Los líderes políticos, como los tuits inconvenientes o las manchas de vino en una camisa blanca recién estrenada, casi nunca desaparecen del todo.

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En este carrusel en el que todo caduca deprisa, en este crisol donde conviven la dieta de la alcachofa con esos millonarios en Las Vegas inyectándose sustancias impronunciables para retrasar el envejecimiento celular, la política contemporánea ha conseguido lo que todavía no ha logrado la ciencia del anti-aging: abolir el retiro y convertir la jubilación del dirigente público en una ficción administrativa en permanente estado de reconstitución.

Llega el camión de la mudanza gubernamental, asoman los nuevos inquilinos del palacio y aunque se consume el desahucio, el cesante nunca sale del todo del cuadro. Y ahí, a golpe de actualidad, vamos descubriendo que al expresidente moderno que ha logrado eludir el entierro vikingo, al prohombre declinante y amortizado ya no le espera un mutis entre las sombras del ocaso, pues, como el vidrio de los zumos de La Verja o la cocina económica de nuestras abuelas, termina reciclándose y la olla espesa se estira en casa del nieto como túper de croquetas, ensalada césar o fondo de arroz al horno.

Cuando el telón del mandato cae y todo parece propicio para dar un portazo, cuando el entorno más cercano —todavía dolorido por el sacrificio del líder del clan— ya solo tolera esas entrevistas no aptas para diabéticos en hoteles de cinco estrellas en las que se asume la humilde condición de pasar de dirigir el partido o un país a seguir aportando ideas como un militante de base más, empieza el mandatario en proceso de desubicación a descubrir una verdad incómoda e imperecedera: una vez abandonado el poder, este deja de ser una magistratura temporal para convertirse en una enfermedad autoinmune.

Frente a quienes les reservaron un hueco temprano en el Museo de Cera, el privilegio del café a 0,60 y las batallitas en la cantina del Consejo de Estado, los abajo firmantes del BOE van desarrollando una resistencia numantina a convertirse en pieza de exposición, mostrándose en estado de permanente servicio al país. Y he aquí que, nada más marcharse, empieza a activarse el ciclo de la regeneración pública del personaje: primero llega la fase de descompresión, la del autoexilio elegante y la del extrañamiento y el recuento de nubes; la apoteosis del silencio administrativo y esa hora tonta de las fotos mirando al mar con expresión de emperador fatigado de vuelta de todo. Algunos políticos descubren entonces el senderismo, otros aprenden a cocinar y los más audaces se apuntan a una media maratón con dorsal y mallitas o se terminan haciendo un tatuaje tardío con un hijo adolescente, para convencernos de que todavía no se han convertido en esfinge.

La política española comparte una misma patología: la convicción secreta de que la historia se derrumba en cuanto uno deja de intervenir personalmente en ella

Después comienza el regreso oblicuo del hombre público que nunca terminó de marcharse. Unas palabras improvisadas en una agrupación remota, una comida discretísima con empresarios provinciales donde alguien filtra que “se le ve preocupado por España”, y el regreso delteléfono y la agenda pugnaz; después la columna invitada en una revista del lobby de los charcuteros o del Colegio Balear de Administradores de Fincas. Más tarde el ex - todo empieza a dejarse querer por el Marca, por el Huffington Post, la Voz de Almería o por cualquier podcast presentado por alguien que iba al colegio cuando ya peroraba en la ONU y tendía líneas de ferrocarril de alta velocidad. Y finalmente llegan las Memorias, siempre las Memorias; seiscientas páginas que todos compran y casi nadie termina salvo esas primeras veinte, donde la editorial exprime la verdadera rentabilidad del género: el ajuste de cuentas, la puñalada retroactiva y la revelación cuidadosamente dosificada sobre quién traicionó a quién aquella madrugada decisiva de hace veinte años.

Más tarde llegan las inevitables trampas al julepe y el principio del sabotaje. Dos reuniones en la sede en Madrid, la toga cándida del consejero áulico para todo, unas gestiones para un empresario, dos déjame que hable con mi gente, y ese fondo de legítimo desquite, ese despachar las cuentas pendientes con un sistema que ni te hizo rico ni te elevó a los altares, bajo la excusa inevitable de la preservación del legado, de la protección de una herencia que muchas veces ni siquiera llegó ni a edificarse. El busto por cara, las prisas por trascender, por prestarle un nombre a un pabellón de Badminton o a una terminal de aeropuerto, el traje cómodo de una fundación, dos charlas en Georgetown o en Astaná, una cita subrayable en Wikipedia. De concejal para arriba, la política española comparte una misma patología: la convicción secreta de que la historia se derrumba en cuanto uno deja de intervenir personalmente en ella.

Y es ahí cuando vamos sabiendo que los antiguos eran, probablemente, más inteligentes que nosotros, como el Cincinato que regresó a la yunta y la era después de salvar Roma, Solón apartándose del bullicio de Atenas o nuestro Carlos V difuminado en el silencio crepuscular de Yuste. Incluso Benedicto XVI, que antes de verse cogiendo el ascensor del último viaje hacia la cripta de San Pedro comprendió que para conservar el prestigio hay que desaparecer un poco, que para añorar a alguien es imprescindible que antes se haya ido, aunque sea ahí al lado, a Ruidera, Mar-a-Lago o a Castelgandolfo.

Ahora le va tocando -ay- a Zapatero, con permiso de Felipe, de Aznar o de Rajoy, y muchos se sorprenden de que, por lo que vamos sabiendo, practicase la versión más sofisticada del género del regresado, la del mediador ubicuo capaz de cabildear en Caracas o en Pekín reservándose el domingo para un mitin con jornaleros en Dos Hermanas, mientras arrastraba ese ambiguo conflicto entre la personalidad mercurial y los menesteres del autónomo bisoño y las hechuras del mandatario total que nunca termina de abandonar la conversación pública.

Y vamos pensando que quizá todo esto -sumarios mediante- tenga menos que ver con la política que con una cultura incapaz de aceptar los finales, con esa tolerancia con las series y las sagas literarias que no terminan y alimentan secuelas, con esos grupos de pop ñoño de los noventa que duran más que los gobiernos italianos, pero mucho menos que Mick Jagger. Y parece que, frente al reciclaje como política pública, frente a las trampas de la autoestima y la voz interesada de los pelotas, valdría la pena practicar la homeopatía del desapego y el arte de saber marcharse a tiempo que constituye -lo vamos sabiendo- una forma extremadamente sofisticada de inteligencia ciudadana.