Las reivindicaciones de Donald Trump sobre Groenlandia para ganar peso en el Ártico frente a China y Rusia han provocado una escala de tensión entre la Unión Europea y los Estados Unidos. Groenlandia, como territorio autónomo danés, no deja de ser el 90% de Dinamarca, por lo que una agresión contra ese territorio es una agresión contra la Unión Europea y la OTAN. Esto genera una situación sin precedentes, ya que, si se consuma la anexión, sería la primera vez que dos Estados miembros de la Alianza Atlántica entran en conflicto directo. Pero la cuestión de Groenlandia ha abierto una serie de incógnitas en la política europea.

La primera concierne al estado de la defensa autónoma europea. Si bien con la invasión rusa de Ucrania se ha podido ver que el paraíso europeo tenía un déficit de política de defensa común, compensado por la participación aprovisionadora de Estados Unidos, ahora que la tensión proviene del socio estadounidense se ve más aún el problema de la defensa europea. Además, en estos tres años largos de guerra en Ucrania, hemos comprobado cómo la tarea europea de gestionar una política de defensa autónoma sigue siendo un proyecto. En este tiempo no se ha avanzado en lo práctico, y ahora se ven las costuras: no hay logística, ni infraestructura, para apoyar a Dinamarca frente a una amenaza exterior en Groenlandia. Es cierto que quizás puede quedar en nada, pero la sombra de la amenaza demuestra la falta de política y capacidad de disuasión.

La segunda incógnita nos lleva a plantearnos si existe la autonomía europea. Durante el primer mandato de Donald Trump ya observamos que el aislacionismo y la Doctrina Monroe eran sus máximas diplomáticas. No se tuvo en cuenta que era necesario diversificar las alianzas globales con terceras potencias regionales. Algunos gobiernos europeos prestaron atención a ello. Por ejemplo, Polonia empezó a tejer vínculos energéticos con las monarquías del Golfo Pérsico y relaciones militares con Corea del Sur y Japón. Pero esta línea no fue la tónica europea.

Ahora que estamos en el segundo mandato de Trump, y hace lo que dijo que haría, algunos Estados no saben cómo responder. La Unión Europea ha empezado tarde a hacer los deberes. La visita de Von der Leyen a Uzbekistán, o el incremento de la presencia de la unión en el Golfo Pérsico, como también el incremento de relaciones con México y Canadá, son pasos adecuados pero tardíos. Los Kremlin Boys han aprovechado el momento para alimentar toda la retórica sobre el acercamiento a Rusia y el fin del apoyo a Ucrania. La inmovilidad europea ha generado un espacio que aprovechan sus enemigos.

La tercera incógnita se refiere a la relación con China. Desde la Unión Europea se ve a Pekín como un socio comercial estable e imprescindible para las cadenas de producción y aprovisionamiento. Pero al mismo tiempo se considera arriesgada la elevada dependencia que tenemos de China, y también por la alianza que mantiene con Rusia. Además, los estados de la Unión Europea también pertenecen a la OTAN, y desde la Alianza Atlántica se describe a China una potencial amenaza.

Es importante que la Unión Europea resuelva los problemas de autonomía estratégica para marcar una agenda propia de proyección internacional

Esta ambivalencia entre la política europea y la política atlántica tiene como consecuencia que no haya un posicionamiento claro. Algunos Estados siguen cerrando acuerdos con Pekín, mientras que otros rebajan sus lazos, y más después de las tensiones y maniobras militares alrededor de Taiwán. Los escenarios que se ciernen sobre Europa si finalmente el gobierno de Pekín se lanza a conquistar la isla, las posibles sanciones y la capacidad de maniobra económica, no son buenos.

En conclusión, es importante que la Unión Europea resuelva los problemas de autonomía estratégica, desde un punto de vista económico y militar, para poder marcar una agenda propia de proyección internacional. Las amenazas de Trump sobre Groenlandia no se producirían si la Unión Europea hubiera ganado independencia con respecto a Estados Unidos, como se dijo que se iba a hacer desde el primer mandato, o si se hubiera planificado una política de defensa real desde 2022, o incluso desde 2014, como pedían los países bálticos y Polonia tras la anexión rusa de Crimea.

Si China llega a consumar la amenaza de anexión de Taiwán en los próximos años, nos encontraremos como europeos en lo mismo, y en lamentar la dependencia económica como ahora lamentamos la dependencia militar. Y no será culpa de China, Rusia o de Estados Unidos, será culpa de los propios europeos por no haber hecho los deberes.


Guillem Pursals es doctorando en Derecho (UAB), máster en Seguridad (UNED) y politólogo (UPF), especialista en conflictos, seguridad pública y Teoría del Estado