Casi se nos olvidan las elecciones en Castilla y León, con las guerras del mundo y las guerras de Sánchez, que son la misma (Hodio podría ser muy bien el nombre de un misil iraní de color verde boina, que es un color como de maldad y cutrez universales). Se nos olvidan, creo yo, porque se le olvidan a Sánchez y él también intenta que se nos olviden, como todo lo demás. Ya es algo así como sospechoso, y puede que incluso roce el odio o el Hodio (Hodio suena también a parquímetro del sanchismo), pensar que la política va más de ganar elecciones que de montarte en la Moncloa una ONU de piscifactoría, una comuna tomatera o una uvi para desmayitos. Sánchez se ha salido de las elecciones o del mapa también en Castilla y León, donde, otra vez, parece que sólo se presentan PP y Vox mientras los demás sólo acompañan en su agonía al mundo o al presidente, ya con cicatrices orográficas e históricas en el rostro. Los supuestos aliados (derecha y ultraderecha condenados a entenderse, hay que poner, o puede que pite el Hodio como el microondas) de momento se atizan como nunca. Los que deberían gobernar, porque no queda otra, parecen don Camilo y Peppone, y no sé si en la época de don Camilo y Peppone incluso.
Nos hemos olvidado de Castilla y León, pero no sólo porque Sánchez se haya olvidado de la política para hacer sólo preparacionismo, survivalismo en una Moncloa llena de alambradas, cepos, alubias y paranoia. No sólo a Sánchez le interesa esa deslocalización o incluso desrealización de la política. O sea, que no haya política municipal, autonómica ni nacional, sino que todo tenga que ser universal y tremebundo, siempre un combate a muerte entre legiones celestiales e infernales, y que en el fondo tampoco haya política real sino sólo política simbólica, el relato más que el presupuesto, el estribillo más que la idea. La campaña que parece que no existe, o que se nos había olvidado entre la guerra y el amor, como una braga en Woodstock, en realidad está teniendo episodios vistosos. Por ejemplo, Feijóo diciendo que Vox es una estafa y que el patriotismo le viene grande a Abascal, y Abascal contestando que es España lo que le viene grande a Feijóo. Lo que ocurre es que nada de esto lo ubicamos en Castilla y León, ni en Extremadura, ni en Aragón, ni en ningún sitio por aquí, sino en esas guerras que sólo suceden en las cúpulas y los retablos, y que nos cansan con la épica y el epíteto. Hasta Homero cansaba con la épica y el epíteto, imaginen Feijóo y Abascal con su concurso de poesía con corneta.
Los dos tienen una sola oportunidad y esa oportunidad no se la otorgará la gobernanza, sino la agitación, como ocurre con todos los populistas
Llevamos unas cuantas convocatorias autonómicas en las que siempre terminamos hablando de lo mismo, de cómo van a gobernar PP y Vox, porque los demás se han borrado del mapa o se han replegado guardando sus ángeles cojos de ala y sus amorcillos acribillados de besos en el culo para la batalla final, otra batalla final. Ésta es la gran incógnita de la política española ahora, cómo van a gobernar PP y Vox, y a veces piensa uno que no la despejan por no quedarse sin política. Sobre todo Vox, claro. Ya escribí aquí que Feijóo no podía llamar al orden a sus barones, como hizo con María Guardiola, y a la vez declarar su libertad para negociar con Vox, que lo que parecía es que no sabía que hacer, como tantas otras veces. O sea, que dejar a sus barones improvisar era una dejadez y exigirles ortodoxia era un sinsentido, de ahí que fueran necesarios unos mínimos y unas líneas rojas. No sería por mí, claro, pero Génova sacó luego un documento marco para la negociación, que parecía a la vez antiguo y chorreante de tinta (se diría que habían tenido que descubrir sus propias ideas como si hubieran tenido que descubrir el papel). Era lo lógico, lo práctico y hasta lo más político, como el “programa, programa” de Anguita. Pero enfadó mucho a Abascal, que se sintió tratado como un animal a la vez que, lo que son las cosas, se declaraba enjaulado. Quizá entonces Feijóo tendría que haberle dicho eso de “tú lo que quieres es que me coma el tigre”.
Yo creo que Vox está un poco igual que Sánchez, olvidando las elecciones regionales y la gobernanza para resguardarse el cutis hasta las generales. El PP está claro que quiere gobernar allí donde ha ganado, y parece que ese papel con sus mínimos o máximos, escrito lentamente por ese Feijóo sin gafas o sin ideas, no es un insulto sino una base muy razonable para no perderse en batallas celestiales o justas poéticas. Quizá Abascal, saliéndose por una vez de la épica de perol como de su jersey con cuello de tortuga, podría explicar qué máximos o mínimos peperos no está dispuesto a asumir, incluso antes de que el personal vaya el domingo a votar sólo a ángeles o demonios. Así, el ciudadano podría evaluar las ganas que tiene Vox de gobernar o de no gobernar. Yo, como ya he dicho otras veces, creo que Vox no quiere gobernar en los pueblos con alcalde y cura, ni quiere gobernar en general, sino que quiere optar al milagro total, a la gloria total o a la estafa total, para la que sólo tiene una oportunidad, como Sánchez.
Casi se nos olvidan las elecciones de Castilla y León, entre la guerra de Sánchez y la guerra de Abascal, que a lo mejor es la misma. Los dos tienen una sola oportunidad y esa oportunidad no se la otorgará la gobernanza, sino la agitación, como ocurre con todos los populistas. Es el mismo tacticismo, aunque uno pinte angelitos negros y el otro pinte cuadros de lanzas o bodegones con botijo. En campaña es normal confrontar y hasta tirarse a la cara, como guanteletes, los purismos y las contradicciones, en la derecha y en la izquierda. Pero nunca había visto yo unos salvadores (Sánchez, Abascal) con tan pocas ganas de salvarnos luego, aunque tengan que empezar por el pueblito y la era, y tantas ganas de salvarse ellos. Ni Abascal ni Sánchez quieren gobernar, y si se pusieran yo creo que enseguida les pitaría su cacharrito del Hodio y alguna policía de su ortodoxia se los llevaría al cuartelillo o al olvido. A lo mejor eso les ha pasado a los disidentes de Vox, y entonces todo tendría sentido.
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