El jamón aquí a veces parece pintado, igual que el cielo. Mi propia corona les debe de parecer a muchos también algo pintado en el techo de alguna lejana colegiata. Y eso que ahora saben (creo que siempre lo supieron) que yo paré el golpe, que no sólo les traje la democracia sino que se la devolví, que sólo por mi voluntad no hubo otra dictadura u otra guerra. El jamón, ahí en el plato, a veces parece de madera, como un jamón de Carpanta, porque esta luz pesada lo acartona todo, la carne, el oro, el agua de las piscinas infinitas, que sólo parece un hule, y hasta la historia, que me ha convertido injustamente en algo así como un náufrago de Las mil y una noches. Seguro que en España los desagradecidos disfrutan imaginando al rey viejo, exiliado, triste, que no puede disfrutar ni siquiera en el lujo de una isla levantada para él, como un Taj Mahal para vivos o vividores. Ese rey con gota histórica o sentimental que sólo sueña con estar en una barquita en Sanxenxo, para siempre. Pero la verdad es que me gusta que el cielo parezca que está como alicatado para mí. Y el jamón sigue siendo el mejor del mundo, el jamón que le traerían a un rey, esté en Arabia o en Chinchón. Aquí soy un rey, claro, pero en España, aun habiéndoles dado la democracia dos veces, lo mismo sólo sería Carpanta de verdad.
El jamón es jamón, en lo de Lucio y en Abu Dabi, y el cielo es cielo, hombre, aunque hoy parezca parado (me he imaginado al Bribón ahí, encalmado en ese azul como en un plato decorado). Un poco encalmado estoy yo aquí también, entre cuartos de baño que son como atolones, entre salones ajardinados y jardines enmoquetados que tienen la misma altura infinita, entre dormitorios como con tobogán al mar y al retrete, y entre mi persona y mi monarquía. Casi me río, con lágrimas de tocinillo, pensando que ahora sí que vivo como un rey. No, esto no es la Zarzuela, que ahora me parece como de decorado de Cuéntame. Hasta mi hijo, otro desagradecido, parece un pobre de sopa de fideos y mesa camilla con estufa, con mujer como raquítica de carnes y humores, un escobajo de mujer que nos separó, que nos enfrentó. Mi propio hijo, que se creyó más rey que el rey, que quiere ser padre de su padre y rey de su rey, que pretende ser el verdadero rey de la democracia y sólo es un muñeco, como un cascanueces vestido de militar; mi propio hijo, en fin, me degradó como a empleado de mi palacio o a actor del Tren de la Fresa.
El jamón parece unos galones arrancados, ahora que lo pienso. Y toda esta moldura de los techos una pasamanería de oro. Yo me ponía el uniforme para capotear el franquismo o para parar nada menos que un golpe de Estado, para mandar a Armada como a la cama sin cenar. Pero Felipe sólo se lo pone para dar discursos a los cadetes y como chubasquero en los desfiles. Yo tenía una autoridad más allá de la Constitución, más allá de la del funcionario de correos de gala o del macero municipal que parece a veces mi hijo. Esa autoridad que paró el golpe, porque nadie se iba a ir a la cama en los cuarteles ensotanados de patria sólo por la Constitución, que en esas horas se había convertido apenas en una carta de mesón con letras capitales góticas. Tejero, que ahora se ha muerto, hay que ver, como esperando el final de la película, como muriendo de moraleja más que de vejez o berrinche; Tejero, decía, que ya me disperso, sólo obedecía a Milans, pero los demás me obedecieron a mí, que no era un actor con gorguera ni un funcionario con tamponcillo ni un ujier con librea, sino el rey, joder.
Estos desagradecidos me llaman pichabrava, y ambicioso, y hortera de pelucos y felpudos. Dicen que la monarquía ya no puede ser así, que si no moriría
Suena el mar, siempre suena el mar aquí, es como vivir en una caracola forrada de pan de oro o en el camarote de Dios. A veces diría que esta isla es un espejismo materializado, o una luna con selvas y olivos, mis olivos traídos de Jaén, que lo mismo un día los vareo con la muleta, verás que risa, cuando venga a verme Aznar, o Carlos Herrera, que tiene algo de andaluz trasplantado como los olivos. Y es que yo puedo parecer un jubilado con cestillo, o un veraneante de paella, o un cachondo, pero todavía soy rey. Sí, ellos no querían que fuera rey, sino una especie de cartujo contrachapado. Y no se puede tener autoridad de rey y horario, catre y bolsa de cartujo. Ni de españolito cualquiera, acojonado por las cartas de Hacienda, por las multas y hasta por la caducidad del bonobús. Cuando pretenden que me arrepienta, o que pida perdón, en realidad se refieren a que me arrepienta o pida perdón por ser rey. A ver si un cartujo, o un muñeco de guiñol con entorchados, o un funcionario con una póliza, o un españolito con la declaración del IVA, hubieran toreado al franquismo o parado el golpe.
El sol ilumina el jamón como una bandera, trae polvo de oro que se deposita sobre los suelos, sobre los aleros y sobre mis cejas como nieve de oro. Se está bien aquí, aunque echo de menos España, claro. Pero se trata de estar aquí como un rey o estar en España como un cualquiera. Ahora sí que sabe todo el mundo que yo nunca fui un rey de teatrillo, ni siquiera un rey de sello. Sólo fui el rey que tenía que ser, por eso paré el 23-F. Yo, no la Constitución, ni siquiera el pueblo, acojonado entre marchas militares y películas de Danny Kaye y Bob Hope, que eso acojona a cualquiera. Se habrán llevado una sorpresa muchos, nuestro republicanismo de guillotina y hasta esa derecha un poco carlistona, un poco requeté, que no quiere a mi hijo (me desahució, pero es el rey) y no sé si me quiere a mí. Feijóo pide ahora que yo vuelva, y claro que volvería, si pudiera ser rey y no un jubilata numismático o un autónomo con cartapacio de facturas. Serían capaces de meterme en la cárcel, como uno más de las chistorras, y algunos lo están deseando, como siempre, desde que armaron las guillotinas y no las pudieron usar.
Se llevan lo que queda del jamón, con solemnidad y no sé si con asco, como si fuera la cabeza de Juan el Bautista; va brillando o chorreando el poder o el crimen o la inocencia por la casa o por el palacio, y quizá vuelvo a sentirme más lejos de España. España sí que me recibiría como rey, no como indiano ni como hijo pródigo de mi propio hijo. Yo les di la democracia, dos veces, y peleé por desmantelar el franquismo cuando la gente todavía era franquista sin saberlo. A veces la democracia viene así, otorgada, que aquí el antifranquismo eran cuatro con linotipia más el tranquilo exilio de poesía y calceta. Pero estos desagradecidos me llaman pichabrava, y ambicioso, y hortera de pelucos y felpudos. Dicen que la monarquía ya no puede ser así, que si no moriría. Y que justo eso es lo que está haciendo Felipe, una monarquía del ejemplo y la pedagogía y no de la autoridad mitológica, una monarquía que no se tiene que vestir de Dios para nada, ni siquiera para parar a cuatro militares con borrachera enlutada de cuerpo de guardia. Que la democracia verdadera, y fuerte, se basta con la ley. Mis cojones la ley.
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