En los últimos tiempos se ha instalado una narrativa inquietante: las nuevas generaciones saben más de tecnología que nunca, pero la utilizan cada vez peor. Nuestros jóvenes parecen tener más dificultades para concentrarse, razonar en profundidad, analizar una información con pensamiento crítico o sostener una argumentación compleja.
Ante esta situación, actualmente el uso de la Inteligencia Artificial se ha convertido en el sospechoso habitual. Pero...¿es realmente la IA la que debilita las capacidades cognitivas de niños y adolescentes? ¿O estamos desplazando hacia la tecnología una responsabilidad que, en gran medida, es nuestra, de los adultos, y además estructural?
Más pantallas, menos atención sostenida
La recomendación de la Asociación Española de Pediatría es evitar completamente el uso de pantallas en menores de hasta seis años y permitir una sola hora disponible de pantallas para niños de entre siete a doce años, siempre bajo supervisión de un adulto. Se aconseja además que se prioricen actividades en familia, juegos de mesa o lecturas compartidas.
Pero en nuestra sociedad vemos algo muy diferente: bebés en carritos antes de caminar manejando el móvil como profesionales de las redes, soportes para smartphones en los cochecitos de los niños que apuntan, no hacia los padres....sino hacia los pequeños para que estén entretenidos.
Esto, a lo que durante años no le hemos dado la importancia debida, se ha demostrado nefasto. Los últimos estudios científicos han advertido de la relación entre el uso intensivo y precoz de pantallas y determinados cambios en áreas cerebrales asociadas al lenguaje, la atención y la autorregulación.
Uno de estos estudios es el del Dr. Hutton y su equipo que, analizando las imágenes de resonancias magnéticas en preescolares, determinaron el impacto del mayor tiempo de exposición ante la pantalla, especialmente sin supervisión adulta. Los menores con más horas frente a estos dispositivos, tenían las conexiones neuronales relacionadas con el lenguaje menos organizadas y desarrolladas.
Avanzando en la edad de los menores, la Organización Mundial de la Salud (2025) en su análisis La salud mental de los adolescentes compartía un escenario delicado: En todo el mundo uno de cada siete jóvenes de entre 10 y 19 años padece un trastorno mental, siendo la depresión y la ansiedad las principales causas de enfermedad y discapacidad de los adolescentes. Estudios recientes asocian el incremento de estas dolencias con el uso de redes sociales, donde más de tres horas diarias se vinculan a síntomas depresivos más intensos, baja autoestima por comparación social y alteraciones del sueño.
El suicidio es una de las principales causas de muerte en personas de entre 15 y 29 años. Y cuando un problema de salud mental en un adolescente no recibe tratamiento, su impacto en la vida adulta es profundo y limita a la persona a la hora de llevar una vida plena.
Ahora nos estamos planteando prohibir el acceso a menores a las redes sociales. Australia fue la pionera de esta medida y también se están definiendo prohibiciones similares en España, Francia y Gran Bretaña.
Pero ¿qué hacemos con la generación de jóvenes de los últimos 20 años que hemos formado en estas circunstancias? Porque ahora limitamos su acceso a las redes para mejorar su salud mental, pero....¿qué tipo de actividades, ayudas y ejemplo en modo de vida les proporcionamos a cambio?
Aquí no se trata de demonizar la tecnología. Es saber cómo y cuándo utilizarla, reconociendo que un cerebro en desarrollo es extraordinariamente plástico y sensible a los estímulos. Cuando la estimulación es positiva, el aprendizaje profundo se activa desde el inicio de la infancia. Pero en caso de sobreestimulación debida a las pantallas, un sobreestimulación constante, rápida y fragmentada, la situación puede dificultar el desarrollo de la atención y la concentración.
Pero ojo...el responsable no es el dispositivo que hemos dejado en manos de nuestros hijo. El responsable es el adulto que lo ha consentido.
El retroceso del pensamiento crítico
En paralelo, las diversas legislaciones en materia educativa en España han ido reduciendo o diluyendo materias tradicionalmente vinculadas al pensamiento crítico, como la filosofía, parte de la historia, las actividades de debate o la enseñanza transversal de la argumentación lógica. En muchos currículos formativos, estas competencias han quedado subordinadas a meros contenidos instrumentales.
Paradójicamente, en la era de la Inteligencia Artificial cuando más necesitamos capacidad de discernimiento y de análisis o habilidad para la verificación de fuentes y conclusiones, el entrenamiento del pensamiento crítico prácticamente ha desaparecido.
Los datos de PISA
Los últimos informes del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA) muestran una tendencia preocupante en España: el descenso significativo en comprensión lectora y en matemáticas, así como un aumento de estudiantes con bajo rendimiento en lectura.
En PISA 2022, España obtuvo 473 puntos en matemáticas (baja de 11 puntos desde 2012 y 13 desde 2015) y 474 en comprensión lectora (segundo peor resultado histórico, -22 puntos desde 2015 y -14 desde 2012).
La IA generativa es un fenómeno reciente, sin embargo el deterioro en algunas competencias viene observándose desde antes de su uso masivo, con caídas claras desde 2015 y acentuadas a partir de 2018.
La pregunta no debería ser si la IA es culpable, sino si estamos formando a nuestros hijos en el uso responsable, ético y con seguridad de la tecnología"
La pregunta no debería ser si la IA es culpable, sino si estamos formando a nuestros hijos en el uso responsable, ético y con seguridad de los datos de la tecnología en general. O directamente hemos permitido a los menores su uso, sin ningún tipo de guía por parte de los padres o los docentes, que en general no la saben utilizar.
Pero ¿si no enseñamos a los estudiantes a incorporarla de manera efectiva en su proceso de aprendizaje....cómo conseguiremos que la utilicen de forma diferencial cuando lleguen al mundo laboral?
La responsabilidad de los adultos
Culpar a la tecnología es lo más fácil. Exige menos que revisar horarios laborales incompatibles con la conciliación, modelos educativos constantemente modificados y sobrecargados de burocracia o políticas públicas que no priorizan la inversión en educación.
Los adultos somos los que decidimos a qué edad acceden los niños a los dispositivos, cuántas horas pasan utilizándolos, qué contenidos ven (si es que el adulto está junto a ellos cuando lo usan….).
Desde las políticas de educación, si no se hace en casa, también decidimos si enseñamos a contrastar información, a dialogar, a disentir con argumentos y a sostener la atención en tareas complejas.
Los adultos en general no somos un buen ejemplo para ninguno de estos valores.
Por supuesto la IA puede ahondar en la situación....o puede potenciar el pensamiento profundo si se integra con criterio. Puede generar respuestas sin impacto en el aprendizaje, pero también puede convertirse en un laboratorio de personalización del proceso de enseñanza.
En definitiva, más que preguntarnos si la Inteligencia Artificial está provocando un desaprendizaje generacional, deberíamos preguntarnos si estamos diseñando entornos familiares, educativos y sociales que favorezcan la maduración que esperamos de las nuevas generaciones.
Porque la tecnología solo es una herramienta. Según la utilicemos obtendremos un resultado u otro. Y, por supuesto, no educa sola. La responsabilidad sigue siendo profundamente humana.
Y ese es el verdadero debate pendiente.
María del Acebo Sánchez-Macián es especialista en Inteligencia Artificial aplicada.
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