En su omnívora estrategia de crecimiento, Vox ha descubierto un filón insospechado en el cuestionamiento de Felipe VI. Con tal de no “blanquear” al Gobierno, el partido dirigido con mano de hierro por Santiago Abascal ha terminado sumándose a independentisas y antisistema en los plantones al rey en actos institucionales. Este feo vicio del más español de los partidos españoles, que no erosiona a Sánchez sino al sistema que Vox dice defender, suele ir acompañado de la propaganda de sus terminales mediáticos y virales, que denigran a Felipe y le reprochan que estampe su firma sin rechistar en los decretos del Gobierno, como si pudiera hacer otra cosa. La masa que consume y reenvía mensajes puede empeñarse en que el rey es otra cosa que lo que es, un poder moderador y un símbolo neutral sometido al Ejecutivo. Pero un político electo y alfabetizado, con sus juramentos y el conocimiento mínimo que se le supone de la Constitución, no debería jugar con ese fuego, y Vox lo está haciendo.
Esta estrategia política, que busca rascar votos en todos los descontentos, ha devuelto a la vida el irredentismo de cierta derecha española, marginal durante décadas, pero que ahora encuentra un altavoz formidable en la pujante amalgama de Vox. Gracias a ello, ideas extrañas y anacrónicas de lo que es España están implantándose en la sensibilidad de un número creciente de ciudadanos que han perdido el hábito de leer periódicos o que por edad nunca lo hicieron y solo se alimentan de la tóxica fórmula para lactantes que se difunde por redes. Según una de esas ideas, Felipe VI es una pieza más en el engranaje de la dictadura perfecta sanchista y su consorte un agente doble de Moncloa.
En esta narrativa se reconoce el menosprecio con que el búnker trataba al padre de Felipe en los amenes del franquismo, cuando el entorno de El Pardo intentó impulsar a Alfonso de Borbón, casándolo incluso con la nieta del Caudillo, como un príncipe alternativo a Juan Carlos más afín a los principios del Movimiento. Pero también la pulsión histórica de una derecha que no se conforma con un rey parlamentario y que quiere un rey de los de antes, con todos los perejiles del antiguo régimen, que reine y que gobierne con su espada y su corona.
El problema de Vox con el rey recuerda inevitablemente al problema secular que la derecha tradicionalista española ha tenido con la monarquía liberal, y que en el siglo XIX dio lugar a un movimiento político como el carlismo. El conflicto dinástico tras la muerte de Fernando VII fue el banderín de enganche que aglutinó a una amalgama contrarrevolucionaria de grupos sociales perjudicados por los cambios que traía la incipiente revolución liberal burguesa. Del mismo modo que hoy los movimientos populistas de todo el mundo responden al descontento de los perdedores de la globalización y las clases medias atemorizadas por el cambio tecnológico y la inmigración, el carlismo representó a quienes se sentían excluidos de la primera modernización. Jornaleros, campesinos, artesanos y pequeña nobleza empobrecida que veían desaparecer un mundo de certezas y se aferraban al Dios, Patria y Rey para contrarrestarlo.
Con su rey alternativo, el carlismo fraguó el movimiento político conservador más importante del XIX español, capaz de sostener tres guerras civiles, de condicionar la modernización del país y de representar un imaginario completo de resistencia al cambio. Fue también el refugio político, como lo ha sido Vox, para los conservadores rebotados del régimen oligárquico. Y dio forma a fantasías literarias que permitieron a un genio provocador como Valle-Inclán declararse carlista por estética.
Hoy Vox juega un poco a todo eso, y sus huestes más jóvenes esgrimen incluso la cruz de Borgoña, bandera del carlismo, como enseña predilecta. A falta de un pretendiente al trono y del talento de Valle para el esperpento, la tentación irredentista de Vox, identificar al rey con Sánchez, ambos en la cúspide de un régimen fallido, supone un peligroso deslizamiento antisistema. Algo que puede permitirse Jaime del Burgo, de estirpe casualmente carlista, en sus delirios tuiteros contra su ex cuñada. Pero no un partido de orden que aspira a compartir la gobernabilidad de España.
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