Sánchez tenía alrededor no una sino dos tramas, la que daba chistorras y pechugas, o sea la de Ábalos, y la que daba rosas de té y palomas planchadas, ambas como de bordado, o sea la de Zapatero. De ninguna de las dos se enteró nuestro presidente, parece, ni siquiera cuando se peleaban en sus narices por el mismo negocio, entre un barullo doméstico de plumas, cogollos, madejas y trinchados. En realidad eran sólo dos maneras, dos estéticas, dos tácticas, dos amantes compitiendo, como el macarra y el poeta, por el mismo botín mundano y libertino de llevarse al huerto la pasta como el que se lleva a la molinera o a la poligonera. Sánchez tenía alrededor, o encima, dos pretendientes, dos pillos, dos tunantes, dos donjuanes o dos fígaros (quizá más), cada uno en su estilo. Uno cazaba en las cabañas y otro en los palacios, uno hablaba de putas al peso, como uvadas, y otro hablaba de la democracia etérea y cursi como de la etérea y cursi luz de la luna. Pero la lujuria era la misma. En todo caso, esta caza lujuriosa siempre necesita otra parte interesada, engañada o corruptible, sea una monja novicia, una estudiante de provincias, una peluquerita con cola de caballo o un cargo público que sean conscientes, colaboradores, entusiastas o bobos. Sánchez parece que era más bien del tipo bobo, que los dos amantes de comedia se lo llevaron al huerto y él ni se enteró.

PUBLICIDAD

Hay muchos pillos y muchos pretendientes, pero la novia siempre termina siendo Sánchez y el romance siempre parece de dama boba o, al menos, que se hace la boba, ahí en su colchón o en su sofá de desmayos monclovita, bajo los Tàpies como cuadros de la Virgen de una tonadillera virgen. Los amantes, con todo su despliegue de mesones o de orquídeas, de pedruscos o de ballets, de carne viciosa o de democracia lírica, no podrían haber conseguido nada sin un ministerio, un partido, unas empresas públicas, unas administraciones y hasta un Consejo de ministros amistosos o rendidos. En este caso, Zapatero habría entrado con Plus Ultra hasta el mismo gabinete de Sánchez, como si hubiera entrado en corcel a la alcoba de la damisela. Los corruptores necesitan corrompidos, si no los comisionistas no serían comisionistas ni el vizconde de Valmont sería el vizconde de Valmont (siempre me resultó curioso que el sanchismo, para defenderse, tratara a Aldama como una especie de corruptor sin corruptos). Lo que no se cree uno es lo del amor verdadero ni lo del rescate legal, que nadie paga por algo que puede conseguir gratis. Es el pago lo que nos lleva a pensar que hubo celestineo y encamamiento. Y esta vez allí mismo, alrededor del alto lecho con dosel, del alto colchón con guisante de Sánchez, bajo el escándalo de los Tàpies como el de una Virgen de cabecero.

Es un disfraz tan perfecto que es más fácil que Zapatero lo haya llevado desde siempre que no que él se haya corrompido ahora, de viejo, cuando nadie se corrompe

Eran dos tramas o tres, eran dos ligones o tres, porque en realidad lo que hace Cerdán es echar de la güisquería a Ábalos, que no hay sábado ni pechuga para todos. Son los estilos o los ropajes los que cambian, ir de Torrente o ir de monje azafranado de la democracia. Ha tenido guasa, por cierto, que hayan llamado Operación Tíbet al registro del despacho de Zapatero, de las empresas vinculadas y supongo que del edén de flores y palomas que tendría él por ahí para ir haciendo de violetero de la paz y de gorrión de la democracia (como aquel fanático y modestísimo Gorrión Supremo de Juego de Tronos). Tiene guasa lo de la Operación Tíbet, aunque no hayan tenido intención, porque antes que el delito, que ya se verá si hay, nos llega la hipocresía de Zapatero al haber hecho negocio de lo público, españolísimo como el timo de la estampita, yendo de salvador tibetano o de budista de Hollywood. Zapatero iba siempre como con campanita y lección de pequeño saltamontes, mientras los otros iban con recua de putas, con carnicería humana o monetaria. Eso sí, ni Ábalos ni Koldo ni Cerdán han estado tan cerca de las verdaderas carnicerías, o sea las de Maduro, como Zapatero. Pero son estilos, acercamientos, disfraces diferentes que tampoco importan tanto como el objetivo, el ligue muy bobo o muy vicioso, que era el mismo: lo público y el jefe de todo lo público, o sea Sánchez.

Sánchez tenía alrededor, o encima, no una trama, sino dos, la que iba como de Algarrobo y la que iba como de Pimpinela Escarlata, entre héroe, tonto y saltimbanqui. Haya habido delito o no, lo que está claro es que Zapatero se movía por el dinero y que sus negocios no sólo desprenden hipocresía sino una absoluta miseria moral, sobre todo en Venezuela. La verdad es que uno ya lo veía así, aciago, siniestro y cubierto de pelotillas cínicas, antes del auto del juez Calama. Si la progresía se sorprende tanto ahora es porque tampoco deben de ser muy altos sus estándares morales. La verdad es que si uno tuviera que elegir un disfraz para la corrupción no sería el de putero con pinta de señor Barragán, sino el de Zapatero, el de caballero de la rosa, el de príncipe de la paz, el de abuelita de Caperucita con lobo dentro. Y lo cuidaría mucho en los discursos, en las maneras y hasta en los sueños. Es un disfraz tan perfecto que es más fácil que Zapatero lo haya llevado desde siempre que no que él se haya corrompido ahora, de viejo, cuando nadie se corrompe, más que nada por no sentir que ha hecho el tonto toda la vida. Es un disfraz que funciona tan bien que Sánchez, en realidad, usa uno casi idéntico. Eso sí, ahora parece que sólo lleva el de pastorcilla de égloga engañada por un fraile. Y, encima, un fraile tibetano.