Trump también quiere la luna, a la que quizá ve como otra Groenlandia de cristal o yeso. La luna es un objetivo político, lo fue para Kennedy, lo es para Trump, que sueña con el Imperio Galáctico, y lo es para China, que está metida con Estados Unidos en una carrera de tecnología y de dragones. Trump no sé si quiere que el espacio sea otro lugar para la guerra, para la piratería o para el vals, haciendo realidad las películas de vaqueros espaciales y astronautas que escuchan El Danubio azul (la música de las esferas de Pitágoras), pero uno aplaude la idea. Reconforta volver a mirar el cielo no para buscar las iracundas cabelleras de fuego de los dioses y de los misiles, indistinguibles por cierto, sino para poner allí una piedrecita de esperanza y de futuro (escapar de la Tierra puede que sea un día nuestra única salvación). Parecen lo mismo, con su agresividad fálica, con su teología ojival, con su pesada certidumbre e irreversibilidad, pero un cohete espacial es lo contrario de un misil con barba, con versículo o con infierno. Uno nos proyecta para expandir la humanidad y otro nos hunde hasta nuestros orígenes en las cuevas y las montoneras de quijadas. Seguro que Trump está pensando en excavar o en minar la luna, o en llenarla de franquicias y parquímetros, pero mientras vamos haciendo ciencia, humanismo y hasta poesía entre los canallas y los idiotas.
Hemos pasado, al menos por un día, de Irán a la luna, y a mirar los cohetes no como asesinos y destructores sino como cometas de niño y heraldos de la humanidad. En Cabo Cañaveral, en esa rampa de lanzamiento del Artemis II, con colores y perfil de menhir primigenio contra un cielo primigenio, hemos vuelto a ser conscientes de ese pisotón decidido en la tierra, de ese orgulloso y festivo penacho o monumento levantado por el hombre contra sus propias limitaciones y su propio pesimismo. Esto se suele olvidar cuando se habla de exploración espacial, porque explorar es lo contrario del pesimismo y de la rendición. Nadie explora si está cansado o se ha rendido, nadie explora para que los suyos perezcan, sino para que sobrevivan, para darles otra oportunidad, otros hogares, otros conocimientos y otras perspectivas. Explorar es querer seguir vivos, y explorar el espacio es querer seguir vivos no ya como individuo, tribu, corporación o nación, sino como especie. Y esto es casi más importante para empezar, la voluntad de sobrevivir, que el descubrimiento de esos medios de supervivencia, en la luna, en Marte, en otros sistemas solares, en los agujeros negros (como en Interestelar), en una placa de Petri o en un colisionador de partículas.
La ciencia no sólo es técnica y negocio, y los sitios a los que nos lleva la ciencia en sus máquinas y dragones no sólo son turismo u objetivos políticos, económicos o estratégicos.
En su famoso discurso, Kennedy recordó que éramos exploradores, aunque uno no cree que vayamos a la luna, a Júpiter o al átomo sólo “porque está ahí”, que es lo que dijo del Everest George Mallory como si fuera un transeúnte, un turista. Desde el origen de nuestra especie, explorar ha sido la manera de sobrevivir y de aprender, hay un imperativo evolutivo en la exploración y en la búsqueda de conocimiento. Sabemos que es lo que nos puede salvar, en la noche o ante un mamut, en una hambruna o en una plaga, de una glaciación o del efecto invernadero, y quizá del Armagedón nuclear o de una supernova. “La exploración está en nuestra naturaleza. Comenzamos como vagabundos y aún lo somos”, decía Carl Sagan. La exploración espacial o la ciencia básica parecen un lujo, como una cometa carísima de niños emperadores o niños con catalejo. O, si acaso, piensan que se trata sólo de sacar de ahí nuevos inventos, comodidades, negocios o incluso máquinas de guerra (Trump quizá quiera poner en la luna casinos o catapultas). Pero ahora que estamos viendo un apocalipsis tras otro, con sus jinetes harapientos y ensangrentados, la voluntad de supervivencia como especie le parece a uno lo más importante, lo más emotivo y lo más inspirador.
La ciencia no sólo es técnica y negocio, y los sitios a los que nos lleva la ciencia en sus máquinas y dragones no sólo son turismo u objetivos políticos, económicos o estratégicos. La ciencia es algo tan profundamente humano como el arte o como intentar seguir respirando, una cosa que, simplemente, no podemos dejar de hacer. Estos cohetes espaciales, con toda la grifería de la ciencia, con toda la fuerza de los dioses, parecen lo más inútil del mundo hasta que uno piensa que un día nos pueden salvar, incluso aunque se pudra la Tierra y se muera el sol (que morirá, aunque faltan millones de años para eso). La luna, una base en la luna, una plataforma hacia Marte, otra plataforma hacia las estrellas, son sólo los mismos pasos del que cruzaba el río, el desierto, el glaciar o el desfiladero con la lanza, la familia y el rebaño, huyendo de sus limitaciones y su condena. Porque ahora lo que parece es que estamos condenados. A veces, sin embargo, uno vuelve a creer que nos pueden salvar los cohetes, o sólo quedarse por la noche a ver amanecer un cohete, simplemente por recordarnos la tarea común de la supervivencia.
Trump seguro que no sabe si la luna es de queso, de merengue, de ceniza o de chapa, pero esta misión, este nuevo viaje a la luna, que parece como recuperado del cinematógrafo, nos ha abierto una ventana o una perspectiva casi olvidadas. La mayoría de las cosas que nos pasan es por la perspectiva, por no ser capaces de adoptar otra perspectiva aparte de la de la tribu, el partido, la identidad, la nacioncita o la nacionzota… La perspectiva planetaria, o cósmica, cambia eso. Lo de que “desde el espacio no se ven fronteras” lo han dicho casi todos, desde astronautas del Apolo a astronautas de Sánchez (Pedro Duque), pero es una buena pedagogía. En la novela de Carl Sagan Contact (o quizá en la película), la protagonista sabe muy bien qué pregunta hacerle a la inteligencia extraterrestre que parece que les ha contactado: “¿Cómo lo hicieron? ¿Cómo sobrevivieron a esta adolescencia tecnológica sin destruirse a sí mismos?”. Nosotros estamos justo ahí, en esa etapa en la que nuestra tecnología es avasalladora pero nuestra estupidez lo es aún más. Yo soy pesimista, creo que la respuesta a la paradoja de Fermi es que las especies tecnológicas se autodestruyen casi inevitablemente en esa etapa de “adolescencia”, y que a nosotros nos queda poco. Aunque a veces la visión de un cohete, como el rayo, y de un planeta, como una frágil gota, parecen despertarnos a una humanidad de remota memoria y todavía posible futuro.
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