¿Por qué eligió Pedro Sánchez a José Luis Ábalos para pronunciar el discurso que justificaba la moción de censura contra el Gobierno de Mariano Rajoy? Porque era la persona de su máxima confianza.
Ábalos argumentó la moción (que acabaría derribando al Gobierno del PP y aupando a La Moncloa al hombre que 20 meses antes había sido destituido de la secretaría general del PSOE) en la "defensa de la ética pública" y para "sacar de la política la corrupción".
Unos audaces aventureros se hicieron primero con las riendas de un partido desarbolado y dividido, y después, con un golpe de audacia -la moción de censura- acabaron haciéndose con el poder en España. Pasaron del Peugeot al coche oficial en un breve espacio de tiempo. Creyeron que la suerte nunca les abandonaría.
Ahora, Sánchez y su círculo íntimo echan pestes de Ábalos, Koldo, Santos Cerdán y todo lo que representan. Pero ellos fueron durante años los pilares en los que se apoyó el presidente para aferrarse al poder. Recordemos que Ábalos y Cerdán fueron secretarios de Organización del PSOE, los hombres que repartían los cargos y hacían las listas en el partido. El hecho de que Koldo García, el asistente del ministro Ábalos, un hombre sin apenas cultura ni formación, pudiera descolgar un teléfono y hablarles de tú a presidentes de comunidades autónomas y a altos cargos del Ejecutivo no es más que la demostración de que todos sabían que detrás de él estaba la mano derecha del presidente. Esa manera de funcionar, un grupo muy pequeño que controla los mandos sin contrapesos ni controles, explica cómo se gestó la trama de corrupción que ahora se juzga en el Tribunal Supremo. Ése es el método.
No tardaron mucho en encontrar la oportunidad para rentabilizar su posición de privilegio. El nexo con el mundo de los negocios -sucios- fue un empresario avispado y con dotes de persuasión, Víctor de Aldama. Acostumbrado a moverse en los bajos fondos, relacionado con la familia que hacía dinero con el fraude al IVA en la venta de hidrocarburos, y bien conectado con figuras clave de la dictadura venezolana de Maduro (lo que consiguió gracias al fútbol), Aldama era la pieza que necesitaba el tándem Ábalos/Koldo para dar el salto de la política al dinero.
Pasaron del Peugeot al coche oficial en un breve espacio de tiempo. Creyeron que la suerte nunca les abandonaría
El 20 de enero de 2020 el ministro de Fomento acudió al aeropuerto de Barajas a "solucionar" el problema diplomático generado por el aterrizaje ilegal en España de la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez. También acudió Aldama ese domingo por la noche al aeropuerto. Ábalos y Aldama ya eran uña y carne.
Por eso, cuando el Covid se extendió por España -marzo de 2020- a Aldama no le fue difícil convencer a Ábalos de que él tenía la solución para traer a España los millones de mascarillas que hacían falta. El negocio supuso 50 millones de euros. Aldama ha declarado en la Audiencia Nacional que pagó una comisión de 350.000 euros a Ábalos y Koldo.
Casi sin solución de continuidad, Claudio Rivas, por mediación de Aldama, recurrió a la conexión Ábalos/Koldo para lograr una licencia como operador de hidrocarburos. En esta ocasión -como se ha relatado en estas páginas- la mordida consistía en una casa para el ministro.
Estos negocietes se entrelazaban con la financiación del partido. Hasta ahora dos testigos (el hermano de Koldo y Carmen Pano), han asegurado que recibieron o llevaron dinero en efectivo a la sede del PSOE. Pero fue el propio Aldama quien, en su primera declaración ante el juez tras pactar con la Fiscalía Anticorrupción, dijo que le había dado 15.000 euros en efectivo a Santos Cerdán. El segundo de Ábalos en el PSOE, que luego le sustituyó como secretario de Organización, se encargaba presuntamente de recaudar dinero de empresas constructoras para financiar al partido. Por lo que parece, eran dos tramas paralelas. El presidente del Gobierno debió enterarse de que había una colisión de intereses y de que Ábalos y Koldo hacían la guerra por su cuenta cuando decidió cargarse al ministro de Transportes en julio de 2021.
Pero el ruido ya se escuchaba desde meses antes. En la grabación de una conversación telefónica incautada por la UCO, que se produjo el 26 de mayo de 2021, Santos Cerdán, que ya era secretario de Organización del PSOE, le advierte a Koldo: "Hay que parar el ruido. Os han revisado hasta el carnet de identidad".
¿Cómo no se iba a enterar el máximo responsable del partido y del Gobierno de los chanchullos de Ábalos y Koldo? El ministro, desde muy pronto, dio muestras de su imprudencia, luciendo a su conquista Jésica Rodríguez en viajes oficiales y proporcionándole un piso en la Plaza de España. Eso sucedió en 2019, ¡tan sólo unos meses después de llegar al Gobierno!
A principios de 2021, Koldo comenzó a utilizar teléfonos desechables para hablar con sus contactos, entre ellos el empresario José Ruz.
Todo había ido deprisa, deprisa. Y, al final, la trama acabó estrellándose. Koldo fue detenido en febrero de 2024. Tras su detención, Ábalos, que era diputado -fue incluido por Sánchez en las listas para las elecciones de julio de 2023- se declaró "estupefacto y sorprendido". Siempre ha sido un buen actor.
Hasta ahora, en el juicio de las mascarillas, hemos visto apenas un entremés de lo que es este caso. Los platos fuertes llegarán con las declaraciones de Aldama y de Koldo. Ábalos cierra la vista oral el 30 de abril.
El empresario se ratificará en sus afirmaciones, que son las que han llevado a la Fiscalía a pedir 24 años de cárcel para el ex ministro. Probablemente, aporte algún elemento novedoso. Por su parte, Koldo, si nos ceñimos a sus declaraciones en algún medio, también reconocerá los hechos e incluso apuntará más arriba. El asistente no tiene nada que perder y se siente utilizado, además de desamparado.
¿Qué hará Ábalos? Negar los hechos y, por supuesto, dejar fuera de toda sospecha al partido y a Pedro Sánchez. Ábalos es un hombre de partido -al contrario que Aldama y Koldo, que sólo quieren salvar su pellejo-. Cuando se produjo la votación en el Congreso sobre la investidura de Mariano Rajoy, el 29 de octubre de 2016, Ábalos se abstuvo, en línea con lo que proponía la dirección socialista. No fue de los rebeldes que le hicieron caso a Sánchez. En su manera de comportarse siempre ha estado presente ese espíritu leninista de fidelidad al partido. No lo traicionará y en esa fidelidad fía su salvación. "¡Algo hará mi amigo Sánchez para sacarme del atolladero!", debe de pensar Ábalos.
Mientras, en el partido y en el Gobierno, miran para otro lado. O dan explicaciones que no se sostienen. Como, por ejemplo, lo que le dijo un miembro del Gobierno a nuestro redactor de política Juanma Romero: "El caso Ábalos y Kitchen empatan a cero". ¿Se imaginan al diputado José Luis Ábalos diciendo en su discurso de la moción de censura "hemos venido a empatar el partido de la corrupción con el PP"?
En el PSOE, el discurso no tiene nada que ver con el método (en El discurso del método, Descartes instaba a aplicar la duda como fuente de conocimiento). En el PSOE de Sánchez, el discurso es un mero recurso narrativo, mientras que en el método prescinde de la duda. Sólo Sánchez da y quita. Como hombre de poder, el presidente ha aprendido a sobrevivir incluso cuando los suyos se hunden en el fango.
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