Los ayatolás ya ardían en sus propias barbas flamígeras mientras nuestros actores, endomingados de sí mismos como curas orondos, hacían en los Goya su ritual de comunión o expiación con enaguas de ángel, chorreras de lágrima y matrícula de chapa. El cine, que a lo mejor no puede vivir del cine, tiene que vivir de la moral o moralina, de las guerras que prenden en sus colas y sombreretes como bengalas de tarta. No es sólo el cine, es el arte lo que no vende, así que igual que hay una industria sentimental, política y papelera para la literatura hay una industria sentimental, política y carnavalesca para el cine. Nos preguntamos por qué el artisteo suele ser de izquierda, pero a mí me parece que el artisteo y la izquierda funcionan igual: son una industria sentimental ajena a la realidad y en la que todo consiste en emperifollarse de buenas intenciones mientras arden sin remedio democracias, dictaduras, economías, ciudadanos, clérigos, condestables, ciencia y arte, contradicciones e hipocresías.
Iba el personal en los Goya con sus galas de paje o de madrastra, aunque lo que más vestía o destacaba era la chapa palestina de la sandía, que tenía algo de tomatazo certero y corralero de la realidad o de la historia. “Free Palestine”, decía, que es un deseo breve pero tosco y ambiguo. Quiero decir que no sabemos muy bien qué se está reivindicando con eso, teniendo en cuenta que los propios palestinos le rechazaron a Clinton la solución de los dos estados y que la libertad de Palestina dependería ahora más de librarse de Hamás y Hezbolá, y por tanto del patrocinio terrorista y fanático de Irán (aunque no sólo de Irán) que de otra cosa. Llevando esa chapa, lo que pega es hacer lo que hizo aquella activista iraní, encenderse un cigarro como de Sara Montiel con la foto en llamas de Jamenei, que de verdad estaba ya entre llamas físicas y teológicas, como un minarete en llamas o un ciprés en llamas. Pero parece que la reivindicación no va por ahí, aunque de todos modos es complicado, porque en la chapa tienen que caber el derecho internacional y el terrorismo también internacional, la libertad de los pueblos y las teocracias asesinas, el antisionismo y el imperialismo islámico, los derechos humanos y la guerra santa. La explicación es que la chapa no significa nada, sólo es un producto.
La industria cinematográfica vende su producto, que no es tanto la película como la caravana a la vez veneciana, menesterosa y moralizante de los actores y cineastas (vemos más a los actores y a los directores que a sus películas). Igual, la izquierda vende su producto, que no es la libertad ni la justicia ni los derechos humanos sino la chapa que ponga eso. Una vez que se coloca el producto, ya dan un poco igual sus alianzas con dictaduras de cocoteros o de cosacos o con teocracias medievales, o su conveniente tibieza, por no decir justificación, ante la violencia, el terrorismo o la guerra cuando se dirigen contra sus enemigos o sus fetiches. Curas en un lado de la historia y mulás en el otro, feminismo con burka, democracia sin imperio de la ley, justicia y miseria, libertad y policía política, todo eso está y no está en la chapa, que se vende sólo como chapa porque no hay nada más con sentido y con sustancia que vender.
En la chapa tienen que caber el derecho internacional y el terrorismo internacional, la libertad de los pueblos y las teocracias asesinas, el antisionismo y el imperialismo islámico, los derechos humanos y la guerra santa..."
La chapa de Palestina es un poco el producto de temporada, como la sandía que tenía o el tomatazo que parecía. Un producto de temporada, como la boina o las historias de costureras en literatura, como la mugre en el cine o en toda la izquierda. No se les habría ocurrido a nuestros actores ponerse una chapa sobre Ucrania o Sudán (creo que esto se lo preguntaba en algún sitio Leonor Waitling, que siempre ha tenido una lucidez de distancia y suficiencia muy admirable y seductora). Menos, cambiar la sandía por chistorras, ni Gaza por Adamuz, ni improvisar un Free Irán soltándose los moños, las trenzas o las pajaritas, que en el artisteo progre tienen algo de alzacuellos. El mundo es más o menos igual de caótico con Trump haciendo lo que quiere, con Putin haciendo lo que quiere e incluso con Sánchez haciendo lo que quiere (allí estaba él, con sotana de esmokin) . Pero recuerden, por ejemplo, que el derecho no le parecía tan importante a Ione Belarra ni al resto de Podemos en el caso de Ucrania (ni en el del independentismo). No, en Ucrania había que rendirse a Putin porque era una guerra que no se podía ganar y había que evitar muertes, sufrimiento y sin duda ojeras a ese príncipe del palacio de mantequilla del Kremlin. Todo esto se podría poner en una chapa (algo como “los enemigos de la democracia son nuestros amigos”), pero no se vendería tanto como la libertad jilguera o el genocidio a bulto.
Dar la chapa con la chapa es lo que les queda, apoyados por otras industrias de la chapa, como la del cine y la editorial (esos libros que son ya de chapa, como un misal romano), y por el ego de un artisteo que se cree realmente nuestra guía moral e intelectual, que es como pensar que lo sean los futbolistas, las vedetes o los trapecistas. Ya ni siquiera se vende una ideología, sino la proyección de una personalidad, o sea que Javier Bardem te vende el pañuelo palestino igual que Antonio Banderas te vende su colonia. Hasta Bardem se vende como personaje con el pañuelo, como esas damas que se venden en sociedad con su joyerío. Susan Sarandon sólo sabía de Sánchez que era alto y guapo, pero ya podía decir que “estaba en el lado correcto de la historia”, que quiere decir en el lado correcto de la chapa, como toda la izquierda. Los Goya siguen siendo como una reunión de instituto, con sus roles y jerarquías cerradas sin más importancia que la que se dan ellos. Ricky Gervais dijo una vez en los Globos de Oro: “No estáis en posición de dar lecciones a nadie. No sabéis nada del mundo real, la mayoría de vosotros ha pasado menos tiempo en la escuela que Greta Thunberg”. Se lo podría haber dicho, igual, a nuestros políticos. Y a media España con chapa de fotocol o de botellín.
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