Hay un escritor con gorra o boina que se llama David Uclés y que está dividiendo ahora España, él o la gorra o la boina, como si fuera Marianico el Corto. “Desengáñese, Umbral. Todos los que llevan boina son unos hijos de puta”, dijo Ruano, o eso contaba Umbral, que se inventaba cosas siempre muy reales (el realismo mágico no es lo mismo, es escribir algo increíble o ridículo porque no se te ocurre nada). Parece que hablaba de Baroja, pero yo creo que no era ni por Baroja ni por lo vasco, ni siquiera por la pobre boina, esa aureola de inocencia o resignación del eterno español con cayado, como un san José municipal. Yo creo que lo decía por lo del escritor con cofia de escritor, con penacho de escritor, con harapo de escritor, ese escritor con gorra o boina o incluso bufanda de escritor que es como una monja con cornete, o sea que lleva el Espíritu Santo de lo suyo aleteando encima o, si no, no se le nota la santidad ni la literatura. Ese escritor que en vez de esculturizarse la escritura se esculturiza el cráneo, con yeso de bufanda o bollón de gorra, que se hace el personaje como una cigüeña que se hace un nido, es lógico que se dedique a otras cosas. Por ejemplo, crear polémica u ortodoxia, fundar una escuela española de la gorra como la escuela francesa de la gorra, o incluso meterse en la industria española del cateto ideológico o del guerracivilismo con sotana. Baroja o Uclés, me refiero.
Uclés había escrito un libro que ha sido éxito y cachondeo, del que yo sólo he vislumbrado, por la redes, algo así como unos palomares o buhardillones tristes de pueblo, de conciencia y de literatura, algo así como escritura de solterona de pueblo con el ajuar convirtiéndose en requesón. Por el éxito, por el cachondeo o por el éxito del cachondeo, luego le dieron el Premio Nadal por otro libro, más realismo mágico, género que yo nunca he soportado, que me huele a choto literario. Aquí los premios siempre han sido la gran gorra de escritor que te pone una gente que vende gorras más que literatura, y en este caso de escritor con gorra preexistente era como si a Uclés le hubieran atornillado definitiva e industrialmente la gorra, la boina, el cornete. O como si hubiera anidado el Espíritu Santo editorial, ya para toda la vida, en el trasterito o la cama alta, abandonada como una caravana del Oeste, de la solterona escribidora que decíamos. Por supuesto, todas estas coronaciones sucesivas de gorras lo han convertido en referente, en intelectual y no sé si en marca de gorras con esencia, como las velas de Gwyneth Paltrow. Ahora, cuando lo invitan a eventos, va no ya con gorra sino con bonete de feromonas, como un botafumeiro para la coronilla.
Mi querido amigo Jesús Vigorra, que organiza en Sevilla, junto con Arturo Pérez-Reverte, unos refugios de pensamiento y literatura que son para ir sin sombrero y sin reloj, aún me tiene que explicar por qué invitaron a Uclés allí, a exprimirse o a sacudirse la gorra (es como si a Uclés lo hubieran tirado al pilón o al pajar de la literatura y saliera de allí, siempre, entre digno, enfadado e incrédulo). Quiero decir que el coloquio era sobre la Guerra Civil y el libro de Uclés, el de los palomares sentimentales o el de las solterías emocionales, me parece, por lo que uno ha visto, que sólo tenía la Guerra Civil como duermevela o visillo, ahí al fondo del cajón, entre cosas de modista, cosas de novia, cosas de santería y cosas de vieja. Aunque quizá justo por eso tenía sentido su presencia, por lo de una Guerra Civil imaginada, inventada, invocada, bordada, retorcida, encalada o enterrada de manera diferente por cada español, cada uno con un relato más o menos realista o más o menos mágico. Pero Uclés no quiso ir. Quizá fue por la compañía, o por el tema, eso de una Guerra Civil histórica o por lo menos conversable, en vez de esa cosa entre la nana y el peyote que él se había escrito. Pero yo creo que fue por la gorra, porque ya se había encasquetado la gorra de cura o de requeté de lo suyo, la gorra claveteada por la industria editorial y por cierta parroquia de solteronas de la izquierda, una parroquia que tiene su estética, sus exclusividades y sus vetos, como un orfeón de solteronas. Y a la que le tiene miedo hasta el dinero, que no es que Vigorra y Pérez-Reverte, con calva guerrera y antigorrista, no se atrevieran a seguir, sino que más bien se retiró la Fundación Cajasol, discretamente y plegando la convocatoria como una sombrillita.
Uclés no sólo se borró del evento sino que los suyos, con la gorra en la boca o con la gorra en una calabaza, consiguieron que borraran el evento
Uclés, con gorra de piedra (también decía Umbral que Machado tenía sombrero de piedra), con boina de la España eterna como la garrota de la España eterna, lleva una especie de tapón en la cabeza para que no se le vaya el purismo ideológico, y no tanto para que no se le vayan las musas, que quizá no conoce o confunde con pelusas flotantes. Después de señalar al evento, o a los contertulios, como a herejes calvos, como a pollaviejas descapulladas, como a occipucios indecentes por desnudos o cientifistas, Uclés no sólo se borró del evento sino que los suyos, con la gorra en la boca o con la gorra en una calabaza, como una cabeza de espantapájaros, consiguieron que borraran el evento. O sea que se cancelara según la nueva acepción de cancelación, la de anatema furioso impuesto por guardianes de la ortodoxia como guardianes de melones.
Según Ruano, todos los que van con boina, o también con gorra, o quizá, en general, con la cabeza atornillada a algo, son unos hijos de puta. Y es verdad que hemos conocido a bastantes de ellos, con más o menos cimborrios o broza en la mollera y a veces sin nada en la mollera, como un nido sin huevos. No sé si sólo era por Baroja, por los escritores que van de curitas o por los curitas que van de escritores, todos como curas de Berlanga, pero sí que hay hijos de puta con gorra de chapa o chapa de gorra que se creen que con boina o aureola ya no son fanáticos sino santos patrones de su pueblo o de su labrantío, como santos de perejil. Hartos deberíamos estar de la España que va con gorra, la España que va con una gorra y la España que va con otra gorra, mirándose y retándose como chisperos. Pero si en la vida sólo te han dado una gorra, a ver qué vas a hacer. Hay alguno que sin la gorra de tapón se vaciaría entero, como un hórreo abierto.
Lo más visto
Comentarios
Normas ›Para comentar necesitas registrarte a El Independiente. El registro es gratuito y te permitirá comentar en los artículos de El Independiente y recibir por email el boletin diario con las noticias más detacadas.
Regístrate para comentar Ya me he registrado