El españolito sigue rascándose al pensar en el hantavirus, más viendo que hasta Mónica García y Margarita Robles están a la greña, discutiendo de ministerio a ministerio como por el patinillo. Muy pronto dijimos ayer que los protocolos internacionales y la tutela de Europa nos libraban del caos sanchista, o del caos español sin más. Los protocolos es que son internacionales y nosotros, claro, somos nosotros. Mónica García, que es una ministra de cuota y de pancarta, y con pancarta más sobre Ayuso que sobre lo suyo (ahora le están devolviendo todo el pancarteo los médicos en huelga), no se pone de acuerdo con Margarita Robles, que pretende ser lo más institucional del sanchismo y a lo mejor resulta que sólo le gusta mandar y corregir (es como una gobernante gobernanta). No se ponen las dos ministras de acuerdo, y no en nada que tenga que ver con la logística del protocolo, en si llevar autobuses o tanques al barco apestado, sino, nada menos, en si se puede poner en cuarentena a los pasajeros sin su consentimiento. Si no se pudiera, todo lo demás, los hospitales presurizados, los médicos con escafandra, los pasadizos de plástico y, claro, la llamada a la tranquilidad, ya no tendría ningún sentido. Bastan dos ministras de Sánchez para cargarse cualquier protocolo y hasta cualquier país.

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Estábamos tan contentos con ese gabinete de crisis apenas decorativo o lúdico, apenas para que Sánchez colgara sus gorras y Óscar Puente tuviera alguna distracción o alguna tarea; estábamos tan contentos porque, por una vez, la vida y la muerte no iban a depender de la agenda de guapo o de desahuciado de Sánchez, de la agenda de feos o listillos de su partido, de la agenda de demolición o de improvisación de sus socios, o incluso de la agenda de Eurovisión, sin más. Sí, teníamos los protocolos, que eran Biblia y prospecto a la vez, claros como mandamientos, cómodos como una herencia, y eso convertía a nuestros gobernantes en meros ejecutores, sin opción para la improvisación, para el egoísmo o para la cagada. Pero estos protocolos internacionales, que estoy seguro de que contemplan no sólo virus de la Patagonia sino microbios de las glaciaciones, meteoritos apocalípticos y alienígenas trompeteros, no contemplan sin embargo a los gobernantes españoles. El guiri de la OMS o de Europa puede escribir “cuarentena” o “aislamiento”, incluso escribir simplemente “barco”, y pasar a otros detalles mucho más vitales. Pero aquí ya esto supone una guerra entre ministros, socios, administraciones, poderes, partidos, archiduques y vecindonas.

Mónica García, en la comparecencia del otro día, parecía, la verdad, que estrenaba ministerio como si estrenara el título. Lo de los protocolos tendría que haberla tranquilizado a ella casi más que a nosotros, que la libraba de responsabilidad y sudores, pero diría que le temblaban la voz o las ideas como si le temblara el bisturí. A lo mejor supusimos con demasiada alegría que los protocolos lo detallaban todo, pero ella a lo mejor se daba cuenta ya de que no decían qué era una cuarentena, y a lo mejor tampoco qué era un barco, así que allí estaba hablando del protocolo como Begoña habla el inglés. A nosotros nos parecía claro en ese momento: había que llevar el barco a Canarias, el puerto más cercano con capacidades técnicas adecuadas, y trasladar a los pasajeros en avión a hospitales de referencia de sus países, todo con las evaluaciones médicas, las medidas de profilaxis y desinfección y los circuitos cerrados que indica el protocolo (el protocolo ya tranquiliza desde la palabra, como si se encargara de todo un robot con librea). Ya, después, los médicos de plástico y los batiscafos hospitalarios harían el resto. Todo esto, no ya por humanidad, sino por nuestro propio bien. Pero yo creo que la ministra ya estaba anticipando problemas. Quizá, simplemente, desde cuándo había que empezar a contar hasta cuarenta.

El protocolo dirá lo que quiera, pero el gobernante español, que está puesto para otras cosas, de repente no está seguro de qué es una cuarentena

Tenemos el puerto, los aviones, el hospital, todo el plástico de nuestras neveras, todos los médicos con patucos, todos los españoles aguantando la respiración, y resulta que al día siguiente nos enteramos de que no sabemos muy bien si podrá hacerse la cuarentena, que lo mismo hay alguien que prefiere irse a un parque o a un bar de torreznos y ya no hay protocolo que valga. Mónica García dice que sí se puede, con el bisturí temblando, y Margarita Robles dice que no se puede, con el dedo tieso. Mónica García dice que “hay instrumentos legales” a la vez que apela a la responsabilidad y al sentido común de los afectados, que a ver para qué si ya los obliga la ley. Y Margarita Robles recuerda que los pasajeros tendrán que firmar un consentimiento por otra ley, aún más necesaria y casi libertaria, la Ley de Autonomía del Paciente. El protocolo dirá lo que quiera, pero el gobernante español, que está puesto para otras cosas, para la propaganda o para la fontanería, de repente se encuentra con que no está seguro de qué es una cuarentena, de si puede aplicársela o no a los paisanos ante un virus mortal, o de si tiene que llamar al guardia, al juez o a la comadrona. Y esto, después de una pandemia.

Creíamos que los protocolos internacionales lo contemplaban todo, pero no contemplaban a nuestros políticos. Tampoco se libra el presidente canario, Fernando Clavijo, que al principio decía que no estaba informado y a lo mejor sólo está cagado, o quiere que todos nos caguemos. El protocolo, sin duda, no contempla que un presidente insular, singular y encastillado diga que no quiere ver el barco ni en pintura ni en espejismo, que no quiere que atraque, como los barcos de la peste. Ahora, claro, no sabemos si habría que sacar a los pasajeros en submarino, en moto de agua o en la balsa de la Medusa. De todas formas, si Margarita Robles tiene razón podría dar igual porque, si a alguno lo montan en moto de agua en vez de en autobús forrado de plomo, quizá podría decidir cambiar la cuarentena por unas vacaciones en Canarias, por vengarse de haber cambiado antes las vacaciones por una cuarentena. Tampoco creo que el protocolo contemple que el Gobierno altere el propio protocolo apenas le venga mal para la imagen o las encuestas, como ha hecho cediendo ante Clavijo. Sí, pronto dijimos que los protocolos internacionales nos habían salvado, porque, como ven, no sirven de nada. Con o sin protocolo, seguimos estando en manos de los de siempre, así que todavía pueden rascarse ustedes un poco más.