Óscar Puente salía a la realidad con sus ojos de topillo, saltaba de Twitter como desde una casita del árbol o desde un columpio, y uno veía a un ministro deslumbrado por la vida (por la muerte) y sobre todo por su propio ministerio, que a mí me parece que era una cosa que él acababa de descubrir como si fuera una pirámide maya. De repente la vida (la muerte) lo ponía de ministro como si lo pusiera de peón caminero, con la deshora y el jerseicillo, con el casco al revés o equivocado u olvidado, como un ciclista con casco de albañil o un albañil con casco de ciclista, o como alguien que se descubre en la carretera, en la política o en la vida sin casco o sin ropa o sin nada. Óscar Puente fuera de Twitter parecía una alpaca que se había escapado, Óscar Puente hablando de trenes parecía Óscar Puente hablando de croche, Óscar Puente vestido de ministro parecía Óscar Puente vestido del cuponero. Quiero decir que nada pegaba, nada tenía sentido, ni el ministro cuponero ni el tuitero enlanado ni el animal político perdido, derrapando por los adoquinados humanos como por los riscos. El ministro zumbón, faltón y cañero, con máquina churrera de zascas, era imposible que pareciera de repente ministro sin más. El ministro de los trenes hablando de trenes lo que parecía era nuestro médico hablando absurdamente de helicópteros. Que es lo que acojona, claro.

Ya no tenemos a los ministros para que se encarguen de la realidad, ni siquiera de sus propios ministerios, que sólo son museos llenos de alegorías de escayola. Los tenemos para que se encarguen del tortazo y el tartazo, no tanto como esbirros sino como payasos llorones o enharinados. Así que un ministro que intenta hacer de ministro, de hombre de Estado incluso, así de repente, ya nos parece una especie de hombre rana por las calles. Si es Puente, al que hicieron ministro por no hacerlo sheriff vacilón, es todavía más raro y grotesco. Y en mitad de una tragedia, se añade a la ridiculez y a la desfachatez una dolorosísima e irrevocable obscenidad. Todos veíamos lo que pasaba con los trenes en España, que se habían hecho de carbonilla o de posguerra, con meneos y horarios de diligencia, con noches en el campo, con vecinos con botijo y con hogaza, con miedo otra vez a los precipicios y a la oscuridad, al frío y a la alimaña, como si volviéramos a las cavernas. A los trenes los adelantaban las bicicletas y los escoltaban rebaños, se paraban a oler las margaritas como novias, se quedaban con llama de mazmorra u oscuridad de mazmorra, naufragaban por Toledo como por el Triángulo de las Bermudas, se les caían las catenarias como a la vecina el tendedero, y uno se iba al tren como a cazar con lanza o como a enfrentarse al dios de la montaña. Era imposible que un ministerio se encargara de esto porque parecía que no se habían inventado los ministerios ni la rueda.

De todo esto avisaban los pasajeros, avisaban los ingenieros, avisaban los maquinistas que parecía que empezaban a llevar trenes con nitroglicerina, con lentitud, suspense y sudor frío. Avisaba incluso la propia Adif, lo que pasa es que a todo lo llamaba “incidencia”, como la marquesa lo llama a todo “indisposición”. Pero uno miraba el aviso en el móvil o en las redes como esas advertencias que deja el desierto con la calavera de una vaca (el resto del esqueleto se lo lleva el desierto, la muerte, el mito o el propio miedo). Ante la incidencia, claro, que uno no sabía si iba a ser un parón o una noche bajo una catarata, uno preparaba la manta, el infernillo, la linterna, el abanico, el machete y la penicilina. La realidad te iba enseñando a meter otro bocadillo y otra batería, a mirar a los viajeros de tu vagón como a compañeros de escalada, y tu madre te volvía a pedir que llamaras al salir, al llegar y al merendar, como si uno se fuera a la mili de Ceuta. Eso no es que no fuera normal, es que era imposible, no podía haber un ministerio encargándose de eso, que nadie escuchaba, nadie venía, nadie hacía nada, que no se había inventado ni el telégrafo, ni la palanca, ni el político más allá del trono con plumas.

Quizá el ministerio de Transportes no existe. Quizá no existe tampoco Óscar Puente, ni siquiera en un trono de plumas y con los pies en una palangana. Es imposible que haya un ministerio y un ministro de la cosa, del ramo que se decía antes, a menos que sean una especie de ministerio y ministro del fin del mundo, dedicado a contemplar cómo la vegetación se come la civilización y los trenes se convierten en casas de pájaros o de monos después de ser tumbas de héroes. Todo esto es imposible, salvo que nos gobiernen dioses inexistentes del relato, como los dioses inexistentes del sol, el cereal o la montaña. Es imposible que haya pasado todo lo que he recordado aquí, y la tragedia de Adamuz, y que en la línea del AVE de Madrid a Barcelona vayan a 160 km/h, igual que si fueran a Utrera, y botando como el tren de la bruja. Es imposible que pase todo esto y digan que hay ministerio, ministro, Gobierno, política, alguien ahí en la montaña.

Estoy por decir que no existe Óscar Puente, que no existe el ministerio de Transportes y que no existen ni los trenes, que nos montamos en sus vagones como en el coche de los Picapiedra. O sea que no existe Gobierno, en realidad, porque no funciona nada de lo público, sólo la política, que debe de ser otra cosa. Claro que luego recuerdo que Ábalos era ministro de Transportes. Y que sus novias subvencionadas para pintarse las uñas o para pintarle a él la picha estaban enchufadas en Adif. Y que la expresidenta de Adif, Isabel Pardo de Vera, está acusada de malversación, cohecho, tráfico de influencias, prevaricación y pertenencia a organización criminal. Y que Koldo ha sido asesor de una empresa que participó en la reparación o chapuza del tramo de Adamuz. Y que si parece que de los trenes, de los servicios o del ciudadano no se preocupa nadie, sí se preocupan del poder y de las chistorras. Y que si no hay presupuesto para que no se nos caiga el país como un cobertizo, sí lo hay para que no se derrumben Ferraz ni la Moncloa. Claro que existen los ministerios, y los ministros, incluso Óscar Puente, que llegaba a la realidad como un guiri, como doña Croqueta, con ropa horrorosa, presencia absurda y folclore y palabras inventadas. Y sobre todo existe Pedro Sánchez, que es como el gran dios oscuro del caos. Pero no existen para lo que supone usted, por supuesto.