Hace diez años un periodista que acababa de empezar me dijo que para él lo más importante era "su marca personal". Alguien le había metido en la cabeza que tenía que estar presente en todas las redes y -a ser posible- entrar en las tertulias de radio y televisión para ser conocido. El medio para el que iba a trabajar lo veía él como un mero trampolín para lanzarse a la piscina de la fama. Eso sí, el medio le pagaba el sueldo.

No sé qué habrá sido de él. Probablemente su marca haya naufragado entre otras muchas de gente a la que no le han enseñado lo esencial: para llegar a ser un buen periodista hay que hacer las cosas bien, dar exclusivas y saber trabajar en equipo. El medio siempre es -o debería ser- más importante que el periodista.

Algunos políticos -los de la generación de Twitter, ahora X- se han creído eso de la marca personal. Se sienten más importantes que sus partidos y dedican horas a lanzar mensajes en redes intentando ser ingeniosos e hirientes, reyes del zasca, como se dice en ese lenguaje macarrónico apto para los discursillos breves, pero contundentes.

En esta liga destaca Gabriel Rufián. Sus intervenciones en el Congreso buscan epatar por encima de todo. Su enfado es impostado, pero efectivo, pensado para los cortes de los informativos de TV. Es agresivo -"homicida psicópata" llamó recientemente a Carlos Mazón- y demagógico. Siempre tiene unas palabras para los que sufren, o un insulto para los privilegiados, que siempre se sientan a la derecha en el Congreso ("los que roban"). Rufián tiene más de un millón de seguidores en X, más del doble que su jefe, Oriol Junqueras, y casi la mitad que Pedro Sánchez. Su marca personal está por las nubes. Si esa es la vara de medir, ¿por qué no ha de ser él el líder de ERC? ¿Quién mejor que él para encabezar un movimiento que agrupe a las izquierdas del Estado para frenar a Abascal y a Feijóo?

A algunos les hace gracia Rufián. Les mola que le mole Madrid y que hable en castellano para que le entienda todo el mundo. Los periodistas del Congreso le premiaron como el "mejor orador" hace unos meses. Y él se lo ha creído.

El portavoz de ERC quiere buscar su sitio, o liderando a los nacionalistas de izquierdas, o sumando con Sumar. Pero hasta los suyos le ven como un trepa

Ahora, lo primero que ha intentado ha sido agrupar a las izquierdas nacionalistas, pero tanto Bildu como el Bloque le han dicho que no. No se ve Arnaldo Otegi en una operación española -del Estado español- para frenar a los fachas. A él solo le importa el País Vasco, como al BNG lo que pase en Galicia. Al independentista republicano le ha salido el tiro por la culata con su Galeuska de partidos.

No contento con ello, anuncia un acercamiento al llamado 'espacio Sumar'. El próximo 18 de febrero intervendrá en una charla con el dirigente de Más Madrid Emilio Delgado que, por su parte, trata de desbancar a Mónica García. Ese movimiento se produce cuando los cuatro partidos que forman Sumar han decidido refundar Sumar con los mismos cuatro partidos que ya lo componen y lo harán en un acto en el Círculo de Bellas Artes el próximo 21 de febrero. Me muero por ver cómo lo van a hacer.

Las izquierdas están mustias después de lo que ha ocurrido en Aragón y en previsión de otro batacazo en Castilla y León.

Podemos ha rechazado unirse al proyecto del que ya se había separado. Tan sólo Patxi López ha dado la bienvenida a esa redefinición de un partido que no tiene problemas de definición, sino de votos. A Patxi se le ve el plumero (¡que no se hunda Sumar, por favor!).

Clama Rufián en X como salvador de ese espacio: "Quien no vea que hay que hacer algo o no ve bien o ya le va bien que no lo haya".

En realidad, Rufián solo busca su sitio, porque ve que en ERC cada vez tiene menos hueco. Pretende que su marca personal sea suficiente como para que no le sometan a la humillación de unas primarias en su partido. En eso de eludir la democracia interna se parece mucho a Yolanda Díaz, otra líder que quiere reencontrarse... en Sumar.

Aquí lo que pasa es que hay demasiada marca personal y muy poco proyecto político. Todos quieren mandar. Todos se creen el más listo de la clase. Pero la gente, la gente que vota, ya les tiene calados. Ni Otegi, ni nadie que tenga sus votos asegurados, le va a prestar su chiringuito a alguien al que en su propio partido ven como un trepa. En fin, que tenga suerte y alguien le dé refugio a este portento de la política del pellizco y poco más.