Opinión

No hay búnker en Vox

El presidente de Vox, Santiago Abascal, el 25 de marzo en la tribuna del Congreso.
El presidente de Vox, Santiago Abascal, el 25 de marzo en la tribuna del Congreso. | Eduardo Parra / Europa Press

El pasado 21 de marzo de 2026, El Independiente publicaba: "El búnker de Abascal en Vox: el poder en la 'sombra' de Kiko Méndez-Monasterio y los Ariza". Explícitamente, la entradilla de la noticia se reconocía deudora de las afirmaciones de un grupo de "críticos" que ya no son cargos orgánicos o institucionales, pero lo han sido; bien porque dejaron los cargos voluntariamente, bien porque han sido objeto de expedientes disciplinarios por diversos motivos y conforme a los Estatutos y normas de funcionamiento o criterios éticos del partido. 

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Nótese que el titular no es una noticia, es una afirmación política. Y como toda afirmación debería fundarse en un enlace preciso y directo, en una conexión lógica, sin circunstancias que la contradigan, entre hechos probados o razonamientos previos aceptados. Nada de eso sucede. 

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En Derecho, el testigo que acredita enemistad con la parte es objeto de tacha. En el periodismo patrio, si de Vox se trata, el testigo que declara su enemistad con la organización es elevado a la categoría de profeta, sacerdote y rey.

Nada en el texto era novedoso. Y es un artículo que de otras y similares maneras se han escrito en las últimas semanas, por diversos medios de comunicación, respecto de Vox, una vez las empresas de demoscopia pusieron el 20% en la intención de voto de Vox y Vox consigue el mejor resultado de su historia en unas elecciones regionales. Escribo estas líneas para El Independiente porque a otros medios he dirigido parecidas misivas. No es difícil ver en esa conjura contra Vox la actuación coordinada de intereses creados para demoler la única alternativa al actual estado de cosas, llámese Régimen del 78, llámese bipartidismo político e institucional.

Lo llamativo no es el contenido, ni los términos utilizados. Lo llamativo es la coordinación en el tiempo y la atribución al "ex de Vox" de una especie de santidad laica. 

No hay ningún búnker en Vox, ni alrededor de Santiago Abascal ni de nadie. Lo que hay es un frente de batalla, amplio y profundo, donde afiliados, simpatizantes y votantes de Vox hacen gala, diariamente, de valentía, determinación y ansia de una España mejor, una España unida, con codicia de prosperidad y anhelo de seguridad.

No hay ningún búnker; hay un frente principal de operaciones en que la coalición de intereses creados desea abrir una brecha en la unidad de criterio, disciplina, ilusión, templanza, prudencia, valentía y audacia de los cargos orgánicos e institucionales de Vox. En las mesas informativas, en los grupos municipales o regionales, en las comparecencias a medios, en la labor diaria y callada de miles de personas que expresan la urgencia de una alternativa social y patriótica.

Cuando yo era casi un desconocido que había tenido la distinción de ocupar el primer puesto en la lista de Vox a las Elecciones Europeas de mayo de 2019, tras el éxito electoral de noviembre de 2019, Santiago Abascal me encomendó la labor de crear y conformar un equipo dentro del partido que contribuyese a asegurar uno de los objetivos de Vox: la unidad de doctrina. Acepté feliz la carga y me puse a ello. 

Fui invitado a participar en lo que era, más allá del Comité Ejecutivo Nacional, el único órgano de gobierno ordinario del partido: un incipiente Comité de Acción Política donde estaban Santiago, Javier Ortega, Iván Espinosa y Manuel Mariscal. Allí se tomaban las decisiones estratégicas y tácticas del partido o las posiciones de voto relevantes; aunque algunas como las de los fondos europeos se hurtaron al conocimiento de todos. Aparecí como un catalán intruso y desconocido. Éramos muy pocos. Aquello sí parecía un antiguo blocao de la guerra de Marruecos. 

Pero fue Santiago quien abrió el partido. En sucesivas reformas estatutarias, aprobadas democráticamente por todos los afiliados con derecho a voto, sin excepción, se repartieron las funciones, se crearon órganos, se ganó flexibilidad y elasticidad. Porque Vox debía dar la batalla en todos los frentes. Ser profundo y amplio. Si del Congreso estaba solo el portavoz, Iván, ahora están la portavoz, el secretario general, y el coordinador político; si del Parlamento Europeo estaba yo, se incorporó Hermann Tertsch y se añadió al director de Disenso, y al Gerente del partido, y de Comunicación también se pasó de un representante a tres, más el secretario general, la secretaria general adjunta, la secretaria de Organización y el coordinador general.

Tampoco creo que hubiera un búnker al principio, pero quizás quienes susurran estas palabras a los periodistas, lo que anhelan era aquel blocao en el que hacían y deshacían en sus parcelas. 

¿Y qué decir de aquel CEN con solo doce miembros, hoy abierto a veinte? Más trece portavoces nacionales sectoriales, con Carlos Hernández, Isabel Pérez, Samuel Vázquez, José Antonio Fúster, María Ruiz, José María Figaredo, Ainhoa García o el recién incorporado Cristian Toro que se patean España convocando a medios que no aparecen porque están escribiendo crónicas sobre el inventado búnker. 

No hay búnker en Vox, sino un frente amplio, profundo; un frente de ruptura, en avance, duramente castigado y sometido a intensa presión. Un frente con los brazos abiertos que llama a romper los muros que dividen a los españoles, un muro construido por muchos para mantener aprisionada a España.


Jorge Buxadé, abogado del Estado en servicios especiales, es jefe de la delegación de Vox en el Parlamento Europeo

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