Parece que las familias de las víctimas de Adamuz no entienden que “desgraciadamente, en la vida, las tragedias suceden”, que es lo que ha dicho Pedro Sánchez como si en vez del presidente del Gobierno fuera esa vecina del pueblo que llega al velatorio con luto de verruga y consuelo de ensaimada. Los familiares no quieren funeral de Estado ni otros “festivales”, que así lo llamaba con desprecio en las noticias de Antena 3 uno de ellos. Saben que con estas cosas, sean laicas, ecuménicas, tridentinas, paganas o egipciacas, los políticos sólo buscan el perdón, o al menos su lavado de conciencia o de careto en el pilón público. Yo creo que Sánchez y Óscar Puente tienen que estar bastante desconcertados no ya con esta actitud de los familiares sino con el concepto en sí. Quiero decir que ellos nos explican muy bien que los accidentes ocurren y que, a partir de ahí, el político ya lo único que puede hacer es llevar una vela, la infusión para la ensaimada, el chalequito reflectante o el jerseicillo de cremallera, además de no estar en un mesón ni tuitear memeces. Pero los familiares se empeñan en hablar de “justicia” más que en guardar el duelo y el silencio, y no parecen agradecer la vigilia, los datos, la disponibilidad y las legañas de Puente, duras y amarillas como garras, ni la satisfacción de Sánchez por ese oficio del político como mero embalsamador de desgracias.

“No quiero compartir ni tiempo ni espacio con los asesinos de mi hermano”, dejaba dicho la hermana del camarero muerto en el Alvia, por si quedaban dudas sobre si el político con florón negro y pebetero como una poncherita de queimada es lo que quieren ahora las víctimas. Eso de pasar del político que trae su consuelo como una mantita y su presencia como una cataplasma al político asesino debe de ser lo que Sánchez, Puente, el sotanillo de la Moncloa y la sanchosfera con gorra en el pecho llamarían romper el duelo y politizar la cosa. Desde luego que rompe el duelo, más que nada el duelo político, ese duelo de nuestros gobernantes por ellos mismos, por su responsabilidad o su irresponsabilidad, por su competencia o su incompetencia. Y claro que es politizar la cosa, como se debe politizar siempre la gestión de lo público, que es justo la definición de política. Además de que aquí los muertos se han politizado toda la vida, siempre han sido como manifestaciones de partido que llegaban al más allá o que venían del más allá, con pancartones como arpas y consignas como lamentos ululantes. Pero las víctimas suelen estar más preocupadas por la justicia que por la propaganda. Los políticos politizan, el ciudadano politiza, pero las víctimas sólo piden justicia. Y si lo piden crudamente es porque crudamente han perdido a sus seres queridos.

Curiosamente, a las familias no les conforta que bajen los políticos de sus ministerios propagandísticos y de sus góndolas del poder para reconfortarles. Más bien piden justicia, o responsabilidad al menos, pero eso es imposible con ese concepto de político como notario de las desgracias y palanganero de lágrimas, que es el que nos ha dejado Sánchez. Según el presidente contemplativo y consolador, las tragedias suceden y lo único que puede manejar el político es la reacción posterior, esa especie de espanto o de mímica con los que, para nuestro horror, se mide su gestión. No se trata de que las desgracias no ocurran, sino de que cuando ocurran se vaya enseguida al puesto de mando, se ponga uno en la cabeza un cono de tráfico, y se les den a los familiares el nombre y el destino, ya inalterables, de sus muertos. Sánchez ha desplazado la política desde la previsión del futuro a la gestión del pasado, que es la renuncia más cobarde y criminal que puede uno imaginar en un político.

Es lo que buscaban, el campanazo que lo terminara todo, para quitarse el luto de velcro, el brochecito de lágrima y la flor de legaña

La política está para que los servicios funcionen, para que las desgracias no ocurran, para que las vías no se rompan como palos de gallinero y para que la gente que se monta en un tren acabe en su destino, no en un funeral de Estado con sus almas haciendo de candelabros o de armonios para los políticos. El trabajo de un político está siempre antes de lo que pase, no después. El político de después ya no sirve. Aunque lleve a los bomberos, a los soldados o a los curas, de alguna manera ya ha fracasado, siempre ha fracasado. Hasta si cae un diluvio ha fracasado, más todavía si toda la red de ferrocarriles se agrietaba, crujía y protestaba ante nuestros ojos, y se iba santiguando ya, preventiva o proféticamente, ese viajero que entraba en nuestros trenes más modernos como si entrara en un barco ballenero. El político que no tiene que ir a los funerales, que no son desfiles, ni poner pucheros, ni rendir coronas, ése es el que necesitamos y el que no tenemos, más que nada porque Sánchez ya ha renunciado.

Yo creo que los políticos querían el funeral porque con el funeral se acababa toda su responsabilidad y todo su compromiso, igual que le pasa a la vecina de velatorio, con lágrima y luto recogibles, como una madeja negra. El desgraciado concepto de desgracia que ha usado Sánchez con escalofriante obscenidad viene a decir que el Gobierno es tan responsable de que los servicios públicos se paren como molinillos, de que sus trenes se vuelen como hojas, de que sus vías se pudran como vigas, de que todo el país se caiga como una tapia podrida; el Gobierno es tan responsable, decía, como la vecina o incluso el alcalde del pueblo de que se muera doña Florita con cien años y una mosca ya enlutada en el café con leche. El Gobierno que sólo acompaña con música, que sólo deja la cabezada, que sólo consuela con el ripio de lo inevitable, que sólo reconforta con la mentira piadosa, que sólo explica lo que ya han visto todos, que sólo actúa cuando ya no importa, termina con el mismo campanazo con el que empezó su misión plañidera e hipócrita. Es lo que buscaban, el campanazo que lo terminara todo, para quitarse el luto de velcro, el brochecito de lágrima y la flor de legaña.

Sánchez quería un funeral pero tendrá que hacerlo él solo, tocándose él el armonio y colocándose él las ojeras como botones negros. Tendrán que hacerlo los políticos para los políticos, porque las familias no quieren y las almas no se van a dejar usar como palomas de vidriera. Todo lo que les hemos visto a los políticos, la pena, el luto, la rabia, las malas noches y las tiernas u obscenas mentiras, todo ha sido por ellos mismos. Las desgracias suceden, claro. Pero más cuando uno ha dejado de gobernar y sólo se limita a consolarnos por lo que sucede a causa de su incompetencia o su incomparecencia. Algo ya sin duda, y en eso va a tener razón Sánchez, absolutamente inevitable.