que dicen detestar.

Lo más inquietante no es la torpeza, sino la comodidad con la que se reproduce ese encuadre. Porque al colocar a Delcy y a María Corina como "dos mujeres" compitiendo por la atención de Trump, se asume exactamente la lógica patriarcal que se dice combatir: la de que el valor político femenino se mide por el acceso al poder masculino, por quién entra al despacho, quién es recibida, quién "cae mejor". Ese es el lenguaje del machismo clásico, no el de la política democrática.

Delcy Rodríguez no es una líder política: es una operadora del régimen, una funcionaria de facto cuya autoridad no emana de la ciudadanía, sino de la violencia, la corrupción y el miedo. María Corina Machado, en cambio, es la expresión de una mayoría social, construida contra todo pronóstico, a través de primarias masivas, persecución, clandestinidad y una legitimidad que no necesita reconocimiento externo para existir.

Quienes caen en esa trampa no solo banalizan la lucha venezolana; rebajan deliberadamente el listón moral. Equiparan a quien representa la libertad con quien administra una dictadura. Y, al hacerlo, terminan legitimando lo que el chavismo siempre ha querido: que todo sea relativo, intercambiable, gris. Que no haya víctimas ni verdugos, solo "actores".

La agenda de María Corina Machado es restaurar la democracia, reconstruir las instituciones y devolver la libertad política, económica y social a los venezolanos. Eso exige temple y habilidad, no mohínes ni efervescencia retórica. Lo que está en marcha —y la reunión de ayer lo visibiliza con claridad— es que el chavismo ha perdido su monopolio del relato y del poder, que la comunidad internacional ya no puede ignorar la legitimidad de los líderes democráticos venezolanos, y que la transición, por tortuosa que sea, ha iniciado un camino para el que no hay vuelta atrás.


Beatriz Becerra es psicóloga y escritora. Doctora en Derecho, Gobierno y Políticas Públicas, fue eurodiputada y vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo (2014-2019) y es vicepresidenta y cofundadora de España Mejor.