Óscar Puente ya no sale a hablar, está un poco escondido entre sus ropajes grandes y sus escombros humeantes, como un ayatolá (él tiene algo de ayatolá del sanchismo, con barba de sentencia de lapidación y mangas anchísimas para esconder piedras y manos mentirosas y crueles). A pesar del ‘no a la guerra’ que se ponen en la carpeta o en el patinete los ministros y los actores, nuestro sistema ferroviario sigue pareciendo bombardeado, así que los ayatolás locales deberían estar un poco más en esa guerra y menos en la teología de los otros ayatolás o de la Moncloa, que ya sólo es un minarete acebollado rodeado de destrucción. El miércoles ha sido otro día de caos, de trenes tirados por caballos, como si fueran troncos, y multitudes tiradas en las estaciones como en la orilla del Ganges. Además, la línea del Ave de Madrid a Málaga seguirá cerrada en Semana Santa, con lo que habrá que ir y volver haciendo cristiana penitencia en utilitario particular o en autobuses como de la banda de música. Pero Óscar Puente ya no sale, ni a hablar, ni a disimular, ni siquiera a ponerse lágrimas con el pañuelo (hay algunos que más que enjugarse las lágrimas se las ponen, y además muy bien puestas, que les quedan como de encajito antiguo, igual que a las dolorosas con pañuelo).

Llega la primavera, llegan los guiris, llegan los cristos con melena de sangre y cálices de cerveza, como vikingos gitanos, y nuestros trenes siguen pareciendo lentas maderadas, trineos con tropiezo o incluso exóticas y primitivas fantasías voladoras o acuáticas, como de Da Vinci o Verne. Málaga se nos ha convertido de repente en una isla salvaje de buganvillas como salvaje de volcanes, o en una Antártida fundente, o en un bosque maldito. Hay que ir en globo, en barco pirata o en batiscafo (supongo que también con la banda de música, con sus instrumentos como grifería de submarino), o hay que ir con expedición, como exploradores del XIX o veraneantes de los 70, o hay que ir con magia negra y patas de pollo. O se queda uno sin ir, claro, que cuando Málaga parece la Tierra de Fuego, o Despeñaperros parece Irán, lo más seguro es no ir, no coger el Seiscientos porque no hay tren o no coger el tren por si lo ataca Trump, los apaches, los lobos o la Santa Compaña.

Nos quedamos sin ferrocarril, sin Semana Santa, sin política, sin soluciones, sin excusas y sin tiempo

Dice Adif, que ya no suena a nada de trenes sino a esnifada en el canalillo de una rubia morena, que “es por la seguridad de los trabajadores”, y enseguida pensamos en la seguridad como de los porteadores de Tarzán, en vez de en la seguridad del personal de un tren de alta velocidad en un país de la Unión Europea en 2026. Dice Adif, que ya no suena a nada de trenes sino a chisporroteo de chistorra, que es por un muro que se derrumbó el 4 de febrero, pero es que parece que toda España está llena de muros caídos, toda derrumbada como un Medievo repentino, ese Medievo sanchista. Un muro caído el 4 de febrero parece un cráter de meteorito, y despejar y asegurar una vía parece volver a construir, con personal elegido por Koldo, el Acueducto de Segovia. No parece algo tan exagerado, que también dijeron que el caos de este miércoles lo provocó un operario que cortó un cable de fibra óptica y uno, claro, enseguida pensó en un primo de la rubia morena, enchufado por allí porque en las oficinas ya no cabe nadie más pintándose mandalas en las uñas o encerándose el bigotito torrentiano pero feminista.

A Málaga no vamos a poder ir más que con la suegra o el botijo o el sobrino que toca la tuba, o con Antonio Banderas bajo palio. Y en cuanto al resto de España, tampoco estamos seguros, la verdad. Un día lo mismo nos encontramos con que en vez de la vía hay una sima, o en vez del tren hay una mulilla, o en vez de Atocha es Bombay, o en vez de 2026 es 1888, como el turrón más caro del mundo pero con la incompetencia más cara del mundo, la incompetencia que nos deja sin transporte, sin electricidad, sin servicios y hasta sin familia, y sigue repitiéndolo todo. Y es que ya podíamos decir esto, casi igual, hace un par de años. No es que se caigan nuestros muros un 4 de febrero, o se paren nuestros trenes un miércoles de Cuaresma, como en cenicienta penitencia de unos trenes de ceniza, sino que llevan cayéndose y parándose años, en un lento cataclismo como de astros chocando. Tan lento es el movimiento que lo de Adamuz parece, simultáneamente, que ocurrió hace mucho y que sigue ocurriendo, que es como si nunca hubiera ocurrido y que todo lo que ocurre ahora es sólo por aquello. Sí, porque para que no haya otro Adamuz, o para que no se descubra lo suyo, tienen que dejar pausada, vallada o funcionando a pedales no sólo toda la red ferroviaria sino toda España.

La verdad es que todo se desmorona, lenta y rápidamente, con esa sensación mareante de eternidad y de simultaneidad. Lo que nos pasa ya pasó antes, y sigue pasando, y es como si nunca hubiera pasado, y define todo lo que nos va pasar, todo ello a la vez. Óscar Puente ya no sale a hablar, está un poco escondido en sus rezos, sus venganzas y su cobardía, como un ayatolá. O a lo mejor cree de verdad que los ministros, o los gobernantes en general, sólo están para los entierros, como si fueran cipreses (los cipreses son algo así como los cirios que sostienen los propios muertos). Eso es lo que nos vinieron a decir él y el mismo Sánchez después de lo de Adamuz, la tragedia sin culpables que los traía a ellos también sin competencias y sin pudor, como el que llega al cementerio, simplemente, sin flores. Nos quedamos sin ferrocarril, sin Semana Santa, sin política, sin soluciones, sin excusas y sin tiempo. Toda España está en el mismo entierro, el mismo derrumbe y el mismo barbecho, ese Medievo de trenes y plagas.