La guerra de Irán nos pasa la factura aunque aquí vivamos sólo de comer las amapolas del amor y los aires grandiosos de Sánchez, que cada vez parece más un camaleón cazando el viento (los camaleones comen viento, decíamos o nos decían de pequeños, quizá por hacer mitología con nuestros bichos del campo). Suben el petróleo, la gasolina, el diésel, el gas y hasta la luz, que nuestra luz al final también funciona con gas, como una farola victoriana, porque aquí lo nuclear nos parece tan criminal como la guerra. La guerra nos va a costar a todos, a los pacifistas con velita y a los belicistas también con velita (en la Casa Blanca hacen como melés de rezo alrededor de Trump, no para que su Cristo con pistolas ayude al presidente o mesías en sus muchas guerras, sino más bien para dar esas guerras por santas y bendecidas, que eso es útil aunque los dioses no existan y sobre todo si no existen). La guerra nos va a costar a todos, decía, la vamos a notar en el bolsillo, en la talega y en los huesos, pero no sé si Sánchez pensará hacer algo al respecto. Quiero decir que, ahora que hay un culpable remoto y tremebundo, ahora que nuestra ruina le daría la razón a Sánchez y le haría la campaña (diluyendo además la ruina que le corresponde a él), a lo mejor es más sencillo y provechoso seguir con la velita perfumada y el paipái con lema.
Lo malo de ser un héroe sin hacer nada es que hay poca motivación para moverse. Sánchez tampoco arriesga ni pierde nada ahora, que ese papelón le corresponde, desde el principio, a España y a los españolitos, los paganinis de su colchón orientaloide, de los chantajes de sus socios, de sus tertulianos con babero, de sus funcionarios esbirros, de sus ministros con mordida y pornochacha, y hasta de su Protonóbel de la Paz, especie de Nobel en pantuflas, que hasta en eso se parece a Trump. Ahora que nos volvemos a pensar darle al interruptor como si diera calambre, y empezamos a mirar a las alcachofas como si fueran huevos de dragón, uno se acuerda de que también subía todo con la guerra de Ucrania y a Sánchez se le antojó enemistarse con Argelia, nuestro principal proveedor de gas. Sí, era más importante regalarle el Sáhara a Mohamed VI justo en ese delicado momento de la historia en el que, casualidades, no sólo teníamos un problema energético sino que le habían hackeado el móvil al presidente y a varios ministros (todo apuntaba y sigue apuntando a Marruecos). Podría volver la inflación galopante (creo que lo dicen así para que suene más atropellador o apocalíptico) y hasta el estraperlo, sin que Sánchez viera más que una gran oportunidad o un gran regalo.
La guerra nos va a costar a todos, decía, la vamos a notar en el bolsillo, en la talega y en los huesos, pero no sé si Sánchez pensará hacer algo al respecto
Veremos qué hace Sánchez con la guerra, aparte de patrocinarse para el Protonobel de la Paz o del Fotocol y quizá darnos algunos cupones para gasolina, una solución graciosa pero que sabemos que a largo plazo no sirve. Ya nos adelantó Sánchez en su discurso mañanero o intempestivo del ‘no a la guerra’ (había madrugado como para hacer una excursión en barca) que intentaría paliar los efectos de la guerra de esa manera graciosa, providente, señorial, poco efectiva pero muy agradecida electoralmente. Macron, con más vista, más sentido de Estado y menos necesidades heroicas camastronas, ya ha anunciado una misión internacional para abrir el Estrecho de Ormuz, o sea para atajar el problema en su origen. Sería una misión defensiva o protectora, siguiendo los compromisos con nuestros tratados y con nuestros aliados, y todo eso que recitaría de carrerilla Margarita Robles como ya ha hecho antes, adornada incluso, si hace falta, de la cabra de la Legión para regalarnos una estampa castiza y como de Anís del Mono. O sea que en principio la misión encajaría en el ‘no a la guerra’ de Sánchez, que permite una fragata pacifista y cantarina y supongo que también más buques igual de pacifistas y cantarines. Pero me parece que Sánchez dirá que no. No por infringir sus propios códigos inexistentes o tramposos, sino porque ya no sería el héroe sino uno más.
“Desgraciadamente, en la vida las tragedias suceden, pero no es igual cómo se responde a esas tragedias”, dijo Sánchez con obscena distancia o desprecio cuando el desastre de Adamuz. Ahora tenemos otra tragedia aunque, como novedad, en ésta no han intervenido sus ministros tuiteros o sandungueros, ni sus maestros chistorreros como esos maestros del cochinillo segoviano, ni la incompetencia general que genera el sistema sanchista. El propio espectro de Sánchez, que vive en las hemerotecas como el fantasma de una bibliotecaria mancillada, nos dice que lo que marca la diferencia ante lo inevitable (o inevitado) es la respuesta. Sánchez no va a parar la guerra, su pacifismo de puf ni siquiera inspira a nadie salvo a los ayatolás. Pero algo habrá que hacer, aparte de repartir gasolina en camiones con la cara de Sánchez como si fuera la silueta del Gambrinus de la Cruzcampo. Todo esto, claro, si al españolito le importan de verdad las papas más que las amapolas metafóricas o venenosas del amor o de los partidos, que tampoco está uno muy seguro.
La guerra de Irán es ilegítima pero quizá también era inevitable. Llevaba enconada mucho tiempo porque Irán no dejaba de subvencionar el terrorismo, el fanatismo, la desestabilización de Occidente y el cesarismo imperialista y medievaloide de Putin, igual que Sánchez subvencionaba furgonetas de putas. De todas formas ya no se puede evitar, hay que arreglar la cosa o al menos no empeorarla. Y no se trata sólo de que el frigorífico nos amenace con volver a ser un quirófano para un apio, o de que el coche se nos muera de sed al lado de un surtidor como un cactus, sino de que sigue en juego la estabilidad mundial y el futuro de Europa, incluido el reino bananero de la España sanchista. La guerra está ahí, la diferencia es cómo se responde, nos diría incluso la aparición de Sánchez con camisón y palmatoria. Europa lo va teniendo más claro, pero yo creo que Sánchez no se va a unir a Macron ni va a pensar en España por primera vez. Tendría que devolver los planes de campaña, la guitarra y el Protonobel, y resignarse a morir tragando viento, del que por supuesto no vive nadie, ni siquiera los camaleones como él.
Te puede interesar
Lo más visto
Comentarios
Normas ›Para comentar necesitas registrarte a El Independiente. El registro es gratuito y te permitirá comentar en los artículos de El Independiente y recibir por email el boletin diario con las noticias más detacadas.
Regístrate para comentar Ya me he registrado