Albares yo creo que se ha hecho ya un mundo de su tamaño o del de Sánchez. Albares va como en el bolsillo de Sánchez cuando viaja por el mundo y el presidente lo saca de vez en cuando como un silbatito. La arena del Sáhara, la Muralla China, las estrellas persas y la democracia puramente poética, que no es democracia sino estafa, están en ese bolsillo y lo que no está ahí debe de ser, claro, ultraderecha. Eso es lo que le ha dicho el ministro, asomándose como un ratoncito, a María Corina Machado, que ella es ultraderecha y que además ha estado muy feo no querer reunirse con Sánchez. Recuerden que Sánchez está en el lado correcto de la historia como en el tendido de sombra, y que recibe en ese lado como un faraón de Camas o del Nilo, con capote o barquero. Eso es justo lo que ha estado haciendo Sánchez este fin de semana en Barcelona, recibir en el lado guay la barca de las izquierdas populistas latinoamericanas de abalorio y guitarrón, sin separación de poderes pero mucha poesía floral y mucha soberanía de los pueblos, pueblos castigados y explotados por tan poéticos, comprometidos y a veces criminales dirigentes. A María Corina, claro, lo que le ha faltado es recibir, con plumas y en canoa, la bendición o al menos el indulto del presidente. No cabe otra cosa ni en el bolsillito de Sánchez ni en la cabeza de fósforo de Albares.

Sánchez no está ni en la diplomacia ni en la cortesía. No está, como hemos dicho muchas veces, ni siquiera en la política. Así que María Corina no ha evitado verse con el presidente del Gobierno, sino con ese particular que no cree en nada y que se monta un circo chino, una OTI de mariachis o un pacifismo de macetero únicamente para convertir sus feísimos problemas nacionales en bellas causas universales. Sánchez no hace política, ni diplomacia (ni lo del Sáhara ni lo de China ni lo de Venezuela, ni nada de lo que hable Albares como desde detrás de un embozo, tiene sentido diplomático, sólo tiene sentido personal). Sánchez ni siquiera puede hacer cortesía por esas escalinatas suyas que son como cataratas para despeñarte con la canoa. Sánchez sólo quiere legitimación de su relato, ser el demócrata que te inviste o bautiza de democracia como a un guaraní, o ser el demócrata al que hasta la derecha sube a ver a su torreón, probando así el complejo y la culpa eterna de la derecha. Sánchez no puede ser ni presidencial ni institucional porque él es el primero que no respeta el cargo ni las instituciones. A Sánchez habría que tratarlo sólo como al azafato de sí mismo que es, lo demás es darle alas o ponerle las coronas que busca.

Cuando Albares dice que María Corina es ultraderecha, no se refiere a su ideología sino a la categoría que se le asigna al que rechaza el ceremonial o el relato legitimador de Sánchez

Sánchez no es que esté en el lado correcto de la historia, ni en el lado sagrado del río, ni en el tronito de faraón de los demócratas de verdad ni de los demócratas faraónicos. Sánchez está donde siempre, en su íntimo colchoncito, aunque, eso sí, se está intentando construir su propio relato del mundo a base de alianzas estratégicas y legitimaciones simbólicas. Su ceremonia gótica en Barcelona, como un rey godo aupado por otros reyes godos; su ceremonia chinesca en China, con él y Begoña forzando su achinamiento como Enrique y Ana; su alianza con el Grupo de Puebla, con los populismos sombrereros y chandaleros comprensivos o hermanados con la miseria, las autocracias o el crimen; su alianza con China, que es la mismísima arqueología de las dictaduras, con 2000 años de autoritarismos totalitarios; y hasta su apuesta por la paz de poltrona (la paz como palabra, sin alternativa, sin solución, sin plan, sin posicionamiento, puede ser tan negra o más que la guerra); todo esto le sirve a Sánchez para construir su relato y su escapatoria, mientras el mundo sigue igual de lejos, de inexplicable y de incurable, y España sigue sin remedio.

Pero Sánchez no es sólo un tombolero o un trapero de las ideologías y de la moral, es también alguien que ha colaborado activamente con el régimen de Maduro. María Corina tendría que haber ido, con flor o pastelito, a encontrarse con quien permitió que Edmundo González fuera amenazado para firmar, en la residencia del embajador español en Venezuela, ante Delcy, ante su siniestro hermano y ante el aún más siniestro Zapatero, un papelito por el que reconocía a Maduro como ganador de las elecciones y aceptaba el exilio y el silencio. María Corina tendría que haber ido, con sonrisa y minué, a encontrarse con quien permitía que a Delcy se le montaran comilonas con ministros y hasta romances de aeropuerto. María Corina tendría que haber ido, con pin y discursito, a encontrarse con quien tenía alrededor de su gobierno unas festivas aunque discretísimas idas y venidas de vuelos, rescates, negocios, negruras y mordidas con el régimen chavista. Y Sánchez lo hubiera usado para convencernos de que la nobel de la Paz había ido a verlo como al papa de la democracia, con rosario y manoletinas.

El mundo de Sánchez no es el mundo, es sólo Sánchez. Y todo lo que sea ratificarlo en esa fantasía, en ese tropo, en esa estafa, significa apartarnos del mundo y meternos en su bolsillo, ése en el que Albares parece un gorrioncillo entre pelusa. Cuando Albares dice que María Corina es ultraderecha, no se refiere a su ideología sino a la categoría que se le asigna al que rechaza el ceremonial o el relato legitimador de Sánchez. Lo que ha hecho María Corina al no ir a ver a Sánchez es negar su marco, trasladar a Sánchez de la ceremonia al hecho, del relato a la realidad, de sus fiestas con flauta de pan a la vergüenza de sus negocios y su colaboración con el chavismo y otras dictaduras y autoritarismos, incluidos los que pretenden aquí las izquierdas y los nacionalismos. María Corina ha estado en su sitio, y así ha sacado a Sánchez al mundo de verdad, donde no es ni demócrata ni pacifista. Y ha sacado el mundo del bolsillo de Sánchez, que sólo era eso, un bolsillo, en la chaqueta grande o en la piel colgona. Un bolsillo en el que no hay ni mundos ni paces ni estrellas ni poemas ni horquillas ni sugus. Un bolsillo en el que apenas está Albares saliéndose de vez en cuando como un llaverito.