María Jesús Montero, vestida como con pijama de niña, con muñeca de recortable en la pechera no sé si con intenciones infantilizantes o identitarias (el dibujito podía ser una gitanilla, una pepona o una charo), ha declarado que una de sus primeras medidas si llega a gobernar en la Junta será una ley de hablas andaluzas. Debe de ser por eso de que “España va como nunca”, que ha dicho Sánchez entre ruinas. O sea que ni España ni Andalucía tienen que preocuparse más por la corrupción, el paro, el coste de la vida, la vivienda o esos trenes nuestros que se paran para pastar, para desmontarse o para arder, como jirafas de Dalí. El pueblo ya sólo pide que le pongan académicos de sus dejes, camisetas con sus zetas como de El Zorro y sus haches como de Hollywood, diplomas de serranía o sevillanía, cargos de purismo gadita, indaliano, malaguita o nazarí, embajadores del mismo botijo pero con 28 denominaciones diferentes, y quizá una policía de malajes o malages o siesos o malafollás con porra lingüística, enfrentados entre sí ya por la propia palabra, vigilando todo. Por supuesto, nadie está pidiendo esto. A mí me parece que Montero lo que quiere es hacer una ley para que nadie le pueda decir que no sabe hablar, que no es cuestión de acento ni origen sino de cabeza.
La verdad es que María Jesús Montero, que parecía una adolescente de pop coreano, con muñecos cabezones para la camiseta o la mochila y un mundo compuesto de estribillos tontos y coreografías entre el kárate y el desmayo, no concretó mucho su propuesta. Quiero decir que no sé si se trata de colocarle a cada andaluz un marchamo, un sello como del jamón de la tierra, o sea ponerle una boina dialectal, o crear academias de gente que hable como el Dúo Sacapuntas o Chiquito de la Calzada, o subvencionarles pinganillos o subtítulos. O quizá se trata de ponerme a mí por Madrid guardaespaldas o traductor, para cuando alguien me pida que diga algo gracioso o yo le suelte “teh qui ya puí, pare, que tah tiao”. El andaluz purísimo a veces puede parecer euskera o apache, pero uno no quiere estar en una reserva ni ser una tribu que vaya dando garrotazos silábicos al personal para sentirse, al final, sólo eso, una tribu de ribera, de desfiladero o de empalizada que da garrotazos.
Las lenguas o las hablas nacen, cambian y desaparecen por el uso, que no significa otra cosa que necesidad y utilidad. Las que dependen de policía, obligatoriedad, ortodoxia o simplemente alguien leyéndote la cartilla, es que ya están muertas o medio muertas. Esto no pasa con el andaluz, cuyas hablas, junto con otras hablas meridionales (extremeño, canario) y sus evoluciones, se usan no sólo en la Andalucía de toro y flamenca o de PSOE con rosetón sino en toda Hispanoamérica. Si no necesita protección para la supervivencia, quizá Montero quiere proteger al andaluz del complejo de andaluz. Pero esto, en realidad, es admitir el complejo. El que confunde pronunciación con gramática es simplemente ignorante o tiene prejuicios. Como explicaba Manu Sánchez, no hay una razón ni eufónica ni lingüística por la que la ele del catalán sea preferible a la zeta del andaluz. Es sólo que detrás de la zeta del andaluz hay un prejuicio de incultura y de pobreza. Se piensa en la Juani, no en Lorca ni Velázquez ni Juan Ramón, porque ha habido más Juanis, claro. Pero esto es más culpa del socialismo andaluz que del norteño cojonudo. Está además el malintencionado, que quiere convertir en agravio cultural o político el hecho de que Montero no sepa hablar, es decir, no sepa pensar. O sea que es ella la que alimenta el prejuicio, más que la Juani.
En realidad todo este asunto de las lenguas nunca es lingüístico, sino político, un instrumento político, como todos los identitarismos ahora. Ni María Jesús Montero ni Sánchez pueden vender ahora más que identidades, la del progresista, la del pobre, la del facha y hasta la del andaluz al que se le pone la boina de andaluz dicen que para protegerlo, cuando sólo es para venderle la boina, como nos la vende Uclés. Todos los identitarismos son un poco esa cosa infantil coreana o japonesa que maneja Montero, que se viste y se mueve como las Supernenas. O sea, merchandising para los adolescentes políticos o sociales que somos. Hasta los propios nacionalistas, que tienen el idioma como alambrada o flechas para los del otro lado del río, son víctimas del merchandising de una casta dirigente que ha construido su poder sobre esa identidad, de manera que su supervivencia y la de la identidad son lo mismo.
Ni Montero ni Sánchez pueden vender ahora más que identidades, la del progresista, la del pobre, la del facha y hasta la del andaluz al que se le pone la boina de andaluz dicen que para protegerlo, cuando sólo es para venderle la boina, como nos la vende Uclés"
María Jesús Montero quiere venderle identidad al andaluz, que ya es lo único que le queda en el puestecillo, como pan de ayer. Si uno no entendiera que las identidades son siempre proyecciones arbitrarias e interesadas, diría lo de Antonio Burgos, que Andalucía tiene tanta identidad que le da para prestársela a España. Pero la propuesta de Montero nace de la necesidad o de la indigencia política, de tener sólo mendrugos o pegatinas que vender. Ya lo hicieron antes, lo de vender mendrugos y pegatinas de identidad, cuando gobernaron Andalucía, y ahora lo vuelven a hacer, también en el resto de España. Es necesidad política y también un poco de necesidad personal. Montero no sabe hablar, algo que también le pasa a Yolanda Díaz sin ser andaluza, así que, aprovechando, busca una ley para el caos gramatical como Sánchez busca leyes para el caos político.
Claro que no hace falta que Montero proteja el andaluz. A mí me parece que habría que proteger más bien el llamado castellano neutro, que sólo utilizan locutores y actores salvo cuando son chachas, quinquis o guardias civiles chungos, que entonces sí que usan el andaluz. Pero esto no se puede legislar ni prohibir, que no tendría sentido salvo desde la tribu y desde el victimismo. Y ser una tribu quejica y melancólica es mucho peor que comerse sílabas y cambiar fonemas (todos los sureños lo hacemos, en Cádiz y en Texas; se llama economía del lenguaje y es muy útil si hablas y te relacionas bastante más que un noruego o un montañés). De momento, yo aún no sé si tengo que usar el sanluqueño del Barrio Alto o del Barrio Bajo (que puede ser como alto o bajo valyrio), y si lo puedo usar sin permiso, sin examen o sin guardaespaldas. Más por Chamberí, que es como territorio comanche para este apache.
Te puede interesar