Ya nos parece pequeño y hasta tierno el hermano lírico de Sánchez, con el frac lleno de antipolillas y el piano lleno de niebla o de nieve, como un piano de Debussy robado por Supertramp (salía uno así en la portada de Even in the quietest moments). Puede parecer un descanso apartar la vista de las cloacas y del búnker de la Moncloa, atravesados o unidos por los mismos grifos, esclusas y operarios, como las dependencias de un matadero, y volver a ver a un hermanísimo ante la acusación españolísima de enchufe. El músico frustrado, arrastrando ese piano chorreante, como una carreta con uva, desde San Petersburgo hasta Badajoz, para terminar en un cargo sin despacho, sin funciones, sin presencia o sin música, casi merece una romanza o una pieza incidental (parece alguien de una saga de Sibelius). David Azagra, o David Sánchez cuando se quita la capa, puede parecer sólo una anécdota, el chiste de alguien con chistera al lado del sanchismo desbocado y sin límites que ha devenido, presunta pero zafiamente, en mafia (lo explicaba el otro día Federico Jiménez Losantos:un delincuente intenta que no lo pillen, pero la mafia quita de en medio a quien intenta pillarla o siquiera estorbarla, que no es lo mismo). Podría ser una anécdota, pero el músico con mafia ya no es nuestro enchufado con desayuno o lumbago escandalosos o eternos.
David Azagra, o David Sánchez cuando se quita el bigote, podría estar enchufado o no, que no sería el primero ni el último que está en el ayuntamiento solventándonos el Candy Crush, o incluso en el conservatorio con el clarinete como perchero. La diferencia es que para proteger al músico melancólico, malo o torpe, ignorado o maltratado por el arte, enchufado o sólo aparcado como un arpa, se atacó con denuncias infundadas a la juez Beatriz Biedma (lo dice en el auto Pedraz). Como se hizo con Peinado y con otros. Y así, la verdad, al hermano lírico se le va derritiendo la nieve del piano y de las manos y le va creciendo en la solapa un clavel con tallo como de espagueti. Ya no sólo lo vemos como un enchufado sino como un protegido. Los imputados beatíficos o chistorreros alrededor de Sánchez sabemos que estaban atentos a los enchufes, a las mordidas y a las ventajas, pero alguien más, con otra visión, estaba atento a protegerlos o a protegerse a sí mismo, a “desestabilizar de forma sistemática y continuada” (Pedraz de nuevo) las investigaciones y los procedimientos contra ellos. Y no sólo contra la sagrada familia, el hermano músico que llegó a Badajoz con mitones o la señora emprendedora que llegó a cátedras alcalaínas e instituciones internacionales apenas con el BUP y un diploma de academia de mecanografía. También en el caso de los hidrocarburos o en el del dúo dinámico Ábalos / Koldo.
Ya no nos resulta tan interesante David Azagra, o David Sánchez cuando se quita el turbante, quizá enchufado o quizá sólo consolado con consolaciones públicas, que son mejores que las consolaciones de Liszt. Nos resulta mucho más interesante toda esa estructura de protección sobre él, esa milicia de ángeles de la guarda con laúd que en realidad eran los mismos ángeles de la guarda con chistorra que protegían a los de la chistorra, y los mismos ángeles de la guarda con cachiporra que querían darle matarile civil a Balas o se atrevían a extorsionar, como ángeles de Tarantino con versículo y maletín, a jueces y fiscales. Y es una estructura que tiene forma de mafia como los puentes tienen estructura de puente o el ADN tiene estructura de ADN. Sólo les ha faltado colocarle al juez o al fiscal de turno una puta en un motel, con jeringuilla de espuma y pupila de muñeca. Todas las tramas, todos los nombres, todos los soldados, todas las víctimas, todos los intereses, toda la arquitectura de las cloacas y de los palacios convergen en un negocio totalmente organizado para el que la cultura popular tiene muchos nombres y todos nos suenan a lo mismo.
El búnker de Sánchez significa que va a seguir protegiéndose y atacando con todo lo que tenga, ángeles, demonios, fontaneros y cocodrilos
David Azagra, o David Sánchez cuando se quita el antifaz, es sólo el que toca el piano en la esquina, como un pianista del Oeste. Hay un negocio que no puede funcionar sin la impunidad, y cuando hay una superestructura de impunidad por encima de los amaños, las corruptelas, los mangazos y hasta los pianistas con mano de nieve o quizá sólo de gato, es que se trata de ese negocio. De momento, el One sólo sale como una sombra con sombrero o con mastín, pero es el punto en el que confluye todo. En él se unen el móvil, los medios, la oportunidad y el beneficio (el qui prodest de los curas del derecho). Si sus lugartenientes tuvieron más o menos autonomía o inspiración, si las órdenes fueron más explícitas o más vagas, eso ya lo determinarán las investigaciones. Lo que sí está claro es que todo lo hecho le resultaba útil y hasta placentero al One. También está claro que al final no deben de confiar tanto en la Justicia ni en la inocencia de los suyos, sean hermanos líricos, damas líricas, puteros líricos o presidentes líricos, si tienen que mandar a sus ángeles de fango, con porra y pez muerto, contra policías, fiscales, periodistas y jueces. Siempre, ya saben, es contra policías, fiscales, periodistas y jueces, que eso forma parte también del clasicismo del negocio.
Se vuelve a hablar del búnker de la Moncloa, pero yo diría que no es tanto ese espacio de hormigón, asfixia, ceguera, locura y condensación que visualizamos alrededor de Sánchez (Page, el rebelde inútil, lo ve como una “sauna”) sino el engrosamiento y el endurecimiento de toda esa estructura de protección del negocio, que si antes actuaba sin contemplaciones imaginen ahora. No es un búnker arquitectónico ni mental, no es el sitio ni la alucinación donde Sánchez se va a aislar, a alejar, a autoengañarse, a autoexculparse, a terminar trágicamente su maldición de la Moncloa o su síndrome de hubris acariciando sus gatos o sus sienes. El búnker de Sánchez significa que va a seguir protegiéndose y atacando con todo lo que tenga, ángeles, demonios, fontaneros y cocodrilos. Y todavía tiene muchos, porque la apuesta por él ha sido tan extrema y peligrosa que la mayoría se juega, igual que el propio presidente, la vida. David Azagra, o David Sánchez cuando se quita las pestañas, podría ser un enchufado y ojalá fuera sólo eso. Pero toca rodeado de charcos de cabezas y branquias y de horribles pupilas de muñeca.
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