El ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán se ha presentado —como casi todas las escaladas en Oriente Próximo— con un vocabulario tentador: precisión, disuasión, castigo, mensaje. Es el lenguaje del parte de operaciones. Pero lo que se ha activado no es solo una secuencia militar; es un episodio de inestabilidad sistémica. Y en un sistema así, la pregunta relevante no es únicamente qué objetivos se golpean, sino qué redes se alteran.
La tentación de leerlo como un conflicto bilateral —dos Estados, una lista de agravios, un intercambio de golpes— es comprensible. También lo es la narrativa moral: Irán no es un actor inocente. Sostiene desde hace años un entramado de proxies, presiona a sus vecinos, alimenta conflictos de baja intensidad y ha encontrado en Rusia un socio útil para una política exterior de desgaste. Ese marco explica por qué una parte de la opinión pública occidental interpreta la intervención como respuesta “legítima” frente a un régimen que juega al borde del abismo.
El problema es que, incluso aceptando la premisa de una amenaza real, el conflicto sigue siendo estratégicamente difícil de sostener. No por falta de capacidad militar —la asimetría es evidente— sino por exceso de consecuencias no controlables. Aquí la teoría de la interdependencia compleja (de Robert Keohane y Joseph Nye) ayuda más que las lecturas binarias: vivimos en un mundo con múltiples canales de relación (Estados, mercados, empresas, finanzas, información, energía), sin una jerarquía estable de temas, donde la fuerza no ordena por sí sola el tablero. En ese contexto, la guerra rara vez se queda donde empieza.
No hace falta interrumpir totalmente el flujo energético: basta con la percepción de fragilidad sostenida para que la volatilidad se convierta en norma
La primera capa es la económico-logística, a menudo tratada como nota a pie de página cuando es el centro del problema. El Golfo no es solo un escenario: es una infraestructura. Cualquier tensión seria en el estrecho de Ormuz —aunque no llegue a cerrarse formalmente— introduce incertidumbre suficiente para elevar primas de riesgo, alterar fletes, encarecer seguros y contaminar expectativas. Y las expectativas, en economía, son media crisis. No hace falta interrumpir totalmente el flujo energético: basta con la percepción de fragilidad sostenida para que la volatilidad se convierta en norma.
La segunda capa es la geográfica. El conflicto “se alarga” aunque nadie lo planifique así. Oriente Próximo funciona por vasos comunicantes: Golfo, Irak, Siria, Líbano, Yemen, Mar Rojo, Mediterráneo oriental. Un golpe en un punto rara vez se queda en un punto. La respuesta indirecta —ciberataques, sabotajes, hostigamiento marítimo, activación de milicias, tensiones fronterizas— forma parte del repertorio iraní y del ecosistema que lo rodea. El resultado es un conflicto que no se mide solo por la intensidad del fuego, sino por la extensión del ruido: cuántas rutas se vuelven inseguras, cuántos gobiernos entran en modo crisis, cuántas cadenas de suministro pasan a operar con fricción.
La tercera capa, quizá la más subestimada, es la política. El mundo ya no es bipolar y, sobre todo, ya no es coherente dentro de cada bloque. Europa no es un actor homogéneo; Estados Unidos tampoco es una voluntad única; Israel tiene su lógica doméstica; y en el Golfo conviven el miedo a Irán con el pánico a que todo se descontrole. En esas condiciones, la palabra “aliados” describe una constelación, no un mando unificado. Las coaliciones se sostienen en objetivos compartidos, pero se resienten cuando los costes se reparten de manera desigual.
El mundo ya no es bipolar y, sobre todo, ya no es coherente dentro de cada bloque. Europa no es un actor homogéneo; Estados Unidos tampoco es una voluntad única
Aquí aparece un punto esencial: los intereses europeos no son análogos a los estadounidenses. La distancia geográfica reduce para Washington algunos riesgos inmediatos que para Europa son domésticos: energía, inflación, migraciones, estabilidad mediterránea, seguridad interior. En Estados Unidos, la escalada puede leerse en clave de credibilidad estratégica global; en Europa, se traduce antes en clave de coste social y vulnerabilidad. Esa divergencia no es moral; es estructural. Y cuando los costes se distribuyen de forma diferente, las posiciones tienden a separarse aunque el diagnóstico sea parecido.
La cuarta capa es la de los actores no estatales y la comunicación. No solo por milicias o grupos armados, sino por la velocidad con la que las sociedades procesan y reinterpretan el conflicto. En un sistema interdependiente, la “guerra” deja de ser un evento exterior: entra en la vida cotidiana por el precio del combustible, por el titular bursátil, por el debate identitario, por la polarización. Eso reduce el margen de maniobra de los gobiernos: la estabilidad no se decide únicamente en despachos y cuarteles; también en parlamentos frágiles y coaliciones sostenidas con alfileres.
La quinta capa es la ambigüedad del tablero extraoccidental. China y Rusia no son un dúo compacto: comparten interés en limitar la hegemonía estadounidense, pero no comparten necesariamente el mismo apetito de caos. A Moscú le conviene la distracción y el desgaste occidental, pero un incendio regional que dispare volatilidad energética prolongada también le complica. A Pekín le interesa un orden donde las rutas comerciales permanezcan estables; un conflicto que encarece y bloquea rutas no es un buen negocio. Incluso entre socios de Washington en la región, la alineación tiene matices: seguridad sí, pero sin desbordamiento. De nuevo: no hay un “bando” monolítico.
El coste principal no es el misil que cae, sino la fragilidad que se instala
Con estas capas encima, el conflicto deja de ser una pregunta sobre “quién golpea mejor” y se convierte en una pregunta sobre quién puede administrar el después. Y ahí está el punto de mi opinión: la interdependencia convierte el “después” en el verdadero campo de batalla. Puedes degradar capacidades militares, pero no puedes bombardear la incertidumbre; no puedes neutralizar con una operación quirúrgica el efecto en seguros, mercados, rutas, inflación, legitimidades o gobiernos débiles. El coste principal no es el misil que cae, sino la fragilidad que se instala.
Por eso, la lectura “buenos contra malos” —aunque contenga elementos reales— es insuficiente como guía estratégica. No porque los valores no importen, sino porque no ordenan por sí solos las consecuencias. El orden internacional contemporáneo es un tejido. Y cuando se tira de un hilo, no siempre se sabe qué costura se abre. La estabilidad mundial ya no depende tanto de evitar guerras “grandes” como de gestionar escaladas “pequeñas” que, por interdependencia, se vuelven globales. La paradoja es incómoda: cuanto más conectado está el mundo, más fácil es vender un conflicto como simple… y más caro resulta descubrir que no lo era. En ese sentido, Irán no es solo Irán. Es un recordatorio de época: la fuerza sigue contando, pero el poder —el poder de verdad— consiste en controlar consecuencias. Y hoy, controlar consecuencias es la tarea más difícil de todas.
Fernando Domínguez Sardou es director del Grado en Relaciones Internacionales en UNIE Universidad
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