En noviembre de 1975, la España de Carlos Arias Navarro y del príncipe Juan Carlos de Borbón se vio amenazada por Hasan II y su “Marcha Negra”, y decide sacrificar el Sahara, troceándola entre Marruecos y Mauritania mediante la rúbrica del humillante acuerdo tripartito de Madrid. En este contexto surge la República Árabe Saharaui Democrática (RASD): una respuesta contundente a una traición sin precedentes. Su historia es una crónica de lucha y sacrificio, marcada por el amor infinito a la tierra natal y la lealtad a quienes dieron la vida por ella. Aquí, la dignidad y el altruismo más puro forjan una resistencia impregnada de esperanza, donde el rechazo al invasor se erige como un deber moral absoluto ante el cual no cabe la vacilación.
El 26 de febrero de 1976 se arrió, por última vez, la bandera de España en el emblemático Parador Nacional de El Aaiún (número 79 de la Red Nacional de Paradores, inaugurado el 20 de septiembre de 1968, por el entonces ministro de Información y Turismo Manuel Fraga Iribarne).
Al día siguiente, 27 de febrero (a las doce de la noche) en la localidad de Bir Lehlu, bajo un cielo de mil diamantes, testigos mudos del fervor guerrero reinante y del eco del fragor de los combates que se libraban muy cerca de allí; Luali Musttafa Sied, secretario general del Frente Polisario, proclamó la República Árabe Saharaui Democrática.
En su discurso, Luali subrayó la adhesión de la RASD a la Carta de las Naciones Unidas, a la Organización para la Unidad Africana y a la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Se habían sentado las bases jurídicas y políticas de un nuevo Estado en el Magreb, que se declaraba libre, independiente y soberano, con un sistema democrático que contempla los valores de la justicia social y la hermandad con otros pueblos árabes y africanos; y cuya legitimidad nacional emana del derecho de su pueblo a la libre determinación, ya que España, en su calidad de potencia administradora, incumplió su compromiso de culminar la descolonización de la que, hasta ese momento, era su provincia 53, conforme al derecho internacional.
Luali también dejó claro en su alocución que la independencia de la RASD no se limita a su declaración formal: debía imponerse en el terreno como una realidad territorial innegable.
No sabemos cuándo se avendrá a sentarse, de igual a igual, con la RASD en la ONU, pero de lo que sí estamos seguros es que, tarde o temprano, terminará haciéndolo
Era solo el comienzo. Todo estaba por hacer: había que ganar una guerra a dos países (Marruecos y Mauritania); y, al mismo tiempo, urgía levantar, partiendo de cero y en medio de la nada, todo un Estado; dotándolo de la estructura institucional político-administrativa necesaria, para que pueda funcionar con normalidad en medio de la hostil y árida hamada argelina. Tarea esta de la que se ocuparán fundamentalmente las mujeres y que sería clave para mantener viva la llama de la antorcha saharaui, adquiriendo, con el tiempo, una decisiva dimensión estratégica. Las generaciones de jóvenes que ellas criaron y educaron en uno de los entornos más inhóspitos del planeta, son las que hoy han convertido el muro de la vergüenza en una cárcel opresiva para los destacamentos marroquíes, cuando no en una hilera de tumbas que serpentea por el desierto; y son la voz potente y orgullosa de su pueblo, que representa al Sahara en los foros internacionales.
Tres meses y 12 días después de su histórico discurso en Bir Lehlu, fiel a su palabra y predicando con el ejemplo –como solo pueden hacerlo los que brillan en la historia con luz propia–, Luali Mustafa Sied cayó en el campo de batalla mientras dirigía personalmente un ataque contra Nuakchot, la capital mauritana. Su sangre y la del resto de mártires saharauis no fue derramada en vano. La gran ofensiva militar que le rinde homenaje póstumo (Ofensiva Mártir Luali) concluyó con la capitulación de Mauritania, en 1979, y su retirada definitiva del Sahara Occidental.
Con Mauritania fuera de la ecuación, el Ejército de Liberación Popular Saharaui (ELPS) se centra en las huestes de Hasan II, y lanza dos grandes ofensivas (Houari Boumedien y Magbreb Árabe) que, no solo dificultan e impiden el despliegue de las FAR (Fuerzas Armadas Reales) en el territorio, sino que convierten el Sahara en un infierno bajo sus pies.
A finales de los ochenta, con las FAR al borde del desastre, Hasan II da por perdida la contienda. En un intento desesperado por controlar una situación que se le está yendo de las manos, recurre a la ONU en busca de un alto el fuego que le permita eludir el escenario bélico y escurrirse por los vericuetos del laberinto diplomático. Logra su objetivo y se inicia un proceso de paz –fallido– que lleva aparejada una tregua que dura 29 años. Hasan II muere en el octavo año de la tregua y los saharauis retoman la lucha armada en noviembre de 2020 que, en su caso, más allá de ser un derecho legítimo, es una obligación perentoria.
Con la misma firmeza con la que el ELPS domina en el campo de batalla, la RASD, rotunda y segura, se abre paso en la esfera internacional, llegando a ser reconocida por 84 países en los cinco continentes.
El 22 de febrero de 1982, tras su reconocimiento por 26 países de África, la RASD es admitida como miembro de pleno derecho en la Organización para la Unidad Africana (OUA) y su enseña nacional ocupa su lugar junto al resto de banderas de los Estados soberanos del continente.
Impotente ante este hecho, en noviembre de 1984 (a los dos años y nueve meses de la admisión de la RASD) Marruecos abandona la OUA.
El 26 de mayo del 2001, se constituye la Unión Africana (UA), remplazando a la OUA. El estatus de la RASD dentro de la Unión Africana se consolida, reafirmando su papel como Estado miembro fundador.
Marruecos había calculado que al abandonar la OUA, esta iba a defenestrar a la RASD. 32 años después, comprobó que su decisión de autoexcluirse del organismo panafricano causó justo el efecto contrario: África, lejos de aislar a la RASD, la abrazó y se honró con su presencia, y Marruecos, marginado muto proprio, pasó a ser el paria del continente.
En julio de 2016, Mohamed VI –atrapado en la pesadilla sin fin que heredó con el trono–, resignado, opta por rectificar a su padre y solicita el reingreso de Marruecos en el organismo continental. Sin embargo, las tornas han cambiado: La UA ha sustituido a la OUA y, ahora, entrar no es tan fácil como salir. Para reingresar, es preciso seguir los procedimientos internacionales correspondientes y cumplir con una serie de requisitos, entre ellos: Firmar y ratificar formalmente el Acta Constitutiva de la Unión Africana; y depositar el Instrumento de Adhesión (documento por el cual un Estado consiente vincularse por un tratado internacional ya negociado y firmado por otros).
El 30 de enero de 2017, en la cumbre de Adís Abeba, Marruecos formaliza su ingreso en la Unión Africana. Al adherirse y ratificar el Acta Constitutiva de la UA sin reservas, el reino alauí reconoce expresamente, ante toda África, la República Árabe Saharaui Democrática.
Al día siguiente de su aprobación en la cumbre, el ingreso de Marruecos en la UA –y, por consiguiente, su reconocimiento implícito de la RASD– se oficializa a través del Decreto Real 1.17.02, publicado en el Boletín Oficial del Reino Nº 6539, que ratifica el Acta Constitutiva de la Unión Africana.
A Marruecos le costó sentarse en igualdad de condiciones con la RASD en el seno de la UA; tanto, que se demoró más de tres décadas en hacerlo. No sabemos cuándo se avendrá a sentarse, de igual a igual, con la RASD en la ONU, pero de lo que sí estamos seguros es que, tarde o temprano, terminará haciéndolo.
Actualmente, la RASD, a pesar del doble exilio que supone la vida en el desierto, posee todos los atributos de un Estado: Constitución, población, gobierno, parlamento (Consejo Nacional Saharaui), sistema judicial propio, ejército y territorio; y opera con estructuras estatales sólidas y eficientes. En los campamentos de refugiados que administra al sur de Tinduf (Argelia), gestiona la vida de miles de ciudadanos a los que provee de educación, salud e identidad administrativa (pasaportes y documentos de identidad).
En suma, la RASD es un Estado que ha crecido y madurado en la guerra y en el exilio. Hoy, 50 años después de su nacimiento, e inspirado en su fundador –mártir de la libertad y la dignidad–, está más resuelto que nunca a izar su bandera cuatricolor donde se arrió la española en la víspera de su proclamación.
Abderrahman Buhaia es intérprete y educador saharaui
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